Salud

Te Ayudo A Dejar De Ser Feminista: I. El Supremacismo

Te Ayudo A Dejar De Ser Feminista: I. El Supremacismo - Salud

El feminismo promueve la idea de que las mujeres merecen ser elogiadas y acceder a derechos, cuotas y recursos especiales por ser parte del sexo femenino, y no en directa correspondencia con el trabajo y mérito personales o responsabilidades asumidas. Esto puede crear una autoestima descompensada, síndromes como el del Impostor o el de Salomón; así como un daño a las relaciones profesionales.

Esta es la primera instancia de una serie de artículos para dotar de ideas fuerza a las personas que están ahora emprendiendo el difícil proceso de desprogramación y liberación de la ideología feminista. NO es un texto político; es una herramienta de sanación dirigida a quien crea necesitarla.

El Feminismo en cuanto ideología presenta una serie de rasgos esenciales que podemos llamar patológicos. Consideraremos aquí como patológica a: cualquier configuración de las relaciones establecidas en nuestra dimensión biológica, psíquica y social que obre en contra de nuestro bienestar y capacidad funcional. En casos extremos como el de la fundadora de Femen Oksana Shachko, puede costar incluso la vida; me apenó mucho en su día leer la noticia del suicidio de esta joven tan hermosa como inteligente, y le dedico los artículos de esta serie.

Oksana tuvo talento para la pintura desde niña, y hablaba cinco idiomas. Se colgó a los 31 años dejando esta nota: «You are fake»

AVISO IMPORTANTE: Mis artículos son a veces casi tan largos como una cola para conseguir pan en Caracas. Sin embargo merecen la pena; considere el lector que si no le da tiempo a leerlos en una visita al baño, pues en dos.

Aunque siempre ha habido hombres y mujeres que malencajaban en los roles ofrecidos a su sexo y argumentaron que un mayor solapamiento era necesario, el Feminismo propiamente dicho apareció en el siglo XIX. Fue parte de la miríada de iniciativas sociales que engendró la enorme energía liberada por la Ilustración y la Revolución Industrial en Europa y Norteamérica. Se caracteriza, como iremos viendo, por ser una ideología: Supremacista, Utópica, Maniquea, Totalitaria, Revolucionaria, Irracional y Violenta.

Hoy abordaremos su dimensión supremacista y como empezar a negarle el pan y la sal en nuestra psique.

El supremacismo consiste en la idea de que existe un grupo social mejor que debe tener un acceso privilegiado a los recursos, incluso a costa de la aniquilación de otros grupos, por el bien de la Humanidad (o lo que quede de ella). Una parte de la sociedad se considera a sí misma «elegida» por el destino y por tanto, autorizada e incluso obligada moralmente a imponerse al resto.

No confundir con el hecho de que en la sociedad hay efectivamente personas superiores a otras; en el deporte, en los estudios, en valores espirituales o en el trabajo, por ejemplo. Esas personas -que somos todos en ciertas facetas particulares- no son supremacistas, a menos que consideren que su superioridad consiste en pertenecer a una clase mejor, y no a las capacidades desarrolladas y la especial contribución al bien de la comunidad en uno o más campos. Por ejemplo, si Rafa Nadal cree que deben darle el Roland Garrós otro año más por ganar a los otros competidores, no es supremacista. Si creyera que deben otorgarle este trofeo por tener el cabello rubio o por ser español, sí sería supremacista.

