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Sanando Los Miedos

Sanando Los Miedos - Salud

Continuamente los clientes me consultan por diversos miedos que padecen. Desde fobias a simples temores obsesivos y recurrentes que les quitan calidad de vida y los inhiben a la hora de realizar diversas actividades.

El miedo es una emoción que se caracteriza por constreñir, por frenar a la persona. Se acompaña de un estado de alerta y vigilancia que producen cierta excitación comúnmente vivenciada como ansiedad. Corporalmente se acelera la respiración y se tensionan músculos, entre otras manifestaciones. Todo el ser organísmico es como si se preparara para una posible acción que no se sabe cuándo llegará. Esa acción en realidad es una “reacción” al estímulo temido, potencialmente peligroso y puede ser de dos tipos: ataque o huida.

Pero existen claramente dos tipos específicos de miedos: los miedos relacionados con peligros externos objetivos y reales, por llamarles de alguna manera, como ataques de otras personas, por ejemplo atracadores, catástrofes naturales como inundaciones y terremotos o enfermedades epidémicas contagiosas. Y por otro lado los miedos relacionados con peligros que en esencia no son reales y son internos, pero que muchas veces se viven como si fueran reales y externos. Ejemplos de éstos últimos son el temor al fracaso, a la burla, a la exposición, a la soledad, a la vergüenza, a poner límites y decir “no”, a la falta de cariño, etcétera. Es de éste segundo grupo de miedos del que quiero hablar hoy.

La aparición de cualesquiera de estos miedos nos está mostrando que existe una desproporción entre el estímulo temido y los recursos internos para afrontarlo, por lo que la persona se siente vulnerable. De existir suficientes recursos, muy posiblemente el miedo se convertiría en motivación, incentivo, entusiasmo. Entonces se trata de que estos miedos nos están trayendo la información de que hay una porción de nuestra personalidad que se ha mantenido subdesarrollada, que no ha crecido lo suficiente (siempre por supuesto me estoy refiriendo a personas adultas).

En principio se podría imaginar que en el inicio o como causa de dicha detención en el crecimiento se encontrarían creencias de las más diversas. Pero he encontrado que es al contrario, justamente. La negativa a tomar el riesgo necesario de afrontar ciertas experiencias genera un vació que luego es llenado de creencias. Dicho de otra manera, si me niego a explorar nuevas formas de conducirme ante la vida y ante los otros, debo fabricar toda suerte de excusas, como “ya soy así” o “así es como debe ser”. Pero lo que hay en realidad es una negativa a vivir lo desconocido. con lo que arribamos a que quizás el origen de todos los miedos sea el temor a lo desconocido.

Por supuesto que ese temor no nos acompañó siempre, porque de lo contrario no hubiéramos hecho los primeros y grandes aprendizajes ligados al crecimiento: nacer, usar los propios pulmones, hablar, caminar, controlar esfínteres; todos aprendizajes que implicaron un salto a lo desconocido. Todo parecería indicar que existe una tendencia natural del individuo al crecimiento. Entonces ¿Dónde y por qué se detiene en parte esa tendencia?

En la naturaleza quizás tengamos la respuesta. Las madres águilas empujan a sus crías al vacío para que aprendan a volar cuando éstas se encuentran preparadas. Es decir, que las crías reciben una “ayuda” de parte de su entorno. No vivimos ni crecemos solos, sino en un campo complejo de organismo/ambiente. La socialización con sus propios devenires históricos que no es el caso analizar ahora ha ido desposeyendo al individuo de su propio poder y saber, para entregarlo a los dioses y a la sociedad entera, percibida como un dios. Entonces en vez de buscar en nosotros las respuestas buscamos en las soluciones mecanizadas y estereotipadas que nos aporta nuestra sociedad/comunidad. Dicha sociedad y entorno, lejos de “pegar el empujón fuera del nido”, nos invita hartas veces a quedarnos en él y aceptar en cambio sus propios relatos. Es como si el aguilucho preguntara a su madre qué se siente volar y ésta le dijera: “es muy peligroso, es un gran esfuerzo, confórmate con que yo lo haga por tí”.

La forma de cambiar este estado de cosas no es entonces tratando de eliminar los miedos que cumplen con la función sana de llamarnos la atención sobre aquello en lo que debemos crecer; ni tampoco en intentar superarlos desde nuestra racionalidad, pensando o reflexionando para luego experimentar. La salida es convertirnos nosotros mismos en nuestro propio empujón fuera del nido; vaciándonos de creencias y expectativas. Vaciándonos de certidumbres. Abriéndonos a la incertidumbre de la experiencia de ser, dándonos un voto de confianza a nuestro saber-poder. Sólo la experiencia concreta podrá darnos suministros nutritivos para nuestro desarrollo. Cuando así lo hacemos, el miedo se transmuta en entusiasmo, excitación placentera, se avivan los sentidos, se expanden el cuerpo y la conciencia. Lo mismo que sentirá un águila cuando su cuerpo, cayendo al vacío, lo sorprende desplegando unas grandes alas que juegan con el viento.

 

Lic. Facundo Insaurralde

 

 

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