Historia

Teléfono Rojo (2) Respirando El Miedo

Teléfono Rojo (2) Respirando El Miedo - Historia

Ya no contaba con una lengua, mis gritos sólo se escuchaban en mi cabeza, no podía expresarme. Quería gritar, pero no podía, y tampoco tenía sentido el hacerlo; sólo el maldito bastardo de Teléfono Rojo me escucharía, y a él, no le importa mi sufrimiento.

Esos días los pasé chocando contra las paredes, intentando encontrar una forma de salir. Una y otra vez, chocando frenéticamente contra los duros muros, lo único que había conseguido era lastimarme. No me cansaba, si no fuera porque me dormían con ese maldito gas, estoy seguro de que hubiera seguido tratando hasta romperme los brazos, la espalda, o las costillas cuando me agarraba desesperación. El gas del sueño; era ese asqueroso gas el que me mandaba a dormir en medio de una pesadilla, qué irónico.

Teléfono se encargó de mi cuidado, se podría decir. Luego de despertar mareado, un tarro con comida molida hasta ser sólo una especie de pasta casi líquida me esperaba al lado, seguía con la boca cosida, y él no tenía intensiones de cortar los hilos, así que en medio del tarro flotaba un sorbete, delgado, lo suficiente como entrar por uno de los orificios sin costura. Me negué a comer, era lógico, quién sabe qué clase de porquería era eso. ¿Cerdo? ¿Una variedad de vegetales? ¿Carne humana?, no lo sabía, se veía como vómito, inclusive podrían ser aquellas tres cosas juntas. Además, tenía miedo de infectarme con algo, las heridas de mi boca seguían abiertas, podía sentirlas; si eso fuera carne, y para colmo, carne con sangre de un animal infectado con algo, lo más probable es que me hubiera terminado agarrando alguna enfermedad. Pasé días sin comer, perdí mucho peso, y con ello energía. El teléfono sonaba, no tenía que atenderlo, se atendía automáticamente; era para recordarme que tenía que alimentarme, que me pondría débil, que podría morir. Tenía tantas cosas que quería decirle, desde preguntas, hasta insultarlo a los gritos, sin importarme gastar las cuerdas vocales en ello, pero no podía, y eso me desesperaba.

El tiempo no importaba, el único contacto que tenía con el exterior era teléfono rojo.

No sé cuanto tiempo, pero en algún punto estoy seguro de que pude quebrar el espíritu de Teléfono, y me lo demostró de la manera más cruel, y violenta posible, para mi infortunio. Habré dormido muchas veces en ese cuarto, y el despertar siempre era malo, pero esta vez fue peor, y ocupó un método similar al que había ocupado antes. Lo primero que noté al despertar es que no podía moverme, en ninguna dirección, y además, que tampoco estaba en la misma habitación oscura que antes. Esta vez la habitación estaba completamente iluminada, y no sólo eso, sino que también las paredes estaban cubiertas con metales reflectantes, funcionaban como espejos, pero no eran de vidrio ni de cristal, tienen un nombre, pero no me acuerdo cuál era. Estos eran de esos “Espejos” que se ponían en algunos hospitales, o centros para personas con enfermedades mentales; hasta donde tengo entendido son indestructibles, o al menos, mucho más difíciles de romper, ya que para hacer esto requieres de ciertos instrumentos en especifico, elementos que no se le permiten tener a un enfermo metal. La función de ellos es para evitar usar trozos de vidrio como armas, tanto para dañar a otros, como para dañarse a uno mismo. Eso me dio una idea de dónde podía estar, pero eso fue también, lo menos relevante. Mis ojos tardan en acostumbrarse a tanta luz, y cuando lo hago, quedó shockeado. Estaba atado a una silla que estaba puesta justo en el centro de la habitación, bajo la mirada de todos aquellos espejos, no podía dejar de ver mi reflejo en cada uno, sin importar a dónde voltease, mi reflejo estaba ahí. Por un lado mi boca estaba descosida, pero sin lengua, no podía gritar, y esta vez, quería hacerlo hasta que mis pulmones estallaran de una maldita y buena vez. El reflejo me mostraba a mí, ni brazos, ni piernas, era prácticamente un torso con cabeza, y nada más. Teléfono Rojo me había mutilado nuevamente, esta vez, para que supiera que no tan sólo no podía gritar, sino que no podía escapar.

Maldito bastardo.

Ni bien veo mi reflejo, suena el teléfono.

-Espero que estés feliz, eres un desperdicio, y esta es tu última oportunidad. Quiero que mires alrededor, ¿Ves esas manchas de sangre en el suelo?-Giré para ver, y no me había dado cuenta, pero el piso estaba completamente manchado de sangre, había pensado que era pintura, o algo así, pero no. Sólo sangre.-Eran de personas que no cooperaron, ¿sabes dónde están ahora? no, y yo tampoco, dejo de seguir a las personas una vez que se convierten en cadáveres. Pierden la gracia una vez que se transforman en eso. Seré bueno contigo, te dejaré aquí un tiempo, quiero que reflexiones, luego tendrás la opción de ser parte, o de sufrir algo peor que esto, y luego… Bueno, ya sabes.-La llamada finaliza.

A pesar de las amenazas baratas de películas clase B, Teléfono Rojo seguía sonando muy tranquilo, casi sin emociones.

Rodeado de espejos que me atormentaban, reflejando algo que no quería ver, obligándome a hacerlo, deseaba mi propia muerte. Como si esa tortura no fuera suficiente, de las paredes se escucha un martilleo constante, muchos mejor dicho, y muy estridentes. Y al azar, casi siempre que cerraba los ojos más de dos minutos, se escuchaba el sonido de una motosierra detrás de mí, y eso me obligaba a reaccionar deprisa, era el temor a la mutilación acechando. Fue así por horas, y horas, y horas. Una tortura que me acompañaría hasta el final de mis días.

Me preguntaba dónde estaba el gas del sueño.

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