De igual forma que existen diferencias en los talentos de las personas, aparecen también entre grupos sociales y entre sociedades. Por ejemplo, se puede argumentar que la civilización que sucedió a la conquista española del Nuevo Mundo era superior espiritual y tecnológicamente a los pueblos que sacrificaban inocentes a diferentes demonios con tristes cuchillos de obsidiana. *

*Es muy de lamentar que los curas españoles enviados decidieran quemar las bibliotecas indígenas; y una de las razones es que de no haber sido así, podríamos conocer mejor la dimensión real de víctimas pasadas por la piedra sacrificial en los templos aztecas. Los aztecas que tenían sojuzgados a los pueblos mesoamericanos fueron los predecesores de las maras que se están apoderando hoy de Méjico y también usaban el terror como medio de control. Como todos los grandes pueblos precolombinos, practicaban de forma extensiva el sacrificio humano en ritos espectaculares y espeluznantes. Los hijos de Aztlan sacrificaban según estimaciones moderadas, unas 20.000 personas cada año, y uno de cada cinco hijos mexicas; tribus que cuando llegó Hernán Cortés vieron el cielo abierto y se unieron a él para asaltar Tenochtitlán. Para hacernos una idea de lo que significaba esta hecatombe en la demografía de la época, consideremos que la Inquisición Española ejecutó a lo largo de sus tres siglos y medio de historia a unas 10.000 personas. (Fuente)

Los bonitos cuchillos rituales aztecas eran de piedra, porque los pueblos americanos no desarrollaron la metalurgia. Había varios métodos de sacrificio, desde sacar el corazón latiente al desollamiento; los más crueles eran quizás los muchos sacrificios de niños, ya que era importante que lloraran hasta impregnar el altar. Fuente:

El matiz supremacista llega cuando creamos un abismo insalvable y convertimos lo coyuntural en esencial.

Vemos esta diferencia bien explicada como decimos en la ola de conquista hispana respecto a la posterior noreuropea.

La reina española Isabel promulgó leyes para los indios descubiertos y por descubrir basadas en la idea de que eran «hijos de Dios» como ellos, iguales en dignidad y sólo inferiores en su aislamiento cultural de la civilización euroasiática. Esta reina y después otros monarcas como Carlos I, aprobaron normas dirigidas a garantizar que “los españoles de uno y otro hemisferio” tuvieran los mismos derechos que los españoles de Salamanca o Sevilla; con garantías que sorprenderán al lector que indague en las leyes de Indias de la época. Por contra, la colonización inglesa o de los Países Bajos, se hizo bajo presupuestos muy distintos; terminando en el establecimiento de la teoría racial. Esta teoría, que se difundió en Europa y América gracias a Darwin y el club X londinense, creía que las diferencias entre grupos humanos se debían a la herencia biológica; y que era menester que los pueblos inferiores se fuesen extinguiendo, y aun las personas con taras o los pobres. Las diferencias que los españoles o portugueses atribuían a la falta de evangelización, es decir: de acceso a la cultura y oportunidades, en la Inglaterra victoriana y sus ámbitos de influencia se interpretaron de forma esencialista (biologicista). Además, desde el romanticismo alemán y las escuelas inspiradas en él se conformó una idea evolutiva y étnica de la Historia que iba a la par con la pujanza económica y militar del continente; pero que en realidad era tan poco científica y racional como el darwinismo antropológico y social.

El Imperio Español, al basarse en el Universalismo cristiano (católico viene del griego katholikós, “universal”) y el Derecho Romano (especialmente el Ius Gentium) , fomentó el mestizaje desde el minuto uno y no produjo genocidios (aunque los virus del Viejo Mundo sí, como en los siglos anteriores las invasiones mongolas esparcieron la Peste Negra por tres continentes); por contra, los imperios del XIX y XX sí cometieron verdaderos exterminios sistemáticos y crearon sociedades con castas establecidas. No quiere decir esto que los súbditos españoles y portugueses de la Edad Moderna fuesen mejores personas que los ingleses, belgas o alemanes decimonónicos; pero sí que su cosmovisión, al carecer de un carácter supremacista, estaba en mucha mejor disposición de dialogar con la realidad antropológica y científica que el evolucionismo de Spencer o Darwin y las doctrinas filosóficas germánicas de Fichte, Hegel o Marx.

