Historia

Teléfono Rojo (3) La Figuración Del Espejo

Teléfono Rojo (3) La Figuración Del Espejo - Historia

Alerta de Spoilers, salí vivo de aquella habitación.

Ver mi ser mutilado reflejado en aquellos espejos, el sonido de los golpes a las paredes, la sierra eléctrica que se acercaba cada vez que cerraba los ojos; el dolor, era sencillamente una tortura espantosa. Pero tuvo un final, llegó tarde, y luego de empezar a perder la cordura, pero llegó.

Otra vez el gas, el maldito gas, al cual le tengo que agradecer bastante. No sé qué pasó en el transcurso, puesto que estaba dormido, pero al despertar sabía qué pasaba. Me estaban llevando a otro lugar nuevamente, estaba sujeto en una camilla que se movía por un largo pasillo, demasiado largo; mirando a los costados, pude contar aproximadamente cuarenta y dos puertas, y eso sin tener en cuenta las que no pude contar. Apoyado contra el colchón de la camilla, mi cabeza quedaba por defecto, mirando hacia arriba. Veía las luces blancas que colgaban del techo, entrecerraba los ojos para proteger mi visión, ya había perdido demasiado como perder eso también. Pero no sólo había luces en mi campo de visión, si inclinaba un poco la cabeza para atrás, podía ver quién era el que transportaba la camilla. Ocupaba un barbijo manchado con alguna sustancia que bien podría tratarse de sangre, pero no lo podía saber con exactitud. Aunque su cara estaba semi cubierta, podía identificar las facciones visibles, y atribuírselas a una mujer, de quizá, cincuenta años. También ocupaba un gorro de color verde, sobresalían un par de mechones rojos de él.

Aunque no sabía, ni creo que sabré su nombre, podía asegurar que ella era la responsable de mis mutilaciones, y no un maldito hijo de perra con una motosierra oxidada. No, si ese hubiera sido el caso, estaría muerto hace mucho tiempo. El punto de esto era asustarme, no matarme.

Intento sujetarla, detenerla con mis manos, pero es en vano, ya no las tenía. Y todo gracias a la hija de puta de la carnicera que me estaba llevando, y de Teléfono Rojo, ese tipo es un completo bastardo. Empiezo a murmurar, las palabras eran incomprensibles, sentía mi mandíbula adormecida. Pero era sin duda una buena señal, volvía a tener lengua, y tardé mi tiempo en darme cuenta de esta sobresaliente detalle. La camilla sigue en movimiento, y el chirrido de las ruedas al moverse la acompaña a ella y a mí, e intento sumar otro sonido, el de mi voz, pero por más que lo intentara, era inútil; de mi boca salían palabras sin sentido, y mucha saliva. El pasillo que parecía infinito llega a su fin.

Me meten a una nueva habitación y, a diferencia de las otras, ahora todo estaba impecable y bien iluminado. La hija de puta me baja torpemente de la camilla, haciendo que caíga de frente al suelo, igual eso no fue lo más doloroso por lo que había pasado. Me levanta, y luego me coloca en una silla común, pero tiene la suficiente precaución de colocarme una cinta similar a la de la camilla, a modo de cinto de seguridad, para que no vuelva a caerme. En esos instante me sentía como un muñeco de trapo mutilado en manos de una niña con serios problemas.

-Sonríele a la cámara.-El bastardo se sumaba a la fiesta, y no podía echarlo apagando el teléfono. La mujer que tenía al lado golpea mi pecho para llamar mi atención, y señala una cámara de vigilancia que estaba en el techo. Un poco más abajo de la cámara, se encontraba el dibujo de un teléfono, curiosamente pintado de color rojo. ¡Vaya coincidencia!

-Qué quieres.-Intente decir, pero fue un simple balbuceo. Teléfono Rojo me lo hizo notar.

-¿Qué dijiste? Me lo repites, no te escuché bien.-Decía el muy hijo de puta.-Fui bueno contigo, pero no creas que eres especial. Tú no eres ningún «Chosen One», eres un simple ser humano, como todos los demás. A decir verdad, hubiera preferido quedarme con la chica, ella era muy inteligente, tanto que desapareció y le dejó su trabajo a otro. Astuta, sin duda. El asunto que nos trae aquí, es saber si eres parte de esto, o no.

-¡Vete a la mierda!-Nuevamente no fueron más que palabras mal articuladas sin sentido alguno.

-No puedo destinarle un trabajo como este, a alguien que ni siquiera puede modular aunque su propia vida dependa de ello. Dime si quieres ser parte de esto o no, tienes diez segundos para responder, y quiero que se escuche bien en claro tu respuesta.

-¡O sino qué!-Intente decir, pero aunque no se me haya entendido, sabía que pasaría si no respondía. La amable señorita encendió un taladro, un sonido que me perforaba la cabeza, y esperaba que fuera el sonido lo único que me perforara la cabeza.

