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Salud

Si Todos Fueramos Un Poco Menos Irascibles

Si Todos Fueramos Un Poco Menos Irascibles - Salud

Cuando la ira es la primera de las motivaciones para expresar opiniones o ideas, lo que se consigue es que poco a poco las relaciones se vayan impregnando de conflictos y tensión.

Un pequeño roce trasero en nuestro coche mientra esperamos que cambie el semáforo para seguir rumbo al trabajo y todo se dispara dentro de nosotros. Primero la rabia que nos surge tras la incertidumbre del primer momento, luego la cumplimentación de los tediosos partes y formularios para la compañía de seguros, y después demostrar que el apenas imperceptible arañazo del vehículo es responsabilidad del otro conductor. En este punto la rabia se ha convertido en ira y sigue su escala ascendente. Y que no nos cuestione el otro, porque entonces…

Finalmente vernos en la obligación de dar explicaciones al intransigente jefe, de que hemos llegado tarde por un desafortunado incidente de tráfico, mientras él, injustamente nos amenaza con descontar ese tiempo del salario o recuperarlo fuera del horario laboral.

Este inoportuno episodio u otro parecido forma parte de los efectos de la irritabilidad en los ciudadanos de esta sociedad acelerada, hasta tal punto que los estudios demuestran que hoy los hospitales detentan más ingresos por enfermedades cardíacas que hace una década.

El resultado de la furia que un individuo siente ante cualquier contrariedad imprevista hace que su corazón al bombear, descienda en su eficacia entre un 5% y un 7% o incluso más, lo que se puede considerar como un síntoma del isquemia del miocardio, un peligroso descenso en la cantidad de sangre que llega al corazón.

El enojo y la irascibilidad parecen ser las causas emocionales más dañinas en el hombre contemporáneo.

Con esto, evidentemente, no queda demostrado en modo alguno que la irritabilidad termine ocasionando una enfermedad coronaria, pero sí que potencia un factor de riesgo importante a tener en cuenta. Cada explosión de ira aumenta la frecuencia cardíaca y la tensión arterial, forzando al corazón a un sobresfuerzo adicional.

Pero esto no implica que debamos eliminar definitivamente el enfado, porque a veces también resulta apropiado, ya que su represión, por ejemplo, aumenta la agitación corporal y la tensión arterial. La aparente paradoja radica entre el hecho de que expresar o no el enfado carece en realidad de importancia, porque lo verdaderamente importante está en la cronicidad de este estado de ánimo.

La expresión ocasional de la hostilidad no resulta peligrosa; el problema aparece cuando se hace tan constante como para anclarnos en la desconfianza y el escepticismo permanentes, cuando somos propensos a sentirnos vulnerables a las críticas hasta el punto de ancorarnos en la humillación que conduce al mal humor y la ira.

Por ello, muchas veces, si no todas, deberíamos hacer el esfuerzo decidido de anotar los pensamientos hostiles en el mismo instante en que se presentan. Y en el caso de que persistan, tratar de interrumpirlos diciendo <<¡alto!>> y reemplazarlos inmediatamente por otros más positivos.

El mejor antídoto contra la irritabilidad es el desarrollo de una actitud más confiada.

Los errores se pagan, eso es una verdad, pero cuando somos conscientes de ellos se subsanan también, pues no en vano mucha cordura hace falta para reconocerlos. Y en estas cosas, desde luego, a más locura para cometerlos, más cordura para superarlos.

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