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Un amanecer singular

Un amanecer singular - Literatura

Aquel resultó ser un amanecer singular. La gente se amontonaba a mi alrededor de un modo agobiante, e incluso vi alguno que no tenía reparos en repartir codazos a diestro y siniestro para llegar a mi vera, angustiados por ser los primeros en poder hablar conmigo. Yo me debatía entre la incredulidad y la expectación, ansioso por conocer hasta dónde sería capaces de llegar. Me parecía asombroso que aquel cúmulo de casualidades, hubiese logrado formar tal revuelo, desconcertando y confundiendo a un pueblo entero hasta el punto de hacerles pensar que yo tenía la solución a todos sus problemas.

Me deshice como pude de todas aquellas manos que se aferraban a cualquier parte de mí sin ninguna consideración, y me refugié en el Ayuntamiento con la ayuda del Alcalde, Juan Benítez, que tan asombrado como yo, tiró de mi camisa con fuerza facilitándome la entrada y cerrando la puerta tras de mí.

-Madre mía, qué revuelo se ha formado… -dijo al fin cuando estuvimos solos, mirándome consternado.- Pablo, no sé qué decirte…

Observé a Juan llevándose las manos a la cabeza y reconocí en él a mi inseparable compañero de juegos y complicidades infantiles, pensando en que aquel lío, no era comparable a ninguno de los que habíamos vivido en todos esos años.

-¿Qué vamos hacer? -pregunté finalmente, al tiempo que me asomaba con cautela a la ventana y comprobaba, con pesar, que la plaza continuaba abarrotada de gente que esperaba, ansiosa, un nuevo milagro por mi parte.

-No lo sé… supongo que esperar a que se calmen las cosas… – respondió al tiempo que cogía su móvil y comenzaba a marcar.

-¿A quién llamas? -me interesé, esperanzado ante la idea de que hubiese encontrado una solución.

-A Isabel… a lo mejor a ella se le ocurre algo –informó mientras esperaba con impaciencia que respondiese. Su mujer siempre había destacado por ser extremadamente racional y por afrontar los problemas con una envidiada serenidad.

Abrimos por detrás a nuestra salvadora, apenas media hora después. Nada más entrar nos miró regalándonos una mueca esquiva, bañada en mares de reproches.

-Es increíble que el señor Alcalde y el respetado médico del pueblo, se hayan metido en semejante follón… ¿Se puede saber en qué narices estabais pensando para hacer semejante travesura? -nos riñó, apartando de su cara un mechón de cabello que se había escapado con rebeldía de la coleta que llevaba–. Más os vale darme una explicación convincente si queréis que os ayude a salir de este lío…

Juan y yo nos miramos con resignación hasta que, finalmente, comencé a narrarle la historia.

-Todo comenzó hace una semana, mientras comentábamos con Rafael, el cura, los pocos jóvenes que habían participado este año en la exposición de pintura…

 

-Y yo os digo que todo es un problema de motivación… – Rafael hablaba con énfasis al tiempo que sus mejillas se iban tornando en un tono carmín cada vez más intenso– hoy en día, un premio tiene que ser en metálico, no hay otro modo de hacer que la gente participe y menos aún, los menores de veinticinco años… fíjate qué interés pueden tener en ir un fin de semana a la capital, si encima muchos de los que participan son de allí… 

-Pues yo creo que la visita cultural a Madrid con la entrada a los museos y una noche de hotel, es una idea excelente –le rebatí, a pesar de que sabía que, a este cura, era imposible llevarle la contraria–, y además, todo lo que sea promocionar el pueblo debería ser apoyado por todos…

-Falta nos hace… -suspiró Juan al tiempo que terminaba el café con hielo que tenía en sus manos. Parecía abatido-. O aumentamos un poco el turismo o yo no sé qué va a ser de nosotros este invierno… otro mes de agosto como el del año pasado y nos quedamos los tres solos en el pueblo.

