Literatura

Sobre el suicidio



Sobre el suicidio - Literatura

Si damos un vistazo al suicido a lo largo de la historia, vemos que el más común no se hace para expresar una verdad, sino para evitar una muerte peor. Los defensores de Masada lo hacen para no caer en manos romanas, lo que habría significado la crucifixión. Lucano y Séneca se abren las venas por orden de Nerón; si no hubiesen obedecido, la muerte habría sido mucho peor. Hitler se suicida para no caer en poder de los soviéticos. Se acude a la eutanasia para obtener una muerte suave en vez de una más dura. En ninguno de estos casos el suicidio es un acto irracional o vehemente. Tampoco expresa ninguna verdad metafísica, es una simple escogencia entre dos situaciones desagradables, cuando no hay más salida.

Suicidio como castigo. El gran psiquiatra Alfred Adler nos describe las fantasías suicidas de muchos de sus pacientes. Cuando sueñan con su muerte, sueñan también con el efecto que causarán en sus allegados. En los sentimientos de culpa de los padres, cónyuges, etc. Es un suicidio de castigo a otros, a quienes se odia pero no se puede destruir por temor, amor o impotencia (un joven de 22 años que conocí se suicidó tras escribir una carta en la que acusaba de infinidad de cosas a su padre. Se pegó un tiro mientras conducía su auto al abismo. Se destruyó mientras destruía a su progenitor). También el castigo puede dirigirse contra el suicida. Los hay que escogen muertes espantosas para librarse de culpas terribles. Tal es el caso de los que deciden prenderse fuego. Según los psicoanalistas, se esconde un doble símbolo en esa escogencia: el deseo de calor humano, de afecto… y el de aniquilarse (en general, el tipo de suicidio que tienta a una persona esconde un simbolismo: abrirse las venas es una especie de liberación, ser despedazado por un tren implica querer separar partes de uno que son antagónicas. Hay ciertas razones y verdades en la aparente sinrazón).

Suicidio por razones metafísicas. No solo Albert Camus lo trata en El mito de Sísifo. Antes y de manera más profunda lo describe Dostoyevsky en Los endemoniados. Un personaje, Kirilov, se suicida para igualarse a Dios. El hombre no escoge nacer, pero la suprema libertad consiste en elegir cuándo y cómo morir, y no dejar eso en manos de ninguna divinidad (esta idea la recogerá el Zarathustra de Nietzsche). Kirilov vende su suicidio a un grupo de anarquistas. Estos cometerán un acto terrorista, Kirilov se acusará de este en una carta y luego se matará. Otro interesante suicida de la literatura es el Sieroska de Giovanni Papini. En el cuento Sin ninguna razón, este joven de 27 años decide terminar su vida cuando no está enfermo, ni le hacen falta amigos, novia o placeres. Asegura que suicidarse siempre es un acto interesado: evitar un dolor mayor y que solo él tendrá la suprema libertad de hacerlo sin que lo acucie razón alguna.

El único caso real de suicidio que intenta expresar una verdad metafísica es el descrito por Papini en Pensadores y farsantes. El joven de 23 años Carlo Michelstaedter se suicidó tras escribir una obra, La persuasión. Según este autor, el hombre nunca es dueño de su vida, porque siempre se vive para un futuro. Solo viviendo el presente como si cada instante fuese el último se puede acceder a la verdadera vida. Papini especula que ese afán por vivir un último momento en que se resuman todos los instantes de la existencia llevó al joven a quitarse la vida. Este personaje inspiró un cuento del gran escritor italiano, El espejo que huye. Paradójicamente, el propio Papini, tras coquetear tanto con el suicidio y los suicidas, soportó sus días hasta su fin natural, ciego, mudo y postrado en una silla de ruedas.

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Acerca del autor

Luis Alberto Solórzano Sojo

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