Literatura

Sendero. Cuento De Terror.



Sendero. Cuento De Terror. - Literatura

El sol comenzaba a morir en el horizonte. Los árboles que hace unas horas proveían sombra ahora guardaban el aire frío. El viento soplaba ligero pero constante, arrancando hojas y dispersándolas por todos lados. Alguna caía moribunda al pie de su creador, y otras tantas viajaban decenas de metros para morir lejos del hogar.

El muchacho caminaba con paso cansado, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Las hojas crujían con cada paso que daba y los vellos de los brazos se le encrespaban con cada soplo de frío viento.

Encontró una roca del tamaño de una nuez en el camino y le dio un puntapié. El duro mineral rodó hasta golpear el zapato de un hombre que descansaba en una banca del sendero.

—¿Todo bien, chico? —Le preguntó al muchacho.

No respondió y siguió su andar cansino.

Al llegar a un cruce se detuvo en seco, aspiró profundamente y un par de lágrimas rodaron por sus mejillas.

—Mátame. Ahora. Es lo único que te pido, Dios. —Susurró.

En el centro del cruce se alzaba una fuente hecha de mármol. La piscina medía aproximadamente dos metros de diámetro y en el centro un par de mujeres desnudas de la cintura para arriba sostenían sendos jarrones inclinados, de los cuales se derramaba a borbotones el agua cristalina. Las mujeres estaban de pie sobre un pilar de estilo griego. El musgo comenzaba a invadir la escultura y pintaba de verde los pies de las féminas pétreas.

El muchacho volteó hacia el camino que se cruzaba con el suyo y giró a la izquierda, hacia casa.

Un soplo de viento más fuerte hizo que el nuevo sendero se inundara de una sinfonía de silbidos. El chico puso su mano izquierda sobre el antebrazo derecho y frotó para obtener un poco de calor.

Siguió caminando un par de minutos sobre el sendero pedregoso cuando pasó una banca en la cual descansaba un señor de unos treinta años de edad. Llevaba un sombrero fedora de color negro. En su boca una luz roja se avivaba y apagaba con el viento.

—Chico. No deberías estar aquí tan tarde. —Le dijo al muchacho.

—¿Qué dice? —Lo miró con extrañeza. —Son apenas las siete de la tarde.

El sujeto le dio una calada a su cigarrillo.

—Es un lugar peligroso, muchacho. Deberías regresar a casa.

—Ahí es a donde me dirijo. Además, este lugar es bastante tranquilo. He caminado por él cientos de veces. Debe ser nuevo por estos rumbos.

—El nuevo por estos rumbos eres tú. Regresa por donde viniste. Este no es lugar para ti. No aún.

—Mi casa queda hacia allá. —Señaló en su dirección—. De todos modos, no se mete en lo que no le importa.

—Como quieras. —Dio una nueva calada y se recostó en la banca.

—Vaya loco. —Susurró el muchacho cuando hubo dado una decena de pasos.

El sol comenzaba a esfumarse, dando paso a la oscuridad. Las ramas de los árboles se agitaban y algunas crujían. Las hojas caían como lluvia y los remolinos de polvo se alzaban por aquí y por allá.

Unos pasos más tarde, el muchacho se encontró con un nuevo cruce.

—¿Qué demonios? —Dijo, cuándo se percató.

Miró la fuente que tenía frente así. Una escultura de dos mujeres cargando jarrones, por los cuales se derramaba un agua verdosa. El musgo se apoderaba de la mitad de su cuerpo y a una de le faltaba un brazo.

El chico dio media vuelta y miró el sendero. No vio nada más que dos filas de árboles inmensos con la mitad de las hojas ausentes.

Caminó de regreso sobre sus pasos con un andar apresurado.

Al pasar por la banca donde se encontró al extraño sujeto, se detuvo.

—Oiga. Disculpe. —Dijo con voz cansada—. ¿Sabe hacia dónde queda la avenida…?

La pregunta se quedó inconclusa cuando miró al sujeto. Llevaba el mismo sombrero pero no era él. Tenía una espesa barba gris y un parche en un ojo. Alzó su mano izquierda para fumar del cigarrillo que sostenía en ella y el muchacho se percató de que le faltaba un dedo.

—Si. —Lo apremió el nuevo extraño.

—Ah. —Titubeó—. ¿Sabe hacia dónde queda la avenida ciento veinte?

—No por aquí, muchacho. —Respondió con una voz aguardentosa.

—Sí, ya he visto que me equivoqué. Por eso le pregunto. ¿Qué camino lleva a esa avenida?

—Ninguno de por aquí. Deberías regresar por donde viniste, este no es lugar para ti.

—Dios, todos están locos. —Dijo y hecho a andar con más prisa que antes hacia la misma dirección.

Al llegar de nuevo a la primera fuente miró con detenimiento los caminos.

—Estoy bien. ¿Qué pasa? —Se dijo.

Miró la fuente y se le heló la sangre. Un frío le recorrió la espina dorsal. Una mano con uñas afiladas le retorció el estómago. Quería vomitar, quería gritar.

No hizo absolutamente nada.

Solo se quedó parado, estático, mirando la fuente. Las dos mujeres no estaban ahí, o si estaban no parecían dos mujeres. Parecían más bien dos masad amorfas. Algo que pretendía ser una cabeza. Dos agujeros inmensos brillaban en la oscuridad a la altura de donde se supone deberían estar los ojos. Una hendidura curvada hacia abajo daba aspecto de una sonrisa. El cuerpo no parecía serlo. Parecía solo una escultura irregular de piedra derruida que unía aquella cabeza con la piscina. De la hendidura que parecía sonrisa brotaba agua café.

«O roja» Pensó.