-¡Cómo te gusta exagerar! -Exclamó Rafael– si bien es cierto que llevamos un par de años de tener que ajustarnos el cinturón, no creo yo que sea para tanto…

-Hablas así porque no sabes ni la mitad de las cosas que están pasando. -Comenzó el alcalde con pesar-. Hablé con Manolita ayer, va a tener que cerrar el bar ella también. Y a José María le quedan también dos telediarios en su tienda… eso, por no hablar de los agricultores. Las heladas de este año han hecho que el setenta por ciento del fresón se echase a perder, así que la mayoría están temblando al hacer las cuentas anuales…

-Con lo bonito que es el pueblo, yo tenía la esperanza de que se convirtiese en un referente para el turismo rural –dije con nostalgia, pensando en la casona en la que había invertido todos mis ahorros y que ahora se moría de risa ella sola, sin más visitante que algún gato despistado que entraba a dormir un rato, escapándose del sol de justicia del medio día.

-Eso habría sido lo suyo –continuó el Alcalde– no eres el único que compró casa y la acondicionó para el turismo. Mira la pobre Dolores, el esfuerzo que hizo para comprar el caserón, lo dividió en dos partes, arregló la primera y comenzó con las obras de la segunda pensando que podría pagarlas alquilando la que ya tenía lista, y ahí lo tiene todo parado, que no le ha dado ni para la fachada.

-Y digo yo… ¿Qué demonios le pasa a este pueblo para que no venga ni Dios? -Soltó Rafael dando un fuerte golpe con su vaso de vino, ya vacío.

-Vaya manera de hablar, Padre… -me quejé.

-Pues le pasa que todos se van a Villa García, por su maldita fuente encantada… -dedujo el Alcalde–, que no es que esa fuente haga nada del otro mundo, pero corrieron el rumor de que todo aquel que bebía de ahí, multiplicaban sus ingresos antes de un año… y claro… la gente, cuando tiene que elegir entre ir a un pueblo u otro, máxime cuando están a veinte kilómetros de distancia, pues se van al de la fuente…

-A ver si va a ser verdad… -aventuró el cura, malicioso– porque la iglesia de allí… ¡Madre mía, como la tienen! La obra que hicieron en el campanario hace un mes les debió costar un riñón y parte del otro…

-¡Claro que no es verdad! -Exclamé, dudando si decir que yo mismo la había visitado– yo he bebido –dije al fin– no por creer en nada, sino porque tenía sed y me pillaba por allí… y nada. Mis ingresos no se multiplicaron… en todo caso, se dividieron…

-Pues claro que es una mentira –dijo Juan indignado– y eso pensarán muchos de los que ya han ido… pero van, que es lo importante, al menos la primera vez para comprobar si es verdad. Y por una simple cuestión de probabilidad, alguno mejorará, así que encima, más de uno repetirá… ¡Es tan injusto! Y nuestro pueblo, tan bonito, tan cuidado… y tan desconocido.

-¡Pues nos inventamos nuestra fuente y decimos que te vuelve más guapo al instante! -brome – o que puede adivinar el futuro…

-Hombre, fuente no, que sería mucha casualidad… Pero, ¿y un pozo mágico? -propuso el cura pensando en uno muy antiguo que había a la entrada del pueblo- el que hay en el camino de la ermita puede servir perfectamente…

-Pero si no tiene ni agua… -le rebatí– son solo cuatro piedras medio derruidas con un agujero en medio…

-¿Y qué? Mejor, que luego si el agua no está en condiciones nos buscamos un problema… – argumentó Rafael pidiendo otro vino. Parecía que se estaba animando con aquella descabellada idea– puede ser un pozo donde pedir cosas y tirar una moneda, como siempre se ha hecho…

-De esos hay miles por todos sitios y no hacen que la gente vaya sólo por ir a pedir un deseo –les dije, preocupado por el hecho de que mi amigo Juan aún no le hubiese dicho al cura que estaba como una regadera– en vez de un pozo, el negocio se nos convertiría en un cenagal…

-No espera –dijo al final el alcalde– puede que no vaya tan mal encaminado… se me está ocurriendo una idea… ¿Qué pasaría si una persona, después de caer accidentalmente a nuestro pozo, saliese de allí con unas capacidades asombrosas?

