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SUMIDO EN LA MISERIA



SUMIDO EN LA MISERIA - Literatura

SUMIDO EN LA MISERIA

Entró en la cafetería, la cual estaba atestada de gente, con el único propósito de poner fin de una vez por todas a esa situación que él mismo se había buscado. En su subconsciente aún seguía preguntándose como se había prestado al juego, como podía haber sido capaz de llegar a ese punto. Siempre se auto ponía la excusa de las necesidades: una mujer que mantener, tres hijos, hipoteca, el estar en paro en ese momento…Vamos, todo aquello que sumiría a cualquier ser humano en la desesperación y podrían hacerle capaz de cualquier cosa, incluso de hacer trampas, ilegalidades y traiciones.

Se sentó en una mesa de la esquina; le gustaba, porque desde allí podía observar sin ser observado, y tenía al lado una ventana que daba justo a la sede del partido donde había empezado toda esta pesadilla. Bueno, en ningún momento, cuando comenzó todo, lo consideró así. Él, al principio,  consideró los seis mil euros mensuales netos que le pagaban, más unas gratificaciones aparte que podían llegar al doble, según el cometido.

Sabía que no sería fácil decirle a su contertulio en cuanto llegara que para él esto había llegado a su fin, era conocedor de demasiadas cosas y el partido no le permitiría marchar así como así, sin más. Pero debía intentarlo, por su familia, su mujer e hijos, por sus amigos, e incluso por él mismo. Cuando oía las noticias, cuando veía esas manifestaciones, muchas de ellas desde el balcón de su casa, no podía por menos que sentir asco y vergüenza de sí mismo.

El mensajero de turno se hacía esperar y comenzó a ponerse nervioso, notó como caían las gotas de sudor por la frente y no paraba de remover el café a diestro y siniestro, no habiendo probado aún ni una gota. Por fin lo vio aparecer por la puerta,  no sabía por qué siempre tenían que hacerse esperar y llegar tarde, él no soportaba esa falta de respeto: la puntualidad era una de sus mayores virtudes, en eso era muy inglés.

Cuando llegó a la mesa se saludaron con un apretón de manos, se miraron mutuamente y nuestro hombre vio como el otro sacaba tres sobres, los cuales le entregó.

—Bueno, Matías, aquí están los tres trabajos que tienes que hacer para el partido antes de finalizar el mes, esperamos resultados satisfactorios por tu parte. Nunca nos has fallado y no tendría que decirte esto, pero ya sabes que cumplo con mi obligación.

—Debo decirte algo muy importante, —dijo—, préstame atención por favor. No puedo seguir más con esto. Entiéndeme, me siento…como lo diría… ¿sucio?

—¿Perdona? ¿Sucio? ¿No crees que eso lo tenías que haber pensado el primer día? Desde un principio sabías a la perfección cual era tu cometido, no me vengas con gaitas.

—Sabes por la situación que estaba pasando, estaba entre la espada y la pared y no tuve alternativa posible. Por eso acepté este trabajo, pero ahora…

—Claro, ahora que gracias a nosotros tienes los bolsillos llenos, quieres abandonar. ¿Eres consciente de lo que dirá el partido al respecto? Y, sobretodo, por si no has caído en ello, ¿las medidas que se podrán tomar en tu contra? Eres conocedor de demasiados secretos, de demasiadas maquinaciones. No, definitivamente, no lo puedo permitir.

—No me hagas esto,, te lo ruego. Para ti es muy fácil, pero para mí es distinto.

— ¿Sí? ¿Y en qué es diferente? ¡No seas hipócrita!  Mira, te aseguro yo que toda esta gente que sale a las calles, que va de “legal”, con sus megáfonos, sus pancartas hechas con sábanas blancas y rotuladas con letras de analfabeto haría lo mismo que tú si se les hubiera brindado la ocasión.

—Prefiero olvidar eso último que has dicho —respondió—. De todos modos,  mi decisión está tomada, abandono. Y tú deberías hacer lo mismo, te lo digo por tu bien.

—¿Mi bien? ¿Es que no has entendido nada de lo que te he dicho? Esta gente no se anda con chiquitas, ¿o no te acuerdas de lo que le pasó el mes pasado a Juan Ibarra? Por descontado se hizo creer que había sido un suicidio, pero… ¿tú te lo crees? Yo, te aseguro que no lo fue. A Juan se lo cargaron, sino, al tiempo.