Dio media vuelta y miró un sendero infinito, flanqueado por dos hileras de árboles sin hojas. Las ramas se agitaban con el viento y crujían con más fuerza que antes. Miró hacia los otros tres lados y encontró lo mismo.

—Dios. ¿Dónde estoy?

Echó a correr hacia la derecha, sin estar seguro que era el camino correcto. Corría lo más rápido que podía, ignorando el cansancio y dejando que el miedo lo impulsara.

Cinco minutos más tarde divisó una banca a un lado del sendero. Un sujeto descansaba en ella. Llevaba un sombrero fedora negro.

—No puede ser. —Casi gritó. ¿Señor? —Preguntó con temor.

El sujeto alzó la vista y lo miró a través de un ojo y una cuenca vacía. De la cuenca salía una especie de líquido amarillento.

—Sí, chico. —En lugar de hablar, gorgoteaba.

—Maldita sea. —Gritó el muchacho y retrocedió.

El sujeto levantó la mano para fumar de su cigarrillo, solo qué, no había mano. Por lo menos no en su totalidad. Le faltaban dos dedos y la mitad de la palma estaba carcomida, como putrefacta. Media decena de moscas revoloteaban a su alrededor. El zumbido aterró aún más al muchacho.

—Regresa por donde viniste. —Le dijo con dificultad—. Es tu última oportunidad.

El muchacho siguió corriendo. Esta vez con más brío, con más miedo.

Siguió corriendo hasta que lo detuvo el golpe que sintió en la espinilla.

—Maldición. —Gritó del dolor y se sobó en el lugar del golpe. —Jode, hijo de puta.

Alzó la vista para mirar con qué había tropezado y encontró una nueva fuente. Esta vez dos demonios se alzaban en el centro. Sus ojos color azul lo miraban con socarronería. Sus fauces abiertas escupían un líquido color sangre. Sus garras afiladas sostenían restos de cuerpo humano.

Le pareció que una de las dos estatuas se movía.

Un sudor frío le recorrió la frente, la nariz, la boca, el cuello. Todo el cuerpo.

Comenzó a llorar. Lloró y suplicó.

—Dios mío, sácame de aquí. Por favor. ¿Es una pesadilla? —Dijo entre sollozos.

—Hace un momento dijiste que te asesinara. —Le dijo una voz cavernosa detrás de él.

—Dios santo. —Gritó.

Era el hombre de la banca, o eso parecía. Las ropas que llevaba puestas estaban desgarradas. Amasijos de piel putrefacta sobresalían de ellas. Estaban ausentes ahora ambos ojos. Las cuencas purulentas lo miraban.

—Le pediste a Dios que te asesinara. Pero te escuchó alguien más, hijo.

El hombre dio un paso hacia él y el muchacho retrocedió.

—Ven conmigo. No te queda más remedio.

—Aléjese de mí. —Gritó.

Retrocedió un paso más y se topó con la piscina de la fuente. Miró hacia atrás y en lugar de mirar líquido vio un profundo abismo. Totalmente negro. De él se desprendía un olor azufrado, asqueroso. Un grito emergió de aquellas profundidades.

—Dios. ¿Voy a morir?

—No soy Dios, chico. —Le dijo la masa amorfa que se le acercaba—. Y vas a morir. —Extendió su mano podrida y lo tomó por la barbilla.

El muchacho temblaba sin control. Las lágrimas le corrían por la cara a borbotones y las piernas se le hacían de hule.

—Ya estás muerto. —Sentenció el monstruo.

—Jake. Despierta. —La voz de una muchacha lo devolvió a la realidad.

—Dios bendito. —Gritó sobresaltado.

—Tranquilo. ¿Qué estaba soñando? Estás sudando como una fuente.

La palabra lo perturbó aún más.

—Nada. Nada. —Le dijo a la chica—. Una pesadilla. —Debo ir a casa.

Se levantó, se puso los pantalones y la camisa apresuradamente.

—No me vas a dejar aquí sola, ¿o sí? —Le reprendió la chica.

—Lo siento. Debo irme.

—Pero si son las siete de la tarde apenas. Dijiste que tenías hasta las diez.

—Lo siento, en serio.

Salió sin decir nada más.

El aire fresco lo abofeteó en la cara cuando salió del hotel.

Miró en dirección del parque central y una descarga de electricidad le recorrió el cuerpo.

—Tomaré el autobús, se dijo.

Al pagarle al chofer se le resbalaron de las manos las monedas.

—¿Qué te pasa? ¿Estás drogado? —Le preguntó el operador.

—Lo, lo siento. —Le dijo y recogió las monedas.

Se dirigió hacia el asiento de hasta atrás y se sentó en la ventanilla.

—Dios, que pesadilla.

—Mencionas mucho a ese tal Dios, muchacho.

La voz lo tomó por sorpresa.

Volteó hacia ella lentamente. Los músculos del cuello le crujieron.

Era un hombre de unos cuarenta años. Llevan una gabardina negra y un sombrero fedora a juego. Un cigarrillo sin encender descansaba en sus dedos.

—¿Qué sucede, muchacho? Parece que hayas visto al mismo demonio. —Le dijo y soltó una carcajada gutural.

Jake gritó lo más fuerte que pudo.

Nunca se detuvo.

¿Te ha gustado el artículo? ¡Valóralo!

5.00 - 1 voto
Cuanto más alta sea la valoración más visible será el artículo en portada.
¡Compártelo en las redes sociales!

Acerca del autor

Khanarual

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Únete a la comunidad de NoCreasNada

¿Te gustaría compartir tus inquietudes y ganar seguidores por todo el mundo?

¿Eres una persona inquieta y quieres descubrir a más gente como tú? 

Únete a NoCreasNada.

Además, te pagaremos por las visitas que recibas.

Más Información