Literatura

Un espectro entre espectros



Un espectro entre espectros - Literatura

Descartes probó la existencia del yo al afirmar que si pensaba, existía. Pero inmediatamente “desrealizó” ese yo y al mundo circundante. Afirmó que él era una sustancia inmaterial –no quiso darse cuenta de que sentía sus pensamientos en su cuerpo y que sin ese cuerpo no podía pensar- y postuló que un demonio maligno podía estar haciéndole creer que había un mundo externo. No comprendió que dependemos totalmente de un mundo real para respirar, comer y pensar. Siempre pensamos sobre algo. El pensamiento es una respuesta a una imagen o a la argumentación de otro. Sin un mundo externo, no pensamos ni sentimos.

Siempre me han impresionado las características de lo vivo. Nos esforzamos por seguir existiendo porque nos sentimos incompletos, necesitados de un mundo real que nos provea aire, agua, alimento, reconocimiento, etc. Solo el ser humano puede cuestionarse la realidad del mundo al compararlo con los sueños. Los animales sueñan, pero no recuerdan lo que soñaron y, si lo hacen, no pueden compararlo con la realidad. Supongo que si Dios, los ángeles o los demonios existen, no duermen ni sueñan.

En el Canto XI de la Odisea, el héroe conjura a los muertos: “Después de haber rogado con votos y súplicas al pueblo de los difuntos, tomé las reses, las degollé encima del hoyo, corrió la negra sangre y al instante se congregaron, saliendo del Érebo, las almas de los fallecidos”. Les ofrece sangre porque ellos son como murciélagos ciegos que ansían la vida. El peor temor de un ser humano no es la muerte, sino la sensación de que la vida va disminuyendo al tiempo que se apaga la realidad circundante, que nos alimentaba de aire, afecto, etc. Los peores cuentos de terror versan sobre ese estado crepuscular en que una persona pierde su cuerpo y los cuerpos de quienes le rodean, pero sigue existiendo convertido en un espectro entre espectros. No se teme a la nada, como pensaban Unamuno y Heidegger (la nada anonada dijo este último) sino a quedar sumido en una irrealidad. Por algo santo Tomás de Aquino imaginó a Dios como el ser en sí y por sí, el ens realissimum. Un ente cuya realidad nos permitirá salvarnos de la agonía de ser cada vez menos: un salvador. El cristianismo basó su éxito en muchas cosas, pero especialmente en que aportó una solución al terror que experimentaban los muertos de los mitos griegos.

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Acerca del autor

Luis Alberto Solórzano Sojo

2 comentarios

  • El cristianismo no hizo sino adaptar el mito osiriano, que extendió la capacidad de vivir siempre del faraón, a todos los súbditos. Obviamente fue muy popular, pensar que si Osiris había derrotado a la muerte podía ayudarte a ti a conseguirlo también. Pero contradice el propósito inicial de la inmortalidad del faraón: no es el faraón con nombre y apellidos el que es imperecedero, sino la institución real y su vinculación con el aparato divino imaginario.
    No sé si tiene sentido que las encarnaciones particulares, de las cuáles hay ya casi 8000 millones cursando al mismo tiempo sobre la Tierra, sean todas inmortales; ¿qué sentido tiene? ¿está el «Cielo» lleno de de cientos de generaciones de Neanderthales, Habilis, Australopithecus o sólo Sapiens? ¿Qué hace toda esa gente allí años y años toda la eternidad? ¿Y los animales? Se sabe que hasta las cucarachas experimentan el mundo de forma subjetiva, y que delfines, cuervos o palomas tienen una representación del yo que se reconoce en el espejo. ¿Hay un Cielo para millones de años de generaciones de todos estos animales?

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