Literatura

Un Sueño De Mar Azul (Primera Entrega)



Un Sueño De Mar Azul (Primera Entrega) - Literatura

Se situó frente a ella, le sonreía con una cortesía fingida, aunque segura e indiferente. Su cara, alargada, realzaba sus ojos almendrados, signo inequívoco de sensualidad refrenada, a veces reprimida hasta la frialdad. Era un hombre joven, de estatura media, delgado, cuyo aspecto físico en nada dejaba ver el intelectualismo de vanguardia que albergaba dentro. Todo en él era un pretexto para hacer uso de su ácida ironía. Poseía un risa ruidosa, agresiva, insolente, pero jamás vulgar, ni siquiera en esos momentos en que se hacía casi insoportable.

Él sumergía la mirada en su boca de labios carnosos. No, no podía imaginar a qué sabría su lengua. Ella sentía que su sonrisa se ensanchaba, que sus piernas no la sujetaban y tuvo ganas de acurrucarse junto a él. ¿Sabría ese hombre cuánto lo amaba?

– ¿Ha estado enamorado alguna vez?.- Se oyó preguntarle, e inmediatamente después se sintió desconcertada.

– Puedo decirle lo que quiera oír.

– Adelante.

– No es necesario ser dos para amar.- Él no dejaba de explorar sus labios.

– ¿Ah, sí?

Se sentía inspirada, arrebatadora con su cola de caballo y su nuca blanca y delicada. Él, como si no pudiera aguantar más, tiró con suavidad de su pelo y depositó un beso en la punta de su nariz, sobre una piel lisa y fresca que olía a violetas y lilas.

– ¿No va un poco rápido?.- Dijo mientras se alejaba en dirección a la estación del tren.

Él no dijo nada, dio media vuelta con una media sonrisa en los labios y desapareció calle abajo. Al día siguiente se encontraron en el Rosebad, un pequeño pub situado en la intersección de la calle Santa Bárbara, donde ella trabajaba y la avenida Princesa Sofía, donde trabajaba él. Allí es donde se vieron por primera vez, una tarde después de salir de la oficina. Y allí se siguieron viendo hasta el día en que él se atrevió a invitarla a una cerveza.

Pasaron la tarde abrazándose y besándose en la boca frente a la Carlsberg de ella y el Perrier de él. Sin dejar de mirarse. Sin querer que el tiempo corriera. Y también la tarde del día siguiente, besándose ávidos, como si nunca antes lo hubieran hecho; hablando y besándose. Y otra tarde más, y otra, sin dejar de besarse. Después de esa última tarde ella desapareció.

Hubo diez días de ausencia, de silencio, de dolor, de necesitar verla de nuevo. Y cada vez que la puerta del pub se abría y él giraba la cabeza, la decepción de no verla entrar le rompía el alma. Se terminaba su Perrier y salía con la cabeza gacha, con las manos en los bolsillos y el corazón en un puño.

Habían pasado diez días, ya no se sentaba en una mesa, tomaba su vino en la barra antes de volver a casa. Sin saber cómo su mundo se había vuelto gris y triste. Los días transcurrían sin que ello le importara mucho.

– ¡Hola! Soy Clara. No te molesto, ¿verdad?

Él no oía que los efectos cálidos de su voz, en el bullicio del local, adquirían una dulzura sin límites, pero sí sentía que podía reconocer su acento fuerte, brusco, como gasa o seda.

– Soy Roberto. ¿Qué haces aquí?

– Por fin conocemos nuestros nombres. Quizá tengamos tiempo ahora para cenar juntos. ¿Te apetece venir a casa? Tengo cena preparada para dos.

La besó en plena boca, su lengua lamía la de ella, buscaba en las paredes de su mejillas hasta la garganta. Le gustaba ese sabor a salmón ahumado.

– ¿Salmón?

– ¡Vamos!

Le arrastró a la noche fresca de primavera temprana, él no discernía nada, apretaba su mano contra la de ella, como si temiera que fuera a escaparse. Caminaban evitando los claros de luz de las farolas y se besaban frenéticamente, acariciándose hasta perder el aliento. Entraron en la casa sin dejar de estar apretados cuerpo contra cuerpo, con las bocas y las manos enlazadas.

Le desabrochó la blusa sin ningún cuidado y dejó que esos pechos delicados se entregaran a sus labios. Y esos muslos que se abrían a sus manos parecían arder en un fuego eterno de pasión y desenfreno. La atrajo hacia él, intentó recuperar el aliento, aspiró con los labios apretados y luego tomó una rodaja de ese salmón rosado de la bandeja que había sobre la mesa, reencontró el sabor de la boca de Clara, le ofreció entre sus dientes la presa ahumada, la comieron juntos, se comieron juntos a besos el uno al otro mientras rodaban por la alfombra de lana del salón de ella. Acogedora y receptiva a soportar sus cuerpos sedientos y húmedos.

Caminaron desnudos hasta el dormitorio, con las manos cogidas, mirándose y viendo sólo los ojos del otro. La habitación olía a lavanda recién cortada. Tapizada de deseo ella le mostró su amor de fuego. Él quería verlo todo, tenerlo todo, probarlo todo. Su sexo de terciopelo negro. La curva de sus pechos. La abertura de su vientre entre los muslos. Sus labios inferiores. Las piernas finas y torneadas. Tenerla, mirarla, cubrirla de besos. Penetrarla. No cerrar los ojos, para no dejar de verla. Planear, flotar. Palpitar al unísono. Besarla como nunca. Llegar a ninguna parte. Quedarse para siempre allí.

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Aicrag

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