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Sociedad Polarizada

Sociedad Polarizada - Sociedad

Todos habremos oído alguna vez que existen tantas opiniones como personas. Y en verdad, debería ser así. Sin embargo, la llamada Era de la Información se está caracterizando cada día más por el extremismo de las ideas. Nos movemos entre el blanco y el negro, y ante cualquier evento o suceso, nos vemos en la urgencia de saber cómo posicionarnos si no queremos “defraudar” al que identificamos como nuestro grupo ideológico. Evidentemente, es algo que hacemos de manera casi o completamente inconsciente, quizá porque no nos lo queremos reconocer a nosotros mismos, porque a todos nos gusta pensar que tenemos opinión propia. Consideramos que es lo más básico que se le puede pedir a una persona, cuando realmente es lo más difícil.
Cuando nos etiquetamos como miembros de alguna ideología (normalmente alguna palabra terminada en -ismo), tendemos a “comprar” el pack completo, es decir, tendemos a asimiliar como propias todas las ideas que la conforman. Esto, además de poco recomendable para un pensamiento libre, es difícil de llevar a cabo, dado que ni siquiera los propios integrantes de un movimiento ideológico se suelen poner de acuerdo en las bases sobre las que se sustenta el mismo, sin mencionar el hecho de que con el paso del tiempo, los líderes de opinión de dichos movimientos van cambiando, hasta el punto de que el propio movimiento no se reconoce ni a si mismo.
Hoy en día, opinar libremente es un deporte de riesgo. Las buenas intenciones y las falacias se han entremezclado en una madeja tan perfecta, que parece imposible deshacer el lío. Es difícil hablar de un asunto cuando cualquier mínimo titubeo en tu discurso, te clasifica automáticamente como un enemigo de la ideología que has decidido aceptar como tuya. Para muchas personas, resulta más cómodo callar y asentir mientras otros hablan apasionadamente, aunque discrepen en varios puntos. En el colmo de lo irónico, es frecuente que cuando dos personas se ponen de acuerdo al tratar un tema, lo hagan guardando las formas, con suma precaución para no salirse ni un milímetro de lo que se supone correcto, y con el deseo de dejar claro que pertenecen al grupo de los “bien nacidos”. Es decir, no son las personas quienes se han puesto de acuerdo, sino los personajes que ambos encarnan, con los que se disfrazan cada día.
En otras ocasiones, lo que nos polariza no es el miedo a ser señalados, sino el odio. Ello hace que sea realmente fácil renunciar a lo que nuestros sentidos y nuestra propia razón nos dicen, para preferir que la realidad se retuerza hasta ser lo que queremos que sea. Nadie está a salvo de esto, y adaptar la realidad a nuestros traumas y deseos de venganza, es tan fácil como respirar.
¿Cómo es posible que en un mundo con tantas variables, tantos contextos, tantos factores influyentes y tantos matices, todo acabe reduciéndose a la elección entre dos opciones? La respuesta podría dar para otro artículo, o para un millón. Lo que parece claro, es que una sociedad que piensa como un interruptor, es una sociedad fácil de controlar. Cuando nos movemos saltando entre extremos, cuando romper con “A” significa ineludiblemente abrazar “B”, nuestra capacidad de opinión ha muerto. Creemos que opinamos, pero en realidad solo damos bandazos. Incluso cuando aparece una opción “C”, ésta se encuentra reglamentariamente entre las dos primeras, creando la ilusión de que todo el universo de opinión está encerrado ahí. Es lo que se suele conocer como “disidencia controlada”, aunque esto crea un pensamiento irresponsable, que no es otro que culpar a sociedades secretas, gobiernos, empresas, o simplemente “los de arriba”, de algo tan simple como nuestra incapacidad para pensar por nosotros mismos, de escucharnos de manera profunda y sincera. No culpemos a quienes controlan, de nuestra decisiónde ser controlados.
No somos interruptores, o no deberíamos serlo. Cada asunto, cada tema, requiere un análisis que muy rara vez se hace. Todo se etiqueta rápidamente, se clasifica y se agrupa. De hecho, incluso esta labor suele hacerla otro, porque si nuestra capacidad de liderazgo no nos da ni para mandar sobre nuestra propia cabeza, es probable que antes de haber formado una opinión, consultemos qué piensan al respecto nuestros referentes ideológicos, no para contrastar de manera enriquecedora nuestras ideas, sino para estar seguros de no “equivocarnos” antes de lanzarnos al arriesgadoabismo que supone pensar y sentir por nosotros mismos.
Para finalizar esta reflexión, ¿cómo podemos saber si estamos pensando por nosotros mismos? Lo cierto es que todos somos influenciables, y nuestra opinión siempre está encuadrada en nuestro contexto vital, que incluye otras personas. Es inevitable e incluso conveniente para el buen entendimiento, ser influenciables en cierto grado.En definitiva, saber escuchar. Una buena manera de saber que vamos por el buen camino, es que te coloquen etiquetas antónimas. Cuando te permites a ti mismo el derecho de pensar con auténtica libertad, escuchándote a ti mismo antes que a otros, es curioso lo fácil que resulta ser calificado simultáneamente como blanco y negro, como A y B, por uno y otro bando. Es normal que sea así, porque en una sociedad polarizada, pensar libremente hace que ninguno de esos polos te reconozca como un genuino integrante de su ideología, y para ambos no queda otra salida que pensar que perteneces al polo opuesto. Porque, no lo olvidemos…los extremos se tocan.

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arolod

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