-Pero… ¡estáis majaras! -reí, al tiempo que no terminaba de creer que todo aquello fuese en serio.

-Lo que estamos es desesperados… -respondió Juan y al instante comprendí que iba en serio.

 

Isabel nos miró consternada.

-Entonces, ¿habéis sido vosotros los causantes de todo el follón con el maldito pozo? Sabía que teníais algo que ver porque conozco a mi Juan y desde que empezaron los rumores estaba raro, pero que lo habías liado todo intencionadamente… Eso no me lo podía imaginar… ¿Cómo habéis hecho semejante cosa? -Preguntó, llevándose las manos a las caderas-. ¿Y me preguntáis cómo salir de este embrollo? Pues diciendo la verdad… ¡Qué otra cosa podríais hacer!

-No podemos Isabel, mira a toda esa gente, son capaces de lincharnos si se enteran de que aquí el amigo –dijo el Alcalde señalándome–, ni adivina el futuro, ni tiene poderes, ni ese maldito pozo sirve para nada…

-Entonces ¿nada de lo que se ha rumoreado por el pueblo era verdad? -Indagó ella. Hacía muchos años que no veía aquella cara posterior a una travesura y jamás habría esperado volver a verla en ellos dos, después de cumplidos los cuarenta-. Hasta los más incrédulos empezábamos a pensar que se trataba de un milagro.

-Milagro será si salimos de esta –afirmé, asomándome de nuevo a la ventana y comprobando, aliviado, que parecía que había menos gente en la plaza– puede que se hayan cansado…

-O pueden que se hayan ido para el pozo –dijo Isabel– y lo más honesto es que vosotros fueseis también para allá y les explicaseis la verdad…

-No queda otra, Pablo. Los periodistas también deben de estar en camino, y antes de medio día estarán allí… –Admitió el Alcalde posando su mano sobre mi hombro con un gesto que yo conocía bien–. Pero llamemos a Rafael, que no se va a librar de la parte que le toca.

 

Cogieron el camino hacia la ermita escoltados por los olivares, antes familiares y ahora amenazantes, recordando mientras los miraban, su estúpida hazaña. Aún faltaban unos minutos para llegar allí cuando empezaron a ver a los primeros vecinos.

-Señor Alcalde, estamos en ascuas… -dijo Rocío, la panadera, que se había detenido en cuanto los había visto tras de ella, simulando abrochar una de sus sandalias- ¿es cierto que Pablo nos va dar los números de la lotería? Se rumorea que con el dinero vamos a arreglar el pueblo entero y construir un polideportivo…

-No te creas todo lo que oyes. No son más que cuentos… -repliqué molesto al tiempo que les lanzaba una mirada helada a los dos inventores de aquel fiasco–. Vente con nosotros para arriba y te enterarás de todo…

-Pues en la tele dicen que es verdad… -musitó ella, aunque menos convencida al ver que ni yo mismo me creía capaz de semejante proeza.

 

Subimos resollando y al llegar allí, comprobamos, para nuestro pesar, que no faltaba ni un alma alrededor del pozo, hasta el punto que era imposible verlo entre tanta gente y se ocultaba, dichoso él que podía, ajeno a todo aquel barullo. Se oyeron algunos aplausos al vernos llegar y yo me sentí aún peor. Con toda la delicadeza que fue capaz, Juan Benítez comenzó a narrarles la historia mientras el cura rezaba y yo, miraba avergonzado por encima de sus cabezas para no cruzarme la mirada con ninguno de ellos.

Cuando terminó la historia, el silencio que se extendió por todas partes era tan denso, que parecía haber formado una barrera imposible de romper, la cual separaba al pueblo de los tres traidores. Isabel avanzó un poco, dispuesta a romper una lanza por nosotros.

-Entonces, solo lo hicisteis para promocionar el pueblo…

-Así es… -murmuré al tiempo que me salía un inevitable gallo de mi más que temblorosa voz–, lo único que queríamos era mejorar la situación para todos…

-¡Pero con mentiras! -gritó una voz al fondo– y con una pantomima para que creyésemos que estabas hechizado y que podías adivinar el futuro gracias a ese maldito pozo… ¡Habéis jugado con nosotros!