-Bien, «ELEGIDO», te doy tus diez segundos, sólo tienes que hablar, para eso te hemos dado una lengua.

El taladro se acerca un poco más cada segundo, Teléfono Rojo llevaba la cuenta mientras yo intentaba articular un sencillo sí.

Tres

Dos

Uno

Maldita sea, el taladro atraviesa mi carne, que inoportuno, justo cuando digo que sí. Esperaba tener que evitar ese dolor, pero al menos Teléfono dio la orden de que se detuviera. No lo puedo ver, pero siento como brota sangre del agujero al costado de mi oreja.

Les advertí que salía con vida.

-¿Escuchó eso? ¡El muchacho puede hablar!-Se burlaba de mí.

-Vete… a la… Mier…Mierda.-Le dije por fin, y había quedado satisfecho.

-Hay gente que nunca aprende a decir gracias.-Con eso finalizaba la llamada. Aunque no era una orden, o al menos no la sentía como tal, miré a la cámara, y le sonreí, para arruinarle la diversión a cualquier maldito pedazo de mierda que estuviera viendo esto, sobre todo si se traba de Teléfono Rojo.

Nuevamente el gas, el bendito gas, giré un instante para ver a la que, supongo, es cirujana o algo similar, y noté como se había puesto una máscara de gas. Una imagen preciosa, ella se quedaría despierta mientras yo me voy a dormir, para luego despertar en una situación de la  que no quiero ser parte. Después de todo, le había vendido el alma al diablo al decir que sí.

Al despertar me encuentro en un baño, por el estado en el que está, supongo que es un baño público. Estoy sentado en un retrete que huele a una mezcla entre mierda y vómito, y mirando para los costados, más precisamente a las paredes de aquel cubículo, pienso seriamente en llamar a esa tal «Rosette» y pedirle una buena mamada, como lo promete aquel escrito. Paso de la broma, y salgo de aquel lugar. Como era de esperarse, al salir me encuentro con un gran espejo. Al igual que había ignorado por mucho tiempo el hecho de que me habían puesto una lengua, también había pasado por alto el que ahora tenía todas las extremidades. Las miré con atención, no pude notar cicatrices ni una simple marca si quiera, era como si nunca me hubiera faltado nada. Además de devolverme lo que me quitaron, también se tomaron las molestias de jugar con mi cara. Mi rostro era completamente distinto, me veía mucho más joven, pero a la vez, más duro; habían cambiado mis facciones femeninas por unas más masculinas, eso no me molestaba, pero sí me tomaba por sorpresa. Era verse y no encontrarse en su propio reflejo. También quitaron la grasa que me causaba un poco de sobrepeso, no estaba musculoso, pero estaba en forma. El corte de pelo también es distinto, es más largo, tapa mi frente y mis orejas… Mis orejas. Lo muevo para poder ver, y entendía el porqué del pelo largo, ocultaba el teléfono rojo que ahora estaba fuertemente fijado a mi oído, mejor dicho, perforado contra mi oído, no había forma de sacarlo sin cortarme las orejas. Una clara señal de que ahora no podía despegarme de Teléfono Rojo.

No hay nadie para que me vea, y eso me alegra, porque se hubieran encontrado con un sujeto extraño en un baño público haciéndole gesto extraños a un espejo.

Salgo del baño, me meto entre la gente, a pesar de sentirme extraño, no levanto sospechas; soy uno más. Me acercó hasta una joven mujer que estaba vendiendo hamburguesas en la calle, y le pregunto qué día es. Ella se me queda mirando como si estuviera loco, pero estoy seguro de que se entendió lo que dije. ¿Entonces qué pasa? La situación me puso incomodo, le sonreí nervioso, y me alejé de ella. Intente preguntarle a la gente que pasaba qué día era, ninguno se detuvo para responder, todos siguieron como si no estuviera ahí. Quizá fue por compasión, pero al voltear, me encuentro con la chica que vendía hamburguesas, y me extiende una para que coma. Sin duda pienso que tiene pena por mí, al menos eso me dice su angelical cara, y su gesto de amabilidad repentino. Le doy las gracias, y nuevamente le sonrío nervioso mientras acepto la hamburguesa, tenía hambre, no quería rechazarla, y también me parecía descortés hacerlo. Ella me devuelve la sonrisa, y me habla. Es entonces cuando me doy cuenta que no entiendo lo que ella dice, y eso me hace pensar que no habla mi idioma, pero lo curioso, es que no puedo identificar qué idioma hablaba ella. No era alemán, ni ingles, tampoco ruso, ¿Qué es? Intento mantener la calma para no asustar a la pobre chica, pero hay una pregunta que suena en mi cabeza, y que necesita de una respuesta urgente.

¡¿En qué parte del mundo estoy ahora?!

Mientras ella me repite lo que dijo, escucho a Teléfono Rojo hablarme en simultaneo.

-Disfruta tu estadía en el fin del mundo, mi útil máquina.-Finalizaba la llamada.

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