Literatura

Un buen tenor (El libro verde)



Siempre me consideré una mezcla de acontecimientos ingeniosa. El primero fue mi nacimiento o quizás mi Concepción, aquella chica que se evadía entre mis sueños. Bromeo, pero, si nos atenemos a la seria realidad, y debido a que del proceso de procreación no he averiguado ningún detalle que ya no sepáis, centraré mi discurso en lo que ocurrió en el momento de mi llegada al mundo. Intentaré alumbrar lo sucedido basándome en hechos posteriores. Así, nadie me ha dicho si lloré mucho o no; pero, como siempre he sido muy plañidero a lo largo de mis circunstancias, estoy por asegurar que, en ese momento, hice chirriar todo mi repertorio. Seguramente, en aquel hospital nacieron y nacerían cantantes de todo tipo, pero ninguno acompasaría mejor el terror al nuevo mundo. Mis confesiones y certezas provocan ataques de pánico; por ello estoy convencido de que ninguno de los médicos y enfermeras pronosticó una grata vida para un retoñó tan revolucionario y gritón. De todas formas, una vez que concluí que no había remedio, puedo conjeturar el acompañamiento del espectáculo general.

La forma en que odiado a los hospitales pronostica hacia el pasado y el futuro un fervor endemoniado por alejarme de tanta gente vestida de blanco. Independientemente de los enfermos y de los muertos, los hospitales aterran porque imitan la perplejidad que descubrí al leer Moby Dick. Reconozco que saco cosas de donde no las hay; pero, de la misma forma que este libro trata sobre los sueños verdes, mi terror proviene principalmente por el color blanco. Odio las páginas en blanco, las mujeres vestidas de blanco, las ambulancias blancas, el equipo blanco (tiendo a los azulgrana) y el detergente que lo deja todo más blanco; además siento pavor por los hombres blancos, la cocaína, los albinos, los cerezos en flor, los paisajes nevados, la mente en blanco, el pelo encanecido y demás palideces.

Ante tanta tristeza, y a veces repulsión, he deducido que todo puede venir de otra existencia anterior. Quizás de un accidente de esquí o de un golpe que te pone tan blanco que se puede decir que has muerto. Lo cierto es que en el momento de mi resurrección o nacimiento estuve bien vivo, tanto que exigió un esfuerzo adicional por parte de mi madre. Como canta Enrique Iglesias­­ —recurro a todo para explicarme— «fue casi una experiencia religiosa» pues sucedió en domingo y en hora de misa. El que este dato sea premonitorio de mi afán de santidad o de mis conversaciones con mi compañero el demonio (ese chiquillo tan devaluado en el índice de las iras malavenidas) constituye un hecho fundamental; por eso espero que todo quede aclarado con el paso de las líneas, así que ya desde este momento me planteo el objetivo de aclarar mis relaciones metafísicas. Ahora bien, mientras escucho una melodía céltica, el día sigue lluvioso y mi alma recuerda las penas y alegrías.

Volviendo a lo principal, mis primeros años fueron el paraíso pero también mi condena. Iba ser programado con un código ajeno que destruye su esencia con cada paso que da. Para vencer tendría que convertirme en programador, tarea que desde aquí procedo a elaborar. Manejaré todo tipo de memorias, todos los posibles lenguajes del mundo personal. Pretendo abarcar lo desconocido y lo familiar. Así que amigos, familia y demás enseres, procedo a esculpir la mentira religiosa que es tener vida. La vida, siempre tan rebelde, está a oscuras por culpa de las nubes, pero tiene un cierto garbo y melodía que es el comienzo oficioso del otoño. En este día lluvioso he quedado con unos amigos para tapear y mis padres han salido a dar un paseo. Me pondré un impermeable y atacaré la llovizna como buen gallego. Exploraré, de esta forma, el sentimiento que se despierta en mi espíritu con la llegada de la noche a la ciudad.

¿Qué sería de mi vida si no hubiera retornado a España? ¿Qué extraña jerga hablaría? La civilización progresa y nosotros no sabemos dónde estamos. Debemos cantar todos a una para levantar nuestra patria salvavidas. El mundo padece de catástrofes, pongamos por ello el grano de arena que le corresponde al hombre y olvidemos las razones del destino. Si fuese holandés, vendría de vacaciones a España y entonces comprendería. Comprendería el sabor de los desterrados, y necesitaría una nueva comprensión que desde aquí intento alcanzar. Como dijo Octavio Paz, mis pasos se oyen en otra calle, pero la lluvia solo es real en la mía, en las demás padece de meditaciones, ideologías o tragedias.

Mi garganta berrea y las vacas estorban con su desidia. Hay que recoger al rebaño y llevarlo camino de casa. Pero tengamos cuidado, por si nos sale al encuentro un barco fantasma navegando en agua dulce. La vida y sus sucedáneos pelean por salir al paso, por eso prefiero salirme de los pasos marcados. Ya basta de defender las buenas posiciones, quedemos con la Bruja Avería en el malecón de los sueños rotos. Hagámoslo madrugando para verla en aquella televisión que ya no está encendida.