Esto opinaba el abuelico de Charles Darwin. Erasmus Darwin habló de evolución before it was cool; además en rima. Leyo a los naturalistas franceses del XVIII y sus teorías científicas sobre la transición de unas especies a otras reflejadas en los fósiles y le fascinó mucho; pero su talante humanista le llevó a concebir la Naturaleza no como una lucha a muerte entre las especies, sino como una red interdependiente.

No hay nada demasiado terrible en ser supremacista; es simplemente una visión particular del mundo más. No debería haber nadie en la cárcel por serlo, igual que no debería haber nadie en la cárcel por creer que fuimos creados por extraterrestres Anunaki.

Sin embargo, el supremacismo no nos conviene porque nos lleva a infravalorar a los demás y a nosotros mismos, al creer que los méritos y deméritos provienen de nuestra pertenencia a una identidad colectiva y no de nuestro propio talento natural y trabajo. Por eso el supremacista cae fácilmente en la dependencia del reconocimiento por parte de su tribu correspondiente para sentirse bien, y a acumular odio o sospecha hacia quienes triunfan sin ser parte de ese colectivo supuestamente encumbrado por una autoridad invisible (sea ésta Dios, la Naturaleza, la Historia u otra cualquiera). Todos tenemos defectos, pero también talentos escondidos que quieren desarrollarse; ser supremacista bloqueará todas esas potencialidades y nos hará bailar su son. Adolf Hitler, conocido líder supremacista histórico, mucho antes de convertirse en el caudillo del III Reich fue un joven al que le gustaba pintar acuarelas; y tenía como único sueño ser artista. Me pregunto si, antes de pegarse un tiro en su búnker, pudo emerger en su psique la constatación de que él no había sido sino otra víctima más del Socialismo Nacional Alemán, esa mezcla de totalitarismo, supremacismo y victimismo que padecieron los alemanes y padeció la Humanidad.

Romántica impresión de Adolf Hitler del castillo de Schloss Neuschwanstein, en la Baja Baviera, que Walt Disney reprodujo como sede para un parque temático en Orlando, Florida. Quédese el lector con el edificio original, y aproveche para visitar los hermosos Alpes.

Adherirse a un movimiento supremacista es tentador si estamos pasando un momento difícil, o nuestra autoestima está desequilibrada. Somos seres sociales, y sentirnos parte de algo más grande nos motiva y da fuerzas. Es difícil resistir la oferta de sentirse encumbrado y digno a cambio de identificarse con un ego colectivo, una clase de personas. Hitler podía elegir entre ser un artista frustrado y un ex-soldado con traumas, o confundirse con una entidad política llena de propósito y poder; y eligió lo segundo, y ya no fue más Adolf. De estas debilidades humanas se aprovechan los movimientos supremacistas como el feminismo para que les abras la puerta de tu psique y los dejes acomodarse en ella.

Sin embargo, el precio nunca compensa. El único sujeto de valor en un movimiento supremacista es el colectivo, y tú sólo participas de ese valor en la medida en que eres su apéndice útil y no por aquello que te hace especial, único. El reconocimiento del grupo es condicionado: depende de que manifiestes signos de tu alineamiento con los símbolos y objetivos de la Tribu.

Esta colectivización de la persona se hace muy manifiesta en la reacción selectiva de la diversidad los grupos feministas frente a los crímenes sufridos por mujeres.

En principio todo ser humano violado o asesinado representa una tragedia social; y toda mujer agredida debiera doler igual al movimiento que alega constituirse en su defensa. Pero vemos como en la práctica, los grupos feministas se solidarizan con las víctimas y hacen sus hastags a condición de que el agresor sea hombre y occidental. En mi país, España, los medios que publican noticias feministas cada día en su portada no informan de las violaciones en grupo a mujeres si los violadores no son españoles. Salen un día con la tremendista camiseta “Nos matan a todas”, y al siguiente las plataformas feministas llaman a salir a la calle para oponerse a propuestas como la expulsión de los inmigrantes reincidentes en crímenes graves o la cadena perpetua revisable para violadores o asesinos en serie. Protestan de forma machacona por la violencia contra “las Mujeres” pero no comparten noticias ni publican comunicados sobre las chicas individuales que han sido atacadas, cuando el detenido es de etnia o de origen extranjero.

