Literatura

Sergio, De Barra En Barra

Sergio, De Barra En Barra - Literatura

Nunca fue un erudito. Nunca fue un intelectual. Pero tenía algo. Algo que las encandilaba, algo que las engatusaba. Tenía ese poder de atracción. Ese que muchos ansían, pero muy pocos poseen. Siempre de flor en flor, hasta que varó cual barco en muelle. Sergio tuvo la suerte o desgracia de dejarla embarazada. Ella, celosa e inteligente. Genuina y con mucha frialdad, fue la víctima.

Como cada noche, Sergio pasaba de barra en barra. Y, como cada noche, Ana seguía al padre de su hijo. Primero el bar de la esquina de casa, el de siempre. El cantinero ya tenía su whiskey doble con una piedra de hielo, sobre la barra, preparado para Sergio. Le serviría 5 más a lo largo de la hora y media en la que él, baboso como siempre, sobaba a la pobre camarera que se defendía como podía, pero Sergio, alto y rudo, acaba ganando la partida. Pero aquella noche algo era diferente. Las estrellas, la luna de sangre o ese olor a humedad que da la sorimba. Ana, devolvió las caricias de Sergio. Probablemente con uno de los mejores directos a la mandíbula y posterior codazo en la nariz que se vio nunca.

Tras la caricia, Sergio se tomó su último trago, el quinto y, emprendió su viaje al puticlub del barrio. Eran ya las 3 de la mañana y ya tendría que estar en casa. Se notaba que era día de cobrar la miseria de sueldo que percibía de portero de un edificio de clase media. No quería regresar a casa, quería gastarse los cuartos en una mujer más servicial y menos celosa.

Con la boca y la nariz con cascada de sangre llegó y saludó al portero del antro. Entró y se sentó en su mesa de siempre, pegada a la barra de striptease. Metió billetes, billetes, y más billetes. Casi la mitad de su salario. Cuando ya se sentía lo suficientemente borracho, al borde del coma etílico se metió en una sala privada con una pobre empleada, que, mes a mes, recibía el mismo castigo. Por suerte, Ana la alejó de ese sufrimiento.

Antes de irrumpir en la habitación llamó a su hijo para contarle lo sucedido, su hijo, respondió: “Yo no quiero la muerte de nadie. En tus manos está”. A esta respuesta reaccionó con despecho, ira, incomprensión y rabia. Vació el cargador de su 9mm negra en el pecho del padre de su hijo y luego marchó a su casa plácidamente. Entró sin encender ninguna luz, como de costumbre, y, al llegar a su habitación, prendió el mechero para encenderse un piti, lástima de acción.

Nunca fue un erudito. Nunca fue un intelectual. Pero tenía algo. Algo que las encandilaba, algo que las engatusaba. Tenía ese poder de atracción. Ese que muchos ansían, pero muy pocos poseen. Siempre de flor en flor, hasta que varó cual barco en muelle. Sergio tuvo la suerte o desgracia de dejarla embarazada. Ella, celosa e inteligente. Genuina y con mucha frialdad, fue la víctima.

Como cada noche, Sergio pasaba de barra en barra. Y, como cada noche, Ana seguía al padre de su hijo. Primero el bar de la esquina de casa, el de siempre. El cantinero ya tenía su whiskey doble con una piedra de hielo, sobre la barra, preparado para Sergio. Le serviría 5 más a lo largo de la hora y media en la que él, baboso como siempre, sobaba a la pobre camarera que se defendía como podía, pero Sergio, alto y rudo, acaba ganando la partida. Pero aquella noche algo era diferente. Las estrellas, la luna de sangre o ese olor a humedad que da la sorimba. Ana, devolvió las caricias de Sergio. Probablemente con uno de los mejores directos a la mandíbula y posterior codazo en la nariz que se vio nunca.

Tras la caricia, Sergio se tomó su último trago, el quinto y, emprendió su viaje al puticlub del barrio. Eran ya las 3 de la mañana y ya tendría que estar en casa. Se notaba que era día de cobrar la miseria de sueldo que percibía de portero de un edificio de clase media. No quería regresar a casa, quería gastarse los cuartos en una mujer más servicial y menos celosa.

Con la boca y la nariz con cascada de sangre llegó y saludó al portero del antro. Entró y se sentó en su mesa de siempre, pegada a la barra de striptease. Metió billetes, billetes, y más billetes. Casi la mitad de su salario. Cuando ya se sentía lo suficientemente borracho, al borde del coma etílico se metió en una sala privada con una pobre empleada, que, mes a mes, recibía el mismo castigo. Por suerte, Ana la alejó de ese sufrimiento.

Antes de irrumpir en la habitación llamó a su hijo para contarle lo sucedido, su hijo, respondió: “Yo no quiero la muerte de nadie. En tus manos está”. A esta respuesta reaccionó con despecho, ira, incomprensión y rabia. Vació el cargador de su 9mm negra en el pecho del padre de su hijo y luego marchó a su casa plácidamente. Entró sin encender ninguna luz, como de costumbre, y, al llegar a su habitación, prendió el mechero para encenderse un piti, lástima de acción.

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SantiMora06

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