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¿Una ciencia del amor?



¿Una ciencia del amor? - Ciencia

La Biología del Amor

En su Teoría de la Biología del Amor, el chileno Humberto Maturana sostiene que lo denominado por nosotros como amor es una energía o fuerza que mueve a los órganos vitales a la integración y articulación entre ellos; por eso vemos que los pulmones, el corazón, los riñones, etc, terminan funcionando integradamente, complementándose. También advierte que cuando nosotros decidimos no integrarnos, no complementarnos en los otros, es decir, no dejarnos llevar por la fuerza sumadora del amor, ocurren trastornos celulares en el cuerpo que desencadenan el cáncer. Ahora advierto yo, Humberto Maturana es biólogo, ciencia “dura” o exacta, no ha escrito un tratado metafísico o psicológico sobre el amor. Por ello, su teoría de la Biología del Amor resulta tan interesante y valiosa.

En el centro de la Teoría de la Biología del Amor gravita el lenguaje, denominado por Maturana como “Lenguajear”. Afirma el chileno que el lenguaje fue creado por las sociedades humanas no solo como instrumento de comunicación, sino especialmente, como el medio por el cual los miembros de una comunidad se integran, se suman, se aman. El mismo Maturana advierte que las ofensas verbales debieron aparecer tardíamente y como una forma contranatural que niega las necesidades que originó el lenguaje. En este sentido, “lenguajear” es la acción de intercambio recíproco de afecto y entendimiento, el intercambio de amor.

Como vemos, el lenguaje ocupa una posición privilegiada en estos asuntos del amor; de hecho “el amar” se funda en un discurso muy bien concebido a partir del cual se ha tejido toda una representación sobre el amor a lo largo de los siglos. Pero complementando el lenguaje articulado también está el lenguaje corporal que ha tenido destacado papel en la configuración del discurso del amor. Les invitamos a explorar estas representaciones y su manifestación en el lenguaje verbal y no verbal.

Lenguajes, Símbolos y Amor.

Cuando hablemos de símbolos y lenguajes, nos referiremos a las culturas occidentales, y cuando tengamos que recurrir a algún episodio de culturas orientales, haremos las salvedades correspondientes. También advertimos que hablaremos de amor en sentido más de pareja, pues ha sido ahí el terreno más fértil para el surgimiento de símbolos relacionados con este fenómeno.

Sostiene Desmond Morris en su clásico libro “El mono desnudo” que al considerar como cierta la tesis de la evolución es necesario evaluar los saltos cualitativos que dimos los humanos, como especie, con relación al resto de los animales del reino. De inmediato pudieran considerar que ya esos cambios han sido expuestos anteriormente, sin embargo, el zoólogo Morris opina que el crecimiento del cerebro o la posición erguida del cuerpo aunque ciertamente son aspectos importantes, no explican algunos valores culturales transcendentales para el homo sapiens ¿Cuáles son? Uno es el amor.

Morris señala que en un estadio aún primitivo de la evolución humana, el hombre debía comportarse como el resto de los animales, sin restricciones algunas con relación a la sexualidad, fornicaría con la progenitora, con una hermana o con una descendiente, como lo harían otros animales. Y siempre lo haría en la posición clásica, la hembra de espaldas y el macho montado sobre ella. Pero en el caso del hombre, durante su evolución, surgió el concepto o la noción mental de “fidelidad”, que los animales no tienen. ¿Cómo surgió esa necesidad de ser fiel y de esperar eso del otro? Como zoólogo que es, Morris considera que la postura corporal durante el coito debió ser clave. En algún momento, la mujer, buscando abrazar, o el hombre, necesitando ser acariciado, desplazaron sus cuerpos hacia la frontalidad, surgió mágicamente la posición sexual conocida como Misionero. Hombre y mujer se encontraron durante el coito. Seguramente también durante esta posición descubrieron juntos el beso.

La frontalidad durante el coito produjo la identificación del ser al que se ama. Ese proceso de identificación fue provocando la atracción entre esos dos seres y la supresión del apetito sexual desenfrenado, sin control alguno. El beso y la frontalidad coital son exclusivos de las sociedades humanas, y ambos contribuyeron con el surgimiento de la noción de fidelidad. Te veo mientras te amo; me ves mientras me amas; nos besamos; nos pertenecemos. Este paso evolutivo fue decisivo para el surgimiento de un discurso o una representación del amor. Identidad, fidelidad… sin esos elementos hubiese sido imposible el despecho, pues el sufrimiento amoroso solo es posible por la ausencia del ser amado, no de cualquier otro del rebaño, sino de uno (una) en específico. Entramos en el tercer aspecto del discurso amoroso: el sufrimiento.