Todo esto crea en estas mujeres y niñas agredidas la sensación de ser víctimas de segunda; de ser ignoradas por no ajustarse su drama al relato feminista. Y en las víctimas sí reconocidas, se observa una instrumentalización y apropiación propagandística de su caso.

 

El movimiento juvenil 120 decibel, nació en Alemania como respuesta al aumento espectacular de agresiones sexuales a chicas asociadas a la política de inmigración masiva de Merkel. Las jóvenes de este colectivo denuncian a menudo que las campañas feministas como “Me too” olvidan de forma deliberada la mayoría de casos de violaciones de mujeres en Europa, que los medios de comunicación suelen trasladar sin informar de la procedencia de los agresores. Más Info

Votar al partido equivocado, tener valores liberales o patrióticos, ser cristiana o judía, o incluso vestir de forma demasiado sexy o femenina, incide en un atenuamiento de la empatía por parte del feminismo hacia personas que forman parte de la mitad de la población a la que dicen representar. Lo mismo ocurre con los hombres cuando son de cultura europea y heterosexuales: a menudo se les exigirán gestos explícitos de su militancia feminista e infravaloración si quieren ser aceptados plenamente como varones y parte de su rebaño. Todo esto son signos claros de que el “porque tú lo vales” que otorga el feminismo no tiene mucho que ver con nuestras atribuciones y logros personales, sino que está condicionado a la capacidad para ser vehículo visible de un determinado discurso ideológico. Este proceder es inherente al Supremacismo.

En todo caso, el Feminismo es supremacista porque tiende a creer que las mujeres existen como un fenómeno separable de los hombres, y que poseen valores y forma de afrontar la vida mejores. Por ejemplo, Elizabeth Cady Stanton, figura destacada del sufragismo y de los inicios del feminismo, declaró en un famoso discurso:

«El elemento masculino es una fuerza destructiva, severa, egoísta, agrandecedora, amante de la guerra, la violencia, la conquista, la adquisición, propiciando tanto en el mundo material como en el moral la discordia, el desorden, la enfermedad, y la muerte. ¡Mirad qué registro de sangre y crueldad revelan las páginas de la Historia! ¡A través de que esclavitud, y sacrificio, qué inquisiciones y emprisionamientos, dolores y persecuciones, negros códigos y tristes credos, el alma de la Humanidad ha lidiado durante siglos, mientras que la compasión ha velado su rostro y todos los corazones han estado muertos para el amor como la esperanza!»   Fuente: “El macho destructivo”, 1868

El discurso que incluye el párrafo anterior, acaba en estos términos: «Con violencia y perturbación del mundo natural, vemos un esfuerzo constante de mantener un equilibrio de fuerzas. La Naturaleza, como una madre amorosa, trata siempre de mantener tierra y mar, montaña y valle, cada uno en su sitio; de acallar los enojados vientos y olas, atemperar los extremos de calor y frio, de lluvia y sequía, para que la paz, la armonía y la belleza puedan reinar por encima de todo. Existe una analogía llamativa entre materia y mente, y la presente desorganización de la sociedad nos avisa de que en el destronamiento de la mujer hemos desatado los elementos de la violencia y la ruina que sólo ella tiene el poder de reducir. Si la civilización de esta era llama a una extensión del sufragio, con seguridad un gobierno de los hombres y mujeres más virtuosos representarían mejor la totalidad y protegerían los intereses de todos mejor que podría la representación de cada sexo por separado.»

