Literatura

Soñé

Soñé - Literatura

Luchando contra el tiempo me siento estúpido. Hace rato aprendí que hay que hacerse amigo del tiempo, saberlo llevar, es buen compañero. El tiempo me sobra en casi todos los sentidos: me sobra para actuar, me sobra para pensar, me sobra porque se ha convertido en mi peor enemigo y a veces creo que también me está sobrando tiempo para vivir. Me quejo de ser un infeliz que se siente vacío en un mundo que ofrece algo para cada excéntrico, un mundo que promete saciar las fantasías de niños y grandes. No me ubico en ninguna de las dos categorías, soy solo un adicto al que le quitaron su medicación. Me duele aceptar que soy más adicto a ella que ella a mí, de la misma forma que el alcohol es más adictivo que la marihuana;  y de la misma forma que dudo que la marihuana produzca una dependencia real, dudo de la fuerza de mi amor.

No dudo en absoluto que realmente exista, esa noción, esa bellísima abstracción, solo sé que es débil como mi voluntad, como mi capacidad de expresarme de forma natural, de sacar algo que no sea rígido y lleno de formalizaciones, eufemismos y tecnicismos. Odio con las fuerzas que no he tenido nunca mi uso de razón, quisiera poder vivir y dejar de reparar en absolutamente cada detalle como si fuera trascendental. Tal vez por eso la anhelo, por vivir realmente y poder envolverme un poco en su naturaleza, por haberme embriagado durante años ¿y ahora que debería hacer?

Estoy cansado de fingir fortaleza, de perseguir espejismos que se derriten de la misma forma que mis mejillas y todo  a sabiendas que conseguirlos no cambiaría nada, no mejoraría nada. ¿Que consigue un hedonista con llenarse de placer y hacerse cada vez más dependiente?  Creería que la felicidad está en la sencillez y la sencillez es de lo más humillante.  Estoy asustado, cuando se fueron las alucinaciones empezaron los sueños, si no puedo soñar me acechan los pensamientos, todo un mundo de fantasías añoradas y destructivas que carcomen las tripas y me atragantan, quisiera escapar pero la calle es lo que más me aterra.

En la calle andan sueltos mis demonios, demonios que compartieron conmigo por años hasta que un día decidí soltarlos y dejarlos libres en cada rincón de mi fría ciudad. – hay diferentes formas de soltar demonios, están los bostezos, los gargajos y  los gases en el sentido que sean, está el vomitó de borracho y una buena acabada en la cara de alguna desconocida-. Pará mí no existe el calor humano, existen intentos de arrebatarme lo poco del brillante interior que me queda y lo protejo con hostilidad. Si un hombre me habla yo lo miro con recelo, preparado para una batalla a muerte. Si una mujer me habla trato de llevarla a la cama, lo más rápido que pueda y con desprecio. Aunque generalmente esto no me resulta bien no quiero entrar en jugueteos.  Además cada encuentro casual que se suma es como un pedacito de mundo que se derrite, una promesa más que se rompe.

Hace días no salgo de mi habitación y no recuerdo su rostro, el deseo sexual es algo que se borró con su imagen. Cuando la imagino solo veo destellos de luz que me enceguecen y hacen doler ojos y cabeza, me dejan pasmado y exhausto, dormir es la única salida del desespero. Cuando duermo siempre se me aparece esquiva en sueños, incapaz de acompañarme de lleno incluso en mis fantasías. Se aparece solo para arrebatar un poquito de paz, para clavar una pequeña astilla y dejarme soñando con serpientes, muertos, putas y tanques de guerra; después de un par de noches sin dormir recurrí a la botella de vino, habiendo tomado ansioso unas 4 o 5 copas caí derrotado ante el cansancio y entonces ella se me presentó diferente….

 

Caminaba yo por un lugar moderno y lleno de jardines, las estructuras de acero y concreto se entrelazaban mágicamente con impetuosos verdes y rojos de las plantas y flores, que además se adornaban de rosas que caían en un degradé de colores hacia el suelo simulando los tonos en los rayos de luz.  Los edificios eran gigantescos, parecían de hecho alcanzar el cielo y las personas pasaban entre ellos como flotando, sin ninguna necesidad de bajar para caminar entre los jardines. Escuchaba yo desde fuera la alegría de la ciudad, había música y bailes, fiestas y demás, había casinos, bares y cinemas, era una ciudad de esas en las que un hombre quisiera vivir. Entonces vi un lugar lleno de mujeres y pude escuchar desde fuera el sonido del amor perfecto. Quise acercarme pero entonces la vi, pasó flotando en una burbuja sobre mi cabeza. Era una de esas burbujas de jabón pero en mi sueño yo sabía que era una burbuja hecha de babitas, una grande y reluciente burbuja de saliva en cuyos bordes brillaban los colores verde y anaranjado por efecto de los reflectores y las luces de la moderna ciudad. Ella no parecía ir a ningún lado, mientras los demás parecían tener una función determinada, una actividad preferida entre las muchas ociosas fantasías que ofrecía esta hermosa metrópolis, ella parecía ser la única persona –además de mi- que aún estaba buscando algo en que ocuparse; la diferencia estaba en que yo era el único infeliz que tenía que usar los pies.