—Se lo cargaran o no, Juan no iba a abandonar la asociación que yo sepa. Si no recuerdo mal, el error de Ibarra fue irse de la lengua a quién no debía sobre el asunto Milka.

—Y hubo suerte que no llegara a más, porque imagina el resultado si ese tema saliera a la palestra, por eso estoy tan seguro que se lo cargaron. Además, por si no lo sabes, la persona a la cual contó lo que estaba maquinando el partido y en qué consistía la operación está en el hospital muy grave por una paliza que le dieron hará cosa de dos semanas. Así que mira como están las cosas. Tú eres conocedor de ese y de un sinfín de temas más. Si abandonas, siempre estará esa duda, ese temor para el partido de si obrarás de la misma forma que Ibarra y, como puedes ver, no se andan con chiquitas.

—¿Y qué hago entonces? ¿Cómo soluciono esto? Juro por mis hijos, que es lo que más quiero en este mundo, que mis labios estarán sellados hasta el día de mi muerte.

—Lo siento, en ese sentido sabes perfectamente lo que puedo aconsejarte. Coge los tres sobres, cumple con su cometido y que no se te vuelvan a pasar por la mente esas ideas de culpabilidad. Ya te digo, cualquiera que hubiera tenido ocasión de estar en tu pellejo hubiera hecho lo mismo. ¿Seis mil euros al mes y, en algunos, prácticamente el triple? ¡Vamos, hombre! Y ahora, si me disculpas, debo marcharme, tengo asuntos que atender. Que tengas un buen día.

Vio como su acompañante marchaba y se quedó allí, en la mesa, pensativo. Sabía de antemano cuál sería la reacción, pero tenía que intentarlo. Una curiosidad morbosa, como cada vez que le encomendaban un trabajo, de abrir los sobres le invadió por todo su cuerpo, pero sabía que no podía hacerlo hasta no llegar a un sitio seguro.

Si su familia, en verdad, supiera a qué se dedicaba…Había hecho creer a su mujer e hijos que trabajaba de comercial en una tienda de electrodomésticos. Fue lo primero que se le ocurrió cuando su mujer le preguntó al respecto el día que les hizo saber que había encontrado un trabajo bien remunerado. Muchas veces las preguntas de le sumían en la desesperación, su mujer no podía entender de donde procedía tanto dinero. Como era que en épocas de crisis las cosas fueran tan bien. El, de una forma u otra, hasta el momento siempre tuvo respuestas a sus preguntas, hasta incluso se inventó un nombre de empresa, hizo los logos pertinentes y toda la parafernalia de rigor para mantener en secreto su verdadero empleo.

Se levantó, se puso el abrigo y el sombrero, y se marchó. El aire era fresco, así que anduvo a paso rápido para llegar al coche lo antes posible, y, de camino a su recién estrenado automóvil fue cuando se le encendió la lucecita y supo lo que tenía que hacer. Cambió de dirección y se encaminó a una librería, compró un bloc de papel de cartas, un bolígrafo y varios sobres. Escribió sendas cartas de despedida a sus familiares directos, a sus amigos y otra para el partido. A continuación se dirigió a un notario e hizo testamento, en el cual dejaba todo cuanto poseía a varias asociaciones de todo tipo sin ánimo de lucro. Después se dirigió a la estafeta de correos y pidió la forma más urgente de llegada de sus misivas y pagó por ello. Al salir a la calle, se dirigió al retrovisor de uno de los coches aparcados y sonrió a su rostro plagado de felicidad.

Al cabo de unos veinte minutos, más o menos, llegó a su coche y lo puso en marcha. Se encaminó hacia un descampado donde no pasaba nadie desde que lo hizo en su día «El Quijote», si es que lo hizo alguna vez. Salió de su interior y abrió el capó, cortó el cable de los frenos y volvió a meterse en su interior. Giró la llave de contacto, puso primera, velocidad máxima y…

Todos los medios se hicieron eco de su muerte; pero más eco aún se dio a los generosos donativos depositados por su persona, así como a la carta que dejó a su viuda. Bueno, a esa más: aparte de pedirle perdón por lo que había hecho, le contaba los entresijos del partido y le daba instrucciones de lo que debía hacer. Aunque, como le decía, ella era libre de tomar la decisión que creyera más oportuna, la cual fue despojarse de todo el dinero obtenido por su marido de forma fraudulenta y poner el asunto en manos de uno de los mejores abogados.

Ahora, solo cabía esperar a que la justicia dijera su última palabra…

 

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