En las líneas anteriores asoman inquietudes de mucha gente que vivió los cambios, terrores y esperanzas del fantástico siglo XIX; desde la conveniencia de incorporar a las mujeres a la educación y al voto en las democracias liberales (defendida por John Stuart Mill en el Parlamento Británico dos años antes del discurso de Cady Stanton), a la preocupación creciente por la Naturaleza humana y biológica, que ya en este siglo evidenciaba una alienación creciente como consecuencia de la industrialización y la globalización.

Sin embargo, junto a estas cuestiones aparece también la idea de una separación fundamental de la sociedad en dos sexos, así como la exaltación de uno a costa de la demonización del otro. Este pecado original se acentuó y desarrolló conforme lo hiciera el feminismo histórico.

Se trata de algo que nos viene de ser primates, ya que entre los simios como nosotros o los chimpancés existe el mecanismo del chivo expiatorio, así como la construcción social del grupo «de los nuestros» y el grupo «de los otros». Aquí lo que hacen los chimpancés con el chivo expiatorio; mejor no ver. Es decir, aprendemos a sobrevalorar a los que son de nuestra pandilla o tribu a costa de trasvasar a los competidores nuestros defectos, y negarles a ellos las virtudes que compartirían con nosotros. Rasgos superficiales como el olor, o en el caso humano la vestimenta o la forma de hablar, ayudan a la rápida división escénica del in-group y el out-group. Más info:

Estos mecanismos no son «buenos» ni «malos», sino sólo formas de establecer la necesaria jerarquía de poder y alianzas en especies sociales tan complejas como la bonoba o la humana.

Sin embargo, su carácter animal e irracional puede dañar seriamente nuestra vida civilizada y refinada espiritualidad interior. No hay nada malo en un chimpancé; pero no lo podemos traer a una cena romántica con nuestra pareja o a una reunión de empresa.

Para evitar demonizar a los hombres o sacralizar a las mujeres, es preciso comprender que la división sexual no es como la de dos polos geográficos, sino como la que existe en dos polos magnéticos: es una tensión dinámica de un mismo sistema indisoluble. Si un imán es dividido, no nos quedamos con el polo positivo por un lado y el negativo por otro; sino que obtenemos dos imanes completos, que pasan a exhibir su propia polaridad. Una sociedad es también un sistema, pero un sistema en el que la polaridad básica está aparentemente fragmentada en muchas nuevas interacciones que sirven para acumular complejidad. En cada grupo humano sea pequeño o grande, cada parte de él se especializa en unas funciones y delega otras al funcionamiento del conjunto.

Un ejemplo simple de este proceso se muestra en la sociedad de los suricatos, en los que unos comen mientras a otros les toca permanecer en un sitio alto vigilando si hay depredadores. Si todos los suricatos se dedicaran a otear el horizonte se morirían de hambre; si todos comieran confiados, serían presa fácil de hienas y guepardos. Ambos comportamientos son adaptativos y tienen sentido sólo en función del otro.

Los suricatos se yerguen para ver si hay moros en la costa, en su peligroso hábitat semidesértico. Es posible que nuestra postura erguida como homínidos se desarrollara con similar función y que luego fuese consolidada por la sobrevenida capacidad de manipulación de objetos. Cuando desaparezca el ser humano, el mundo será de los suricatos.

Igual ocurre en la sociedad humana en la que cada persona nos especializamos en tareas diferentes, siendo el sexo uno de los factores primarios inductores de esa especialización.

Esta especialización produce personas como Ariana Grande, que es adorable y tierna. Pero si la artista, no lo quiera Poseidón, sufriera un accidente de avión y fuese la única superviviente en una isla, ¿qué le ocurriría? Pues que probablemente dejaría de ser tan adorable y se habría de tornar en aguerrida, práctica, e incluso cruel para sobrevivir cazando animales vivos (los frutos silvestres, a diferencia de los del supermercado, a menudo son incomibles) así como arisca y desconfiada si un yate llega a la isla, ya que pueden ser narcos o piratas. Y cantar lo justo, para proteger la voz del viento y la salinidad y que esté ahí para avisar cuando llegue un equipo de rescate.