Es curioso que el Dios del amor romano esté representado con un arma de guerra (arco y flecha). Para las culturas antiguas de occidente estar enamorado es estar flechado. El enamorado es un sujeto mortalmente herido. No en balde, el enamoramiento fue considerado por siglos como un estado demencial o alucinante que lleva a los involucrados al error. En torno al amor se ha conjugado una concepción del sufrimiento; no se ama si no se sufre. Esta idea ha sido alimentada por la literatura y la música durante siglos. ¿Cómo se teje el sufrimiento y el amor? Por la ausencia del ser amado. Incluso hay toda una tradición en la cultura occidental, el mundo y la poesía de los trovadores, cuyo tema central es el nostálgico canto del poeta por la Amada inalcanzable o distanciada.

El desamor o la no correspondencia es otro ingrediente que se teje en este hilo significativo en torno a un discurso del amor. No solo la ausencia o el distanciamiento del sujeto amado, sino la no correspondencia, el amar en solitario. En un célebre texto sobre este tema, “El amor en Occidente”, Rougemont advierte que hay una profusa predilección por el desamor, no solo en las canciones y la literatura, sino en la cultura popular. Nos encanta la idea de amar y sufrir; por eso gustan tanto las canciones u obras literarias con esa temática. “Las historias felices de amor se cuentan en pocas líneas”, dirá Denis de Rougemont. Los amores y sus obstáculos para la felicidad de los enamorados es el gran tema que ha cubierto páginas y páginas de siglos.

Algunas culturas de Oriente, especialmente de la India, han descubierto la exacerbación del deseo en la ausencia del objeto deseado. Practicantes del sexo yoga asumen en la abstención una forma de mantener vivo el deseo y el amor. Otro tanto parecido afirma Stendhal en su libro “Del amor”, cuando habla de la teoría de la cristalización. ¿Qué es la cristalización? El esfuerzo psicológico por el cual un enamorado renueva su amor recreándose o reinventándose nuevas cualidades del sujeto amado. De esa forma, para uno y otro, el amor persiste, continúa.

Aunque la psicología moderna nos advierte de los estados patológicos generados por actitudes masoquistas y Maturana nos advierte en su teoría que el amor está hecho para la alegría y no el sufrimiento, no podemos dejar de ver en la ausencia del ser amado un importante elemento cultural que caracteriza nuestra relación con este fenómeno (el amor). Y a esa ausencia, está enlazada el sufrimiento como el estado afectivo que reimpulsa el enamoramiento. ¿Cuántos de nosotros hemos escuchado una canción de despecho y la hemos cantado con plena identificación, aunque no hayamos pasado por un estado igual? Nos encanta la idea del enamoramiento, del padecimiento por amor. El Cristianismo le ha sacado mucha punta a esta relación.

Culturalmente hemos definido el amor como una confrontación entre rivales. Esta noción deriva también directamente del proceso identitario generado por la frontalidad coital y el beso. Luchamos contra otro por alguien en específico. La flecha de Cupido también se vincula con esta noción de relaciones bélicas, de confrontaciones por un mismo objeto del deseo.

Finalmente, el amor, como afecto, estuvo confrontado contra el matrimonio, por siglos, especialmente durante la Monarquía, cuyos acuerdos nupciales obedecían a intereses económicos y no sentimentales. Las populares Cortes de Amor que se extendieron a lo largo del Medioevo dieron cuenta del rechazo hacia el matrimonio en varios de sus dictámenes. Herederos de esta representación, la literatura del siglo XIX, especialmente la francesa, se centró en la infidelidad como una forma de reafirmación del amor y como confrontación contra un matrimonio que asfixiaba el alma del infiel.

Así hemos llegado a un siglo XXI atestado de expresiones sexuales y de amores efímeros. Pareciera que se estuviese estancado, pero sospecho que estamos en una transición hacia nuevas representaciones del amor; tal vez en algunas décadas, volvamos la mirada atrás y confrontemos otra forma de asumir el amor con las formas del pasado, donde el sufrimiento, la abstención sexual o la ausencia del ser amado no sean el centro del discurso amoroso; y podamos sumar nuevos elementos y exhibir un amor más racional y cauto con la individualidad. Esperemos…

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Acerca del autor

J. D. Medina Fuenmayor

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