Aunque las burbujas deberían flotar armoniosamente en un movimiento pendular parecido al de un objeto que flota en el agua, su burbuja iba disparada hacia el aire como si hubiera sido escupida por la boca de un gigante situado en algún extremo de la ciudad. En apenas un instante me encontré solo de nuevo, no sabía a donde había ido, la ciudad a mi alrededor era inmensa y toda su majestuosidad parecía algo desoladora. Los sonidos del amor se habían desvanecido y las rosas ahora eran todas color violeta, seguían formándose en una especie de cascada que rompía extinguiéndose en la entrada de cada edificio.

Entré al edificio más próximo a mis pies sin saber que me iba a encontrar adentro, de todas formas lo único que quería encontrar ya debería estar disfrutando de alguna de las diversas actividades que ofrecía aquel hermoso lugar.  En el vestíbulo la luz era tenue, el piso era de un mármol blanco impecable y el techo estaba tan alto que  era imposible verlo desde donde estaba. Camine hasta el final del vestíbulo y encontré unas escaleras del mismo mármol blanco que tenían barandales en yeso tallado con rostros de ángeles a lado y lado; los de la derecha parecían ángeles de Dios, los de la izquierda ángeles caídos. Todos los rostros eran hermosos pero yo podía discernirlo de todas formas.

Caminé por el centro de la escalera durante un rato acercándome a una brillante luz que prometía el final del ascenso, comencé a inquietarme medida que me acercaba más a  la luz. Cuando alcancé el final de las escaleras pude ver que la luz que aparecía al final se había desvanecido. Entré en una habitación cuyo tamaño desconocía pues la oscuridad era total, me sentía sofocado y quise gritar pero era imposible; en los sueños hay cosas que no podemos hacer. Comencé a sentirme muy incómodo y asustado, a punto de entrar en pánico. El pánico despierta a un hombre dormido y despertar en ese momento me asustaba más que el incómodo lugar que se me presentaba. Cuando la situación empezaba a ponerse insoportable apareció un brillo en el techo del cuarto. El brillo venía de unas letras que estaban escritas en fuego, además podía ver que el techo no tendría más de dos metros de altura y la habitación era cuadrada, veía yo  cuatro paredes negras que me rodeaban. Me acurruqué en el piso para poder leer las  palabras escritas en las llamas y entonces pude leer el mensaje:

Solo  podrás tener lo que desees

Sentí ganas de llorar. El mensaje que se había presentado ante mis ojos como una esperanza era también una sentencia, una conexión entre este mundo de fantasía y la realidad de la que pretendía escapar mientras dormía. “solo podrás tener lo que desees” pensaba yo cómo desde fuera, como si no perteneciera más a esta realidad y estuviera de vuelta en mi habitación. Había regresado el olor a vómito y a humo de cigarrillo, ya no estaba entonces vestido de fiesta sino con la misma ropa de hace varios días y que  gracias al humo mantenía un olor que me permitía seguirla usando. Allí estaba de nuevo mi incapacidad de descansar, de escapar del todo, de conseguir tranquilidad; era un verdadero tormento. Me aferre con fuerzas a soñar, a desear, a sentir y me contuve con todas mis fuerzas, aleje mi insensata necesidad de comprender… entonces las  paredes que me rodeaban se encendieron en un fuego color azul y empezaron a derretirse.

Estaba afuera de nuevo, pero esta vez veía toda la ciudad desde arriba, era una noche muy oscura y fría, toda la ciudad parecía ser mía. Me encontraba en la azotea del edificio más alto de aquella ciudad que rozaba el cielo. Pude ver que la ciudad no era tan grande como parecía. Levanté mis brazos para tocar el cielo que era de una negrura infinita y al hacerlo no sentí nada. Pude ver como se desvanecían mis manos en la oscuridad.