Paradójica: nació en Boca Ratón, pero se dió a conocer con el papel de Cat Valentine. También se apellida Grande y es petite; y derrocha dulzura pero es hipoglucémica.

En otras palabras: la delicadeza, el desarrollo musical e incluso el cutis lozano de la señorita Grandes son elementos que sólo tienen razón de ser y posibilidad de ser, si la cantante americana puede delegar muchas funciones como la protección, la obtención de alimento animal o vegetal y hasta aspectos de su higiene como la peluquería, a otros miembros de su sociedad.

Dicho aún más claramente: una persona que manifiesta especialmente su lado femenino (compasión, capacidad organizativa, ternura…) no es sino aquella que puede delegar la frialdad, la exploración arriesgada y la dureza a otros elementos de su comunidad. Y viceversa: el comportamiento distante, desconfiado y brusco que se requiere para ser policía patrullero o gorila de macrodiscoteca, sólo es psicológicamente sostenible a largo plazo si al volver a casa alguien nos ha preparado un ambiente opuesto y compensatorio. Inés Arrimadas, líder de Ciudadanos en Cataluña, se enfrenta cada día a caras de indisimulado desprecio en la cámara por parte de los diputados de izquierda y fascistas; cada día sale escoltada por un grupo de agentes para evitar un linchamiento. Pero al día siguiente, vuelve con una gran sonrisa y nunca pierde los papeles. Esto es posible en parte porque su marido Xavier Cima, que estaba en CiU, dejó la política activa y hasta se afilió al partido de su mujer. Así, pasó a ser ese apoyo personal que la líder de la formación centrista necesitaba para poder manifestar su enorme talento para la res publica.

El marido de la líder de Ciudadanos era separatista y concejal de un partido ultra-corrupto y supremacista; pero emparejó con Arrimadas y se le ha ido pasando la tontería. Comprensiblemente.

No hay nada más compasivo, maternal y pacífico que llevar medicinas a los enfermos y comida a los hambrientos; pero -como informaban los diarios cuando escribí este texto- para poder hacer llegar estos recursos a nuestros hermanos venezolanos, aguerridos y muy armados soldados tendrán que escoltarles. Soldados dispuestos a reventar tripas con su arma si es necesario.

Una comunidad tiene que balancear sus aspectos yin y yang, en un equilibrio dinámico: es decir, con descompensaciones que responden a los cambios en el entorno; ya que todo sistema social humano es a su vez parte de otros sistemas mayores.

La división de nuestra especie en dos sexos y su especialización diferenciada, es la forma en que la Naturaleza nos ayuda a que sea más fácil alcanzar estos equilibrios dinámicos entre el principio de expansión y el de restricción, caos y orden, yang y yin, que es el eje creador. El fenómeno de la vida es lo que ocurre cuando ese eje se mantiene girando sin oscilar demasiado.

En este marco, la aparición de formas de ser y actuar muy acentuados en uno u otro principio ayuda a alcanzar esta homeostasis en una sociedad compleja, pero su sentido y aportación son inseparables de la sinergia en la misma sociedad con los estilos opuestos. La encantadora maestra de Infantil que habla de mariposas de colores a sus alumnos y el «despiadado» empresario que reduce personal para no cerrar la empresa, están unidos por hilos invisibles que intentan regresar constantemente a un punto de equilibrio fugaz en la tensión de los Complementarios.

