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Solidaridad: eso con lo que le regalas a otros un poquito de felicidad



Solidaridad: eso con lo que le regalas a otros un poquito de felicidad - Sociedad

La Cocina de Francy acaba de abrir sus puertas en Miami y yo que sigo su cuenta de Instagram desde que la crearon (la de Miami) certifico que todo lo que ponen en sus fotos sabe igual de delicioso como se ve.

Y ustedes quizás se estén preguntando ¿qué es la Cocina de Francy? Si eres de Caracas es muy probable que lo sepas, claro si aun viviendo allá eras asiduo a deleitarte con los maravillosos sabores de la cocina venezolana mantuana, si disfrutas en tu paladar el mix entre lo salado y el dulce que aportan ingredientes como las uvas pasas, las alcaparras y la aceitunas, y donde nunca puede faltar el ají dulce, ese por el que sufrí los primeros meses cuando llegué a Colombia pero que la inmensa migración hizo que se convirtiera en un producto más de muchos abastos y plazas de mercado.

Pero hoy no vengo a hablar de eso, conozco la serie de notas, reportajes y entrevista que le han hecho a Francy en su trayectoria y estoy muy segura que por allá por Miami será igual.

Y hablando de noticias si no eres de Caracas, pero veías televisión es muy probable que al menos hayas visto la fachada del restaurant porque fue casi en su puerta que mataron a Bassil Da Costa el 12 de febrero de 2014.

Pero de nada de eso he venido a hablar porque la historia que voy a contar hoy tiene que ver con uno de los valores humanos más hermosos que puede existir: la solidaridad.

Si ya han leído mis historias anteriores sabrán que en el 2014 viví un episodio que me cambió la vida y casi partió mi corazón en dos (lo cuento en Desapego), mi mamá, esa mujer con la que había vivido el 99% de mi vida -porque el 1% lo hice en vacaciones con mi papá en mi niñez o en mis vacaciones de vida adulta en la que ella no estaba presente por alguna razón, porque casi siempre iba conmigo, la que me acompañó en dos matrimonios, en el nacimiento de mis dos hijos, etc., etc., etc., etc.,- se le reventó una aneurisma en el cerebro y los médicos no me daban mucha esperanza, y yo no hacía más que preguntarme ¿cómo se hacía para vivir sin ella? ¿con qué se comía eso? Al más puro estilo de ¿existe vida después de la muerte? mi pregunta durante los 18 días que duramos en la clínica fue ¿existe la vida después de ella?

Y es en esta parte del cuento que entra Francy con su cocina y sus deliciosos manjares…

La conocí entre 1994 o 1995 -no recuerdo la fecha exacta- porque era amiga de una tía, en esa época se encargaba de hacer magia en la cocina -pero no venezolana sino italiana- de la mano del Sr. Sexto Marcotulio en el restaurant El Molino Rosso en la Av. Francisco Solano -al lado del Pullman, el lugar en el que terminamos después de que a mi amiga Lyll y a mí nos bautizaran Las Cortesanas de Maracay-. Fue ahí (en el Molino Rosso no en el Pullman) que mi hermana dio sus primeros pasos en el área gastronómica profesional -porque ya que tenía 10 años me cocinaba suculentos platos que para mí eran la gloria, aunque siempre tuviéramos la diferencia de que a ella le gustaba el arroz y a mí la pasta-.

Años más tarde, cuando abrió restaurant con su nombre en la esquina de Tracabordo en La Candelaria, fue mi mamá la que trabajó con ella, aproximadamente durante seis meses, no en la cocina -porque no es su fuerte- sino en la caja. Quizá esa sea la razón por la que el día que recibió la noticia de que a mi mamá se le había reventado esa aneurisma en el cerebro nos comenzó a regalar un poquito de felicidad.

¿Qué cómo lo hizo?

No sé cuántos días habían pasado desde que estábamos en la clínica -asumo que no más de tres-, lo que sí sé es que a Francy no se le ocurrió una mejor idea que enviarnos -de manera religiosa y gratuita- el almuerzo a la clínica todos los mediodías a mi hermana y a mí.

Y ¡ojo! no se trata de que nos enviaba la comida del personal, lo que llegaba en esas viandas de anime o icopor (como le dicen acá en Colombia) era: asado negro, pabellón, polvorosa de pollo, bueñuelos de plátano o yuca y todos esos ricos manjares que solo ella, Julio y Nelson hacían en esa cocina, que por cierto, daba gusto entrar porque siempre estaba impecable -aunque no estuviera a la vista del público-, y mira que la visité bastante mientras mi mamá trabajó ahí.

Pensándolo ahora en frío hay que ser de muy buen corazón para hacer algo así por alguien que no es tu familia porque además del costo, era envolverlo con amor, enviar a un mensajero o domiciliario (como le dicen en Colombia), y disponer de tu personal para algo que no te generaría ganancias.

Recuerdo que para no interrumpir su dinámica lo enviaba un poco antes del mediodía, entonces mi hermana y yo bajábamos a una terraza que queda en el edificio de al lado -el Centro Clínico Profesional Caracas- no sentábamos en el murito y ahí comíamos. Si teníamos visita y bajaban o subían con nosotras (depende del momento porque la UCI quedaba en el sótano y las habitaciones en los pisos arriba de planta baja) por supuesto que lo compartíamos o por lo menos lo ofrecíamos.

Degustar esos platos -ahí en el envase de anime y sentadas en el murito- nos devolvía un poco de aliento no solo al cuerpo sino también al alma. Y yo que estoy reviviendo el momento mientras escribo acabo de notar que ahí se comenzó a gestar mi ruptura matrimonial -con él y con los suyos-, porque mi familia política, con la que había decidido compartir apellidos para  mi hijo, también tenía restaurant y nunca recibí ni una arepa. Bueno no hay que ser tan mal pensados como yo, quizá se debía a la distancia porque yo estaba en Clínicas Caracas en San Bernardino y el restaurant de mi esposo estaba en Boleíta, ahhhh, pero también tenía un concuñado con restaurant en Maripérez -un poco más cerca que Boleíta, es más a solo una entrada de distancia en la Cota Mil- y tampoco recibí ni una sopa.

Igual, al más puro estilo del Chavo, al “cabo que ni me importa” porque nada de eso sería comparable con la delicia y la buena intención con la que iba esa comida de La Cocina de Francy.

Porque antes de ser empresario y buen líder hay que ser buena persona -no lo digo yo, lo dijo el  neurocientífico norteamericano Howard Gardner y estoy completamente de acuerdo con él- eso si tiene Francy, y bueno porque es difícil que alguien no haga algo así por Carmencita, mi mamá.

Es por eso que hoy la auguro y deseo el mayor de los éxitos en su nueva etapa en Miami. Y si tú vives ahí o vas de vacaciones no dejes de ir a deleitarte con sus exquisitos manjares porque quizás además de eso, estés contribuyendo con alguien que en algún momento necesite recargar su alma a través del paladar.

¿Qué dónde está exactamente? En 2600 NW 87th Ave, #27, Doral, Florida 33172.

No recuerdo habértelo dicho antes: Francy mil y mil gracias.

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Acerca del autor

Vanessa Elena Zambrano Moreno

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