Literatura

Un Sueño De Mar Azul (Segunda Entrega)

Un Sueño De Mar Azul (Segunda Entrega) - Literatura

Era un sueño de mar azul, suave, cálido, brillante. Ella sentía la caricia estimulante de las olas en los muslos. Avanzaba despacio, se hundía, las olas se hacían cada vez más pesadas y la arrastraban. Ya no era un mar, era un océano encrespado, enmarañado de espuma blanca, y el mar antes azul era ahora negro y se la llevaba hacia adentro, cada vez más lejos, ya no veía la arena de la playa. Roberto dormitaba en la orilla ajeno a su desgracia.

– Es un sueño. Duérmete, todavía es demasiado temprano.

Clara abrió los ojos, sintió vergüenza, trató de dormirse de nuevo, pegada a su cuerpo cálido, con las piernas estrechamente entrelazadas. El día ya se filtraba entre las cortinas floreadas, el edredón y los cojines ornamentales reposaban arrugados y desordenados al pie de la cama. Ella apoyó su boca en el pecho de él; aspiró su perfume a romero y ámbar y se durmió nuevamente.

Se levantaron juntos a media tarde, se ducharon, hicieron nuevamente el amor bajo la caricia cálida del agua. Desayunaron mirando el jardín por la ventana de la cocina, sin decirse nada, mirándose solamente y sonriéndose mientras sorbían su café.

– ¡Me haces gozar de verdad! Por completo, totalmente. La verdad es que te quiero; recuérdalo.

Aquello anticipaba que no pasarían la siguiente noche juntos. Clara marcaba su territorio. Impedía así que él lo invadiera. Era básico que Roberto no empezase a creer que todo estaba consumado, que ya ta tenía.

Le vinieron a la cabeza aquellas entonaciones bruscas, salvajes que ella mostraba en ocasiones; no se trataba de un verdadero acento, más bien era como una de esas melodías folclóricas de algún país lejano que se hacían acompañar con timbales y que te rompían los tímpanos con fiera brutalidad. ¿Era desconfianza lo que ella ocultaba tras sus palabras hirientes? Y ese modo de sumergirse en su propio mundo interior, de crear una barrera infranqueable con los ojos cerrados, los labios apretados y la cabeza echada hacia atrás. ¡Cuidado!

Sin embargo era una mujer con la que podía hacer el amor sin prejuicios, sin miedo, sin traumas, ni vergüenza y hablar, pese a ese momento de pausa silenciosa en el que a veces caía. Él sabía, pese a lo poco que la conocía, que ella pensaba en todo aunque no quería que se notara. Luego estaba ese perfume penetrante, mirra e incienso, sin duda, comprado en alguna de esas tiendas orientales o bazares tan de moda. Daban ganas de abrir la ventana.

Le parecía extraña esa combinación de aire viciado, un tanto severo, a iglesia, y sus ojos místicos, infinitos. Frágil a veces, como una muchachita perdida y amenazada, delicada y asustada, pero tan exótica al mismo tiempo que podría hacerte perder la cabeza de amor. Endiabladamente peligrosa otras, desplegando de repente un cuerpo perfecto de gimnasta que te hacía enfermar de deseo; un cuerpo flexible, alargado, lleno de curvas incitantes, con la misma inocencia de una adolescente viciosa. ¿Ella lo sabe? Sí. Sabe que es dual, que es doble; ángel y demonio.

Él pensaba que simplemente estaba deslumbrado, embebido de tanta belleza, de tanta inocencia, embrutecido de tanto deseo, de tanto anhelo. Pero, ¿podría dejar de amar eso que ella representaba? Claro que no, ahí estaba su condena. Roberto se sentía enternecido, lo cual no era de recibo para un alma fría como la suya, pero por el momento eso era lo que había, y le iba muy bien.

Esta situación es absurda.- Se dijo a sí mismo cuando ella hubo salido de la cocina. Sabía cerrarse a cal y canto cuando la ocasión lo requería. De repente no le hacía ninguna gracia todo esto. Con ella era la ducha escocesa o la lucha libre. Se desanimó, tomó otro sorbo de café, estaba ya frío. Se sentía en pleno naufragio.

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Aicrag

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