Invocando al sueño dulce de mi infancia, recuerdo que, cuando aún no llegaba a los cuatro años, despertaba a eso de las seis de la mañana por impulso de mis progenitores, después mi padre conducía mis esperanzas de bondad a una señora de León que me cuidaba hasta la tarde. Siempre tendré buenos recuerdos de ella y su familia; aunque ya se encuentran en el terreno de los recuerdos tergiversados, la realidad se esfuma mientras la nombro y escucho el álbum que lanzó al éxito mundial a un grupo de Georgia. REM ataca a Adelina con un mejunje de rebeldía y buenas intenciones. El mundo caerá en manos del hombre más noble, por eso prefiero ser algo canalla, aunque no olvido que un día fui inocente entre las bromas y cuidados de aquella familia de León, por eso intento buscar un resquicio en el álbum de esa fase del sueño en el cual nos alteramos más.

Los niños crecen y se alimentan a pesar de algunos, y uno no hace nada por dar un paso hacia la verdad. Doy vueltas sobre mí mismo para alcanzar otra percepción, otro estado mental en este mundo que agoniza. Tengo miedo por mis nueve años llenos de intrigas sobre lo eterno. En un cuarto de baño que ya no tengo, en otro mundo ajeno a lo cierto, veo que aquel baile iba dirigido a un único momento. El mareo luchaba por no caer y la niña de mis sueños se ofrecía en el Día de las Fuerzas Armadas. Reíamos insensatos, sin saber que todo tiene su final, sin tener ninguna certeza por alcanzar. Confundo dos momentos, el giro y la chica no coincidían, pero yo los he unido para sentir lo bien que se llevaban sueños y realidad. Ambos están sepultados entre un gruñido y la torpeza. Suelta amarras el barco que nos arrastra por el mar de los que pescan algo con lo que alimentarse, pero aquello no vuelve por más que lo intento, quizás la única opción venga al contar el chiste que siempre la hacía sonreír.

Quizás la cadena que me ata sea la confusión de mis intentos. Nunca acierto a la primera, y lo que parecía excelso se torna en productos de números primos. Mis mejores amigos siempre tuvieron su momento en el que fueron mis peores enemigos. Algunos ya no están aquí, pero, pese a que en general habíamos roto relaciones, en el fondo les hecho de menos. La culpa no fue mía, lo cual ya es suficiente justificación para no tener remordimientos, pero incluso así los tengo. Recuerdo aquellos años en que recorríamos el pueblo o la ciudad que también era un pueblo, y no puedo dejar de tener añoranzas de aquellos momentos en que nos creíamos los principales seres en el planeta, pienso entonces que no es justo que algunos se hayan ido. El mundo es injusto y aquellos dos amigos, que para mí siempre serán dos niños, aparecieron muertos ya hace diez años, precisamente durante la época en la que el aprendiz de brujo intentaba averiguar de qué iba el mundo.

¿Qué se puede hacer cuando el orgasmo nos alcanza pero a la vez no lo hace? ¿Qué tretas podemos inventar para huir del cruel hacedor? Ser buenos, dicen algunos, pero ¿dónde se encuentra la bondad? ¿A quién podemos recurrir para cumplir el castigo? Son muchas preguntas, lo reconozco, sobre todo porque ya somos menos los que podemos contestar. Cuando estás al borde de la verdad, llega un accidente de moto o un ataque cardiaco que elimina a alguien con el cual ya no tenías nada que ver, entonces comprendes que tal vez con ellos hubieras podido encontrar la salida a tanto incendio ajeno. Espero que esos pirómanos comprendan mi arrogancia cuando los ataco, al fin y al cabo, ellos compraron las muertes de mis antiguos amigos.

No juego a ser Dios, suele ser un oficio aburrido y peligroso. El poder corrompe, y todos parecemos entenderlo. Pero, desde aquí, convoco a todas las deidades justicieras; no quiero perder y adoro las compensaciones fieras. Estoy dispuesto a romper cabezas, a salir a la calle para pegarle al primer rico que me pida la hora. Con el dinero que tienen, bien pueden comprarse un reloj, yo ya no tengo disposición para usar mi peluco de contrabando, además con el objeto de satisfacer a un satisfecho potentado. Mejor le pego una bofetada y salgo corriendo. Tú mataste a mis dos amigos, además lo hiciste sin pedirme permiso; como castigo, ahora debes pagar el precio, yo podía hacerlo, pero tu riqueza me olvidó, por eso descargo mi mano sobre tu torpeza perpleja, ¡quiero una satisfacción!

Una satisfacción que me devuelva a la confianza e inocencia perdida; que me lleve a aquella época en que no distinguías los dos términos, pero sabíamos que en algún lado había una verdad. Si no cómo era posible que se hubieran preocupado por nosotros tanta gente sin motivo aparente. Resulta curioso cómo cambian las interpretaciones de los hechos, cómo lo malo se torna bueno y de nuevo malo. El lado oscuro lleva una camisa rosa y yo soy un energúmeno. No hay nada que hacer cuando llegamos a ese extremo, por eso suelto esta bofetada que es saltar a otra página y capítulo, de todas formas en mi dolor anida marcada a fuego la ayuda prestada.

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Acerca del autor

Juan Carlos Pazos

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