Caminé lentamente hasta una de las esquinas del edificio, no tenían barandas lo que lo hacía mucho más agradable para observar. Observé los casinos y pude ver que los crupier eran mujeres en topless, que repartían aces y reyes a todos los jugadores que apostaban excitados por la emoción del momento.  Todos ganaban, todos menos la casa que lo único que parecía ganar era el hecho de traer un poco de alegría a este mundo, de enriquecer a los pobres y los solitarios, de brindarle una  sonrisa a un hombre desesperado.

Observé también los restaurantes, atendidos por mujeres en minifaldas y hombres esbeltos que andaban con el torso desnudo. La comida se veía igual que la gente, deliciosa. Todos iban elegantemente vestidos, todos parecían tener una belleza  esquiva al resto del mundo, los restaurantes tenían la gente más bella, solo podía comparársele con la belleza de las mujeres que atendían en el casino usando nada más que pequeñas tanguitas.

Observe las iglesias y el cuento no era diferente, todos cantaban y alababan a sus respectivos dioses con alegría. Todos cumplían con los compromisos de culto, con la vestimenta adecuada, tenían familias e hijos ejemplares; seguramente me había excedido con el vino, me había tragado el vómito y ahora estaba en el paraíso. La cima del paraíso para ser exacto.

Entonces me tome un momento para pensar de nuevo, seguramente no estaba en el paraíso. Todos disfrutaban, todos reían, todos cantaban: Todos menos yo que observaba ausente desde arriba; talvez me había tragado el vómito y ahora estaba en el infierno ¿Qué más podía ser el infierno que estar condenado a envidiar a otros? Además de todo esto, yo no deseaba realmente estar en los casinos o restaurantes, tampoco quería ir a una iglesia o meterme en una de las casas del amor de cuya descripción carecía al despertarme. Yo lo único que quería era volver a ver una burbuja de babitas que flotara lentamente y verla a ella, que me mirara fijamente y me invitara a meterme en su burbuja; aunque mi posición era privilegiada y aparentemente podía verlo todo, ella no aparecía por ningún lado.

Me aferré de nuevo al sueño, trate de dejar las razones de lado, pude sentir como apretaba mis ojos desde fuera. Poco a poco el ruido de la ciudad se fue apagando y empecé a sentirme tranquilo, con esa tranquilad pude inclinarme sobre la cornisa para mirar hacia abajo y vi una hermosa laguna que rodeaba el edificio desde todas las direcciones. El agua me hizo sentir más tranquilidad y con esta llego una sensación de libertad inmensa. Sentí que ahora podía flotar como los demás y así podría llegar a donde debía ir.  Retrocedí para tomar impulso y me ubique de nuevo en el centro de aquella azotea que estaba totalmente vacía.

Mire hacia arriba, el cielo tenía ahora un leve color azul que se cortaba con el negro, el que tiene ese momento en que la noche se encuentra con el día. Entonces sentí un poco de dicha y corrí hacia la esquina que había dejado hacía un rato, cuando estuve a punto de alcanzarla salte con todas mis fuerzas. Supongo que quería algo de tranquilad. No sabía si ella estaba en el agua, no sabía si estaba al fondo del abismo o en la caída que me haría despertar, de todas formas este no era un sueño más, no era algo cotidiano. La caída fue estrepitosa y al momento en que debería despertarme por el vértigo me vi dentro de su burbuja. Pude verla directo a sus hermosos ojos negros que inmediatamente me recordaron el cielo de mi fantasía, allí donde en ese instante comenzó a brillar el sol con gran fuerza. El cielo era ahora de un azul perfecto y sus ojos se cerraron.  El brillo del sol hizo estallar la burbuja y llovieron  babitas sobre esta ciudad de sueños.

Con la caída de las babas ella desapareció. También los edificios empezaron a derrumbarse, y así los casinos, los restaurantes, los bares y las flores, casi todo desapareció en un verdor infinito. Entonces solo pude reconocer dos colores el verde de la vida y el color de la carne. La visión que tuve a continuación no es auténtica, era una recreación vivida del jardín de las delicias. Los mismos hombres que antes parecían tan reverenciables se revolcaban ahora en su sucia pero intrigante humanidad…entonces pude gritar:

BIENVENIDOS A LA PUTA….

 

Realidad. Desperté sudando y con lágrimas en los ojos. El recuerdo inmediato del sueño me provoco una sonrisa autentica –te soñé- dije en voz alta. Decidí salir al día siguiente, después de dormir otro rato.

 

 

 

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Sebastianbach

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