Literatura

Tan mierda y tan virtuoso – Vida y obra de Julián Anguiano



Tan mierda y tan virtuoso – Vida y obra de Julián Anguiano - Literatura

Primera parte de una serie de vivencias de una persona con el alma gris, y tan especial como cualquier otra en el mundo.

“Aurora, vístete ya” le decía mientras ahí estaba yo en bolas, admirando aquella Venus que se limitaba a verme con sardónica sonrisa. Quizá la cabrona imaginando las embestidas de la madrugada contra aquella pared de tablaroca, en cuya superficie se adivinaba dos marcas de manos producto de nuestra unión de saliva y sudor. Ahí estaba yo, tan mierda y tan virtuoso como cualquiera. Salí, un poco apenado, “Te pido un Uber” me insistió Aurora, apurado, le niego con la cabeza el gesto y salgo a paso acelerado hacia la Iglesia.
Ya en la Iglesia me encuentro con mi esposa “que dice mi mamá que si vamos al camposanto a dejar cempasuchitl para mi tío Alberto”, más que una invitación es un recordatorio. Saludo a Ignacio, hijo del pastor, que se presume más impoluto que la Madre Teresa, quien me da un folleto que habla de la condenación de los fornicarios. Le sonrío, le digo que lo leeré esa misma noche, obvio es mentira, la noche es tiempo sagrado para estimular el glande al tiempo que los gemidos provenientes de la bocina de mi computador se vuelven Tchaikovsky en este tenor. Porque sí, soy tan mierda y virtuoso como cualquiera.
Ahí viene mi suegra, que si ya comí, que qué tal estuvo el sermón, que si sigue siendo el pastor Don Anselmo; la interrumpo con una sonrisa de oreja a oreja mientras detrás de mi careta se cuece un pensamiento asesino. La imagino como carne para los tamales de la fiesta del pueblo, que por cierto ya está cerca, pero fuera de la careta despido sólo amor y humanidad. Porque sí, soy tan mierda y virtuoso como cualquiera.
Ya en casa, le digo a mi esposa que me espere, que voy a hacer una llamada del trabajo. Estoy mintiendo,claro, y aunque esta noche Aurora no me hará una felación, esta noche es sagrada más allá del sexo y la pornografía. Me dirijo al centro comercial, agarro una despensa completa y con un sentimiento agudo de felicidad, me dirijo con mis bolsitas del Aurrera, al tiempo que le miento su madre a un pinche mugroso que se me atraviesa, hacia la casa de Doña Hortencia. Toco a su puerta, se asoma desconfiada, supe que su marido había muerto hacía dos semanas. Ella no tiene hijos con quien tomar un café mientras charlan despreocupadamente de la serie de moda en Netflix. El rostro de la destrucción interior se hace bastante evidente en su acabado cuerpo. Le sonrío, y detrás de mi careta no hay un pensamiento asesino, hay otra… ¿sonrisa?, y genuina; le digo que se acerque, que soy su vecino por dos calles. Desconfiada y con un caminar jorobado, se acerca. Que qué se me ofrece, que no ande chingando, pero la interrumpo y le entrego la despensa. Las lágrimas caen y siento que las hormigas pueden tener felices, ya su piscina de verano. Me abraza estrechamente y yo se lo devuelvo. Le beso la frente y le digo que todo mejorará, me ofrezco a inscribirla a un programa de gobierno de ayuda social. Tengo contactos. Doña Hortencia aún en llanto, me dice con ternura que sí. Porque sí, soy tan mierda y virtuoso como cualquiera.
De vuelta a casa, doblando por la calle de la panadería veo al pastor Don Anselmo, aquel viejo mequetrefe que siempre me crítica por ir con barba a la iglesia y por tener un tatuaje de AC/DC en el pecho. Lo veo del otro lado de la acera agarrándole las nalgas a Jimena Núñez Dorantes, la mujer del heladero. Don Anselmo había enviado imprimir el folleto de la condenación de los fornicarios para la congregación esa mañana, al tiempo que efusivamente predicaba contra la homosexualidad y adulterio desde su púlpito de trescientos mil pesos, porque el muy puto quería su nombre en letras doradas gravado en el frente.
Meto la mano en el pantalón, aún lobotomizado por la escena, para sentir esa mierda de folleto que me había dado el pobre diablo de Ignacio en la mañana. Lo saco, lo tiro al suelo, me bajo el “zipper”, saco el pene y comienzo a orinarlo, las escrituras de Hechos y Corintios impresas con letra Arial 11 se tornan amarillas por esa víbora líquida de deshechos humanos. Después de un rato admirando mi obra de arte, me acerco decidido a donde Don Anselmo “Hola señor pastor, predicando la palabra” le pregunto al tiempo que quita las manos de las nalgas de Jimenita, espantado. Con la sangre hirviendo de la excitación y la erección visible detrás de su sotana me dice “Doña Jimena está preocupada por Doña Hortencia, la vecina, dice que asusta a los niños con ese andar de Quasimodo y que tal vez tenga pacto con Satán,” Don Anselmo continuando su galimatías ,pensando seguramente en la cogida que le dará a Doña Jimena cuando me vaya y no en la palabra divina , nos exhorta “Debemos estar con las personas que nos inspiren a tener el espíritu de Dios, y Doña Hortencia al tener tal pacto con Belcebú es alguien que será no más que rastrojo para el Señor, por tanto evitadla”. Sonrío. Detrás de mi careta encuentro de nuevo pensamientos asesinos. “Dígale a su esposa que mi suegra está al pendiente de cuándo irá a degustar esos bollos que tanto le fascinan” le suelto mientras me viro para seguir mi camino. Porque sí, soy tan mierda y tan virtuoso como cualquiera.
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Acerca del autor

Jared Olvera

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