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Una ciencia sin lo humano ¿Es posible?



Una ciencia sin lo humano ¿Es posible? - Ciencia

El pasado mes de septiembre de 2015, los más importantes portales noticiosos de la web (y algunos destacados diarios impresos del mundo) divulgaban la noticia: un decreto ministerial del gobierno japonés ordenaba a veintiséis de sus universidades cerrar sus facultades de humanidades o reducir significativamente los estudios humanísticos. Esto debido a que se aspira a que dichas universidades puedan «…servir en áreas que llenen mejor las necesidades de la sociedad» (RFI español, www.español.rfi.fr). Solo este argumento despunta por su impacto. Proponer que las áreas humanísticas no llenan las necesidades sociales es lo mismo que aceptar que lo humano no nos hace humano. Más aún, llegar a sostener que solo se requiere lo «utilitario» para el desarrollo de una sociedad es condenar a las personas a desechar todo aquello que no pueda cosificarse.

Se pudiera pensar en la crisis que esta medida generará en el futuro, pero ello supone asumir la decisión del gobierno japonés como una causa cuando realmente es una consecuencia. De hecho, son décadas en las que se viene observando progresivamente que «El adiestramiento técnico y la enseñanza puramente utilitaria de aplicaciones del conocimiento científico ocupan cada vez más exclusivamente los programas lectivos de todos los niveles formativos en una gran mayoría de los países del mundo» (Cordua, 2012).

Esta deshumanización de las sociedades contemporáneas han incidido en una progresiva proliferación de carreras científicas que aspiran, basados en el principio de objetividad, silenciar cada vez más todo lo que sea creencias u opiniones surgidas de los fundamentos de lo humano. ¿Es posible desarrollar una ciencia sin la intervención humana?

Claro que es posible desarrollar una ciencia cuya objetividad sea de una intensidad tal que todo lo que represente «pareceres humanos» o se tiña de «valores culturales» sea desechado o desestimado por sus autoridades. Me temo que hacia ya van no solo las facultades japonesas sino todo el estamento universitario mundial. Incluso, los científicos sociales muestran una sed cada vez mayor por parecerse a las ciencias exactas, por ser reconocidos por estas.

Lo irónico de todo esto es que las ciencias, tal como las conocemos hoy, tuvieron su mayor impulso en el marco socio-político de la transición entre la decadente aristocracia y el surgimiento de la democracia burguesa. Es decir, las ciencias de hoy se han desarrollado plenamente en el sistema democrático en el cual precisamente han evolucionado las masas sociales con libertades individuales inconcebibles en otros sistemas político-sociales.

¿Por qué afirmo que sea irónico que la ciencia se esté desarrollando de espaldas a lo humano precisamente en el marco del sistema político que más se ha fundamentado en las libertades y derechos individuales? Porque el mayor riesgo de esta tendencia de la ciencia es atentar contra el sistema democrático mismo que le dio vigor, y peor aún, compromete la existencia de las sociedades libres. Para la humanista Martha Nussbaum (2010) el culto al utilitarismo es el problema más peligroso que afronta el mundo contemporáneo, pues pone en vilo la continuidad del sistema y los valores democráticos. Al respecto afirma:

Sedientos de dinero, los estados nacionales y sus sistemas de educación están descartando sin advertirlo ciertas aptitudes que son necesarias para mantener viva a la democracia. Si esta tendencia se prolonga, las naciones de todo el mundo en breve producirán generaciones enteras de máquinas utilitarias, en lugar de ciudadanos cabales con la capacidad de pensar por sí mismos, poseer una mirada crítica sobre las tradiciones y comprender la importancia de los logros y los sufrimientos ajenos (Nussbaum, 2010: 20)

 

Denominada como «crisis silenciosa» por Nussbaum, apreciamos cómo su causa se adentra en «una sed de dinero», en una ambición desmedida que no solo involucra sectores privados sino, incluso, a quienes deben administrar, aglutinar y definir las políticas educativas acordes con los principios del tipo de ciudadano que se desea formar para una sociedad mejor. En las sociedades contemporáneas, el insaciamiento por el lucro y los objetos desbordan cualquier interés por el encuentro con asuntos netamente humanos.

Y esto es así debido a que solo una educación humanista garantiza  la argumentación y la crítica, ejes fundamentales para la formación de ciudadanos democráticos. En esa misma línea se orienta Todorov (2012), quien afirma que los enemigos de la democracia en nuestros días no están fuera, en los llamados «sistemas totalitarios», sino dentro, en los mismos individuos que al no formarse para el ejercicio cotidiano de la crítica y la ciudadanía, resultan incapaces de manifestar conductas democráticas que incidan en la paz, la solidaridad y el bienestar colectivo.

Las humanidades, las artes, la música, la literatura no solo deben continuar oxigenando el alma, sino que debiera franquearse esa frontera absurda entre ciencia y arte a través de estudios interdisciplinarios que puedan aportar una ciencia nueva que aspire el absolutismo y la universalización a partir de la mirada subjetiva y relativa de las culturas. Tal vez así podamos deslastrarnos de una ciencia neoburguesa que ha venido justificando la proliferación de sistemas políticos totalitarios con máscaras socialistas, los cuales promulgan en sus discursos la atención al hombre que la ciencia precisamente ha desatendido. Es hora de una ciencia puramente democrática, en la que el hombre no deje de ser el punto neural en la mirada del científico, aunque este estudie las piedras de Marte.

 

Bibliografía

Cordua, Carla (2012) La crisis de las humanidades. Revista de Filosofía. Universidad de Chile. Vol. 68.

Nussbaum, Martha (2010) Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades. Katz Editores: Buenos Aires.

Todorov. Tzvetan (2012) los enemigos de la democracia. Galaxia Gutenberg: Barcelona.

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Acerca del autor

J. D. Medina Fuenmayor

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