Literatura

Solo ante el espejo

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Solo ante el espejo - Literatura

Lo primero que hago por las mañanas al levantarme, es mirarme en el espejo. Estoy con los ojos hinchados, el pelo revuelto y la boca seca. Me miro los ojos con detenimiento y casi no me reconozco. ¿Quién está frente a mí, en esta increíble soledad que se repite todos los días?

No encuentro muchas respuestas que no sean las de hacerme cargo de mi finitud y pequeñez frente a un mundo que pasa de largo, y al que me veo abocado a subir, sin más remedio, si no quiero perder el tren de la vida.

¡Cuánto desearía apearme de este ritmo de locura que me hace repetir los mismos gestos a diario, sin posibilidad de salirme del carril al que la vida, sin pedirme permiso, me ha arrastrado! Pero, si yo no he tenido nada que ver en esta carrera de obstáculos de “haber quién es el más fuerte”.

Siento un escalofrío de soledad electrizante que me raya los ojos. ¿Soy yo, este tipo en el que me he convertido, con el que soñaba ser de niño? Estoy tan lejos de mis primeros y cándidos deseos de infancia, que ya casi ni me reconozco. Me miro, me veo, soy yo, pero no soy yo.

¿En quién me he convertido? Soy un ave de rapiña, tan cruel e hiriente como el resto del mundo que me rodea. Quiero detener la marcha de mi existencia, pero no sé cómo hacerlo. La maquinaria es tan inmensa que mis solas fuerzas y voluntad no serían sino un vano soplo en medio del huracán.

Mi vida se ha transformado en todo menos en lo que los valores más nobles del ser humano tienen de virtud. Me odio, me da asco el aspecto que presento y lo que mi mirada refleja en el espejo, de desprecio hacia mí mismo y hacia los demás.

La vida puede más que yo mismo. Me siento vivido, más que vivir por mí mismo lo que podría dar un nuevo sentido a mi historia cotidiana. Apago la luz por unos instantes. Mi rostro se desvanece ante la crueldad del azogue, que me atrapa, me succiona y me posee con descaro. Ahora todo es oscuro. No me veo, no veo nada y me siento mejor. Me siento libre por unos instantes.

Al encender de nuevo la luz, miro mecánicamente la hora en el reloj. “Tengo que darme prisa para llegar a la oficina y entregar a tiempo el informe que me pidió mi jefe ayer, a las once de la noche, cuando estaba a punto de meterme en la cama”.

No me dan tregua para hacerme con lo que no puedo ni decidir por mí mismo. Me siento cansado de vivir. Estoy envuelto en un profundo hastío de soledad y noche perpetua. La vida no tiene misericordia conmigo mismo. ¡Ya no puedo más!

Cojo el bote de colonia Calvin Klein y al momento de pulsar sobre el pulverizador, lo arrojo con furia y desprecio sobre el espejo que no deja de controlar mis movimientos y espiar mi corazón. El cristal se hace añicos, y descubro los azulejos, desnudos y escondidos por la liviandad de una fachada etérea que era tan sólo mi reflejo.

Mi corazón sigue siendo de carne. Estoy vivo. Hoy no iré a trabajar, y al informe que le den…

Mañana dejaré mi trabajo y volveré a retomar mis lienzos y pinceles para empezar de nuevo a pintar. No me haré rico, pero podré pintar la libertad de mi niñez y borrar la cruel soledad de una esclavitud de vida y laboral jamás buscada. Me parece que no volveré a poner un espejo en el cuarto de baño. Ojos que no ven, corazón que no siente.

Fausto Antonio Ramírez

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