Cabe preguntarse, cómo es que nunca, nunca, ha habido feministas dispuestas a formar una sociedad aparte sólo de mujeres, quizá aisladas en una isla polinesia. Qué mejor forma de demostrar, con los hechos, que efectivamente el mundo sería mejor gobernado sólo desde sus presupuestos y nociones. Mi sospecha es que, si tal proyecto no terminara en catástrofe, tendría que ser a costa de permitir especializaciones yin y yang entre esas mujeres, como el imán que se parte en dos, hasta ser capaces de manifestar de nuevo todo el espectro necesario para el funcionamiento de la vida humana (menos la reproducción claro). Lo mismo ocurriría con una isla sólo de varones. La sociedad civilizada necesita por tanto que existan muchas formas diferentes de ser, una por persona; y dos sexos para ayudar a que el todo sume más que las partes. El Relato de Transformación de La bella y la bestia -que fue dignificado por la pluma de la escritora Barbot de Villeneuve, pero que es un mito universal- refleja en forma simbólica el valor de la simbiosis interpersonal del elemento masculino y femenino como via necesaria de realización espiritual.

Elizabeth Cady Stanton estaba insatisfecha con los roles femeninos de su tiempo, ya que precisamente vivió en un tiempo en el que cada vez había más familias con dinero por el aumento del comercio; y por tanto cada vez más mujeres y más ciudadanos en general accedían a la cultura. Pero estos desajustes entre las nuevas expectativas socio-históricas, y la falta aún de roles mediante los cuales la sociedad pueda aprovechar esa inversión educativa no justifican la demonización primate del sexo opuesto. La sufragista Elizabeth era una convencida abolicionista, como su marido fundador del Partido Republicano. Sin embargo, cuando una tendencia en el pensar está tan arraigada en un tiempo histórico, no es fácil extirparla totalmente; se puede argumentar que Cady Stanton y otras sufragistas y abolicionistas mataron el supremacismo blancos/negros, pero lo revivieron sin darse cuenta en el nuevo eje hombres/mujeres del feminismo.

Todas esas guerras y sangrías que la sufragista, y muchas otras feministas después, achacan al ser masculino (“La violencia está incardinada en el ADN de la masculinidad” afirmó una vez Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid) no habrían sido posibles sin la colaboración activa de las mujeres de esos soldados, coroneles, comerciantes o políticos. Y a la inversa: las vidas de esas mujeres habrían sido muy diferentes si nadie hubiese ido al frente bélico por ellas, o a las minas, o a explorar nuevos territorios. La propia Elizabeth Cady desarrolló su carrera sufragista porque tuvo un padre juez y rico, que puso a su disposición libros de leyes desde niña y a su hermanastro a enseñarle; y su madre no habría casado con un juez del Supremo de Nueva York de no ser hija de un coronel de gran prestigio. Si su madre no hubiese casado tan bien, probablemente habría tenido once hijos igualmente, pero de un marido que no hubiese podido pagar la educación de ninguno. La señorita Cady en cambio, pudo formarse en la Johnstown Academy; Además, Elizabeth se casó con alguien de su estatus, un periodista y después abogado implicado en el movimiento abolicionista, de modo que Elizabeth pudo introducirse en ese círculo político emergente y trabar amistad con sus figuras. Aunque distante, el matrimonio con el abogado Henry Stanton duró hasta la muerte de él, y por tanto Elizabeth Cady nunca tuvo que preocuparse por la manutención de su familia ya así tuvo la posibilidad de dedicarse al activismo sufragista.

La señora Cady Stanton. Ahí la tenemos

A todo esto hay que sumar que los autores que nutrieron el pensamiento libertario y sufragista de Elizabeth Cady y otras pioneras del feminismo: (Stuart Mill, Frederick Douglas, su primo Gerrit Smith, Benjamin Franklin…y sobre todo la Biblia) son prácticamente todos hombres. Es decir: Elizabeth Cady no prosperó a pesar de vivir en la sociedad que ella creía viciada por la mano de los hombres, sino que existió una sufragista llamada Elizabeth Cady precisamente porque nació en esa nación y tiempo y no en otra diferente; de hecho su manera de pensar y sus campañas fueron el producto directo de haber nacido y vivido dentro de la propia élite de esa sociedad.