 

El gentío pareció animarse con la acusación y comenzó a gritar también todo tipo de improperios hacia nosotros, comentando la malicia del teatro que con tanto cuidado habíamos preparado para no cometer ningún error, los efectos especiales en los que nos habíamos gastado una auténtica fortuna y opinando a diestro y siniestro, como habíamos hecho una cosa u otra, quién había mentido y cuándo, y de qué manera. De pronto, Rafael, con aquel color grana en sus mejillas, que ya era de sobra conocido por todos, dio un grito descomunal, congelando todas las voces y manteniendo un suspense que nos hizo volvernos hacia él, pensando que iba a reventar, literalmente, salpicando a todos con su furia desmedida:

-¡Harto me tenéis con las cosas que estáis diciendo! A ver, tú Paca, que tanto estás hablando de honradez… ¿No es cierto que rellenas las botellas de marca con el propio destilado que fabricas en la parte de atrás?… Y tú, Benito, que tan ofendido pareces… ¿Quién lleva meses quejándose de que nadie pisa este pueblo ni por error y que si continúa así la cosa, en menos de seis meses tendrás que cerrar el hostal?… ¿No os dais cuenta de que todo este embrollo no lo hicimos en nuestro propio provecho, sino en el de todos? ¿No es una burda mentira también lo de la fuente de Villa García y bien que le parece a todos los de allí? Al igual que Juan, llevo meses que lo único que oigo son quejas y más quejas, pero los únicos que hemos buscado una solución somos nosotros, así que en vez de blasfemar contra las personas que podrían haber logrado levantar este pueblo, más os valdría pensar algo a vosotros también…

 

En aquel momento vieron aparecer un todo terreno. Eran los primeros informadores llegando al lugar de los hechos. Pronto llegaría también la televisión local.

Se fueron apartando dando paso al periodista, sin que nadie se atreviese a decir una palabra. Cuando llegó junto al Alcalde, extendió su mano, quedándose sorprendido con la palidez de aquel hombre que contraía sus labios hasta el punto de que se habían tornado blanquecinos. Pensó que algo muy grave debía haber pasado, recordando el modo jovial con el que se había dirigido a él días antes, contándole los fantásticos rumores que corrían por allí.

-Nos gustaría hablar con todos los que hubiesen experimentado algún suceso extraño relacionado con el pozo –comenzó el reportero– si usted pudiese indicarme quiénes han visto algo…

 

Juan Benitez, nuestro querido Alcalde, bajó la cabeza, abatido y buscando mi apoyo avanzó hacia él dispuesto a confesar. De pronto, una voz le interrumpió.

-Pues tendrá que hablar con el pueblo entero –oyó decir a Dolores– porque todos tenemos historias increíbles relacionadas con este sitio, desde hace muchos años además…

-Así es -la secundó Paca– sin ir más lejos, la semana pasada, estaba yo aquí sentada, comiéndome una manzana, y de pronto me pareció oír una voz de ahí dentro que me decía que iba a ser abuela. Regresé a casa y, acto seguido, recibí la llamada de mi hija, desde Sevilla, diciéndome que estaba embarazada.

-Más extraño fue lo mío -continuó Benito– que llevaba diez años sin saber de un amigo que tenía en Pamplona, tiré una moneda al pozo pidiendo tener noticias de él y a los dos días, me envió una carta anunciándome su visita.

Uno a uno fueron contando historias a cada cual más increíble, mientras el cura, el Alcalde y yo los mirábamos sin dar crédito.

Una hora después, estábamos todos tan entusiasmados, que pensé que aquel pueblo, que me había visto crecer, acunándome desde niño con su tierno abrazo, merecía toda la prosperidad que se avecinaba, aunque sólo fuese por la lealtad y la imaginación que derrochaba toda su gente.

 

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Imágenes de pixabay.com

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Acerca del autor

Cristinace2018

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