Con todo esto quiero intentar transmitir que todo en sociedad está íntimamente conectado, y la colmatación del yin engendra al yang, y viceversa. Los taoístas lo enseñaban hace veinticuatro siglos, y las ciencias modernas han demostrado que no era un cuento chino. +Info:  Si desarrollamos más nuestro lado masculino o femenino en ciertas facetas de nuestra vida, lo haremos en estrecha conexión con su opuesto. Si hay un gran impulso masculino en nuestra sociedad, habrá una llamada natural a desarrollar más el femenino; por eso hubo hippies precisamente en el tiempo de la Guerra Fría.

Hombres y mujeres nos podemos ayudar mucho entre nosotros, y juntos podemos conseguir que la ley del Péndulo no empuje a los extremos a nuestra sociedad. Pero es necesario comprender que somos algo inseparable y complementario, como las partículas entrelazadas cuánticamente. Si no queremos un exceso de orden, no debemos manifestar un exceso de caos; y viceversa. El supremacismo feminista contribuye a alimentar esta dinámica peligrosa, al exacerbar tanto el caos yang (perturbación de la institución familiar, la sexualidad y hasta el normal funcionamiento del sistema judicial) como el orden yin (censura, control del idioma y el pensamiento, adoctrinamiento en la universidad e institutos…). Esta conducta es la propia de los movimientos totalitarios y supremacistas, dando lugar a lo que técnicamente se llama círculos de retroalimentación positiva. Este concepto es fácil de comprender si pensamos que es también el mecanismo que permite desatar un incendio: cuanto más arde la hoguera, más grande se hace, y cuanto más grande, más rápido devora lo que hay alrededor. En la mente aquejada de feminismo, la mentalidad supremacista va alcanzando poco a poco todos los rincones de su mente, y todos los pensamientos, todos los impulsos vitales y todos sus vínculos personales, que quedan expuestos a ser pasto de las llamas. La mentalidad supremacista es razones o lo que diga la ciencia, porque la Razón sigue una Lógica masculina y la propia ciencia está corrompida por los hombres; menos la que hacen feministas. Lo malo de estos filtros cognitivos es que no se quedan en la sociometría; sino que afectan a la propia vida y relaciones.

Medite el lector en estas cosas y verá que, al estar todo tan conectado, no tiene sentido hacer de los hombres nacidos del mismo vientre que las mujeres, algo peor o prescindible. Conmino a que valore el lector y lectora mucho el principio dominante en el sexo opuesto, pues es su manifestación lo que permite desarrollar la propia tendencia y potencial; y nada bueno o malo en los demás está totalmente ausente en nosotros: «Homo sum, humani nihil a me alienum puto».

Bibliografía:

Pérez, Joseph (2006). The Spanish Inquisition: a history. New Haven, CT : Yale University Press; p. 173.

Victor Davis Hanson (2000), Carnage and Culture, Doubleday, New York, pp. 194–195. Hanson, who accepts the 80,000+ estimate, also notes that it exceeded “the daily murder record at either Auschwitz or Dachau.”

“The destructive male”, discurso de Elizabeth Cady Stanton el 1 de Junio de 1868.

Diario elespectador.com

1868-06-01 – Elizabeth Cady Stanton

http://www.beersandpolitics.com/discursos/elizabeth-cady-stanton/the-destructive-male/837

Todas las imágenes son de Flickr Creative Commons, salvo la foto de Inés Arrimadas que es de Wikipedia.

¿Te ha gustado el artículo? ¡Valóralo!

2.33 - 3 votos
Cuanto más alta sea la valoración más visible será el artículo en portada.
¡Compártelo en las redes sociales!

Acerca del autor

DiegoT

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Únete a la comunidad de NoCreasNada

¿Te gustaría compartir tus inquietudes y ganar seguidores por todo el mundo?

¿Eres una persona inquieta y quieres descubrir a más gente como tú? 

Únete a NoCreasNada.

Además, te pagaremos por las visitas que recibas.

Más Información