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Una estética de la ciencia



Una estética de la ciencia - Ciencia

En varios de mis escritos he defendido la importancia del pensamiento estético en la ciencia para dar saltos importantes en la evolución de descubrimientos o avances científicos. Esta defensa la he sustentado en varios supuestos, entre los cuales, destaco: 1.- el pensamiento estético se funda en una trayectoria no lineal, en cambio la ciencia trata siempre de seguir el camino directo (recto) demarcado por un objetivo claramente delimitado; 2.- el pensamiento estético integra partes de ámbitos heterogéneos, mientras que el pensamiento científico poda todas las aristas que no formen conjunto con el objeto estudiado; 3.- el pensamiento estético es libre hasta la anarquía, pues impone no solo visiones renovadas sino métodos nuevos para alcanzar esos resultados, el pensamiento científico está sujeto a métodos que rígidamente trazan una ruta, incluso en el ámbito de los innovadores investigadores cualitativos se aprecia un apresurado interés por abrazar un método predeterminado que legitime su marco de secuencias operativas.

Sin embargo, todos esos atributos que exaltan al pensamiento estético y le hacen necesario para el pensamiento científico, se fundan en objetivos diametralmente opuestos uno del otro. Mientras el objetivo del esteticista es la «búsqueda de la belleza», el objetivo del científico es la «búsqueda de la verdad». Belleza y verdad no siempre coinciden, ni tienen por qué coincidir. ¿Cómo entonces puedo proponer la conjunción de intereses opuestos en un solo pensamiento? Y que además, sea necesario para provocar importantes avances en la ciencia, según mi hipótesis… ¿Cómo es eso posible?

Pensar el mundo estéticamente supone el vislumbre de conexiones no previstas por los sentidos. La belleza radica precisamente en los hallazgos que esas conexiones insospechadas provocan. Eso hicieron el escritor rumano, Calinescu y el físico teórico, Einstein, quienes contemplaron el universo viendo al suelo… un sinsentido necesario, un procedimiento aparentemente incoherente que provoca una imagen digna de contemplación en la literatura y, una renovadora interpretación en la ciencia. Aunque Einstein no comprobó las curvaturas de las luces de las estrellas por efecto de la gravedad, como sí las demostró Eddington, tuvo certeza de ellas, o mejor dicho, las contempló de otra manera. ¿Cómo se llega a esa interpretación sin evidencias claras? ¿Cómo razonar sobre un fenómeno mientras se piensa en otro? Barthes afirmaba que, estar con quien se ama y pensar en otra cosa es la manera como él lograba los mejores pensamientos o las mejores ideas para su trabajo. Víctor Erlich, en una explicación de la teoría poética de Potebnia, afirma: «Mientras la ciencia trabaja con materiales homogéneos, la poesía ensambla, por la mediación de la metáfora, una serie de fenómenos pertenecientes a diferentes esferas de la experiencia» (1954:34). Aquí, en el ensamblaje de fenómenos pertenecientes a diferentes esferas de la experiencia, por mediación de la metáfora, está el núcleo del pensamiento estético del que se vale el artista, el músico, el poeta, el escritor y algunos científicos para estremecer las entrañas del mundo, y por qué no decirlo, para estremecer las entrañas de la ciencia. «La literatura trabaja en los intersticios de la ciencia», dirá Roland Barthes en la Lección Inaugural de la cátedra Semiología Literaria dictada el 07 de enero de 1977.

¿Cómo opera el innovador e irreverente pensamiento estético en el meticulosamente estructurado pensamiento científico? Basaré mi respuesta en un solo ejemplo, en la música. Mi elección no es nada ingenua, pues la música fue considerada hasta mediados del Renacimiento como ciencia, por la precisión y predictividad de sus notas, así como por su influencia en la conducta humana; Pitágoras es quizás el ejemplo que fundó esta concepción, pensó la armonía de las melodías desde la precisión de los números. No obstante, en algún momento de la historia, la música pasó de ser considerada como ciencia, a ser asumida como arte. Se pudiera pensar que con este cambio de noción se corrigió un error, al contrario, prefiero pensar que no hubo mutación alguna sino revelación y reconocimiento de la basta dimensión de este género creador, una dimensión que abarca las exactitudes de las matemáticas que fundamentan la lógica, y las sensibilidades de las artes que conmueven el alma. Se sabe, por ejemplo, que Albert Einstein tocaba el violín y se atribuye a él la confesión de que veía la vida y el universo en términos musicales. En la música, tenemos pues un ejemplo ideal que nos permite contestar la pregunta de cómo el pensamiento estético interviene en el pensamiento científico.

Sabemos que el pitagorismo nos enseñó a pensar la música desde los números; midiendo en un conteo cíclico su regularidad, detectó patrones. Con estos patrones surgió la noción de tiempo, y con él, la de límite. Al respecto dice Guthrie:

«La religión de Pitágoras incluía como hemos visto, una especie de panteísmo. El mundo es divino, por lo tanto es bueno, y es un todo único. Si es bueno, si es un ser viviente y si es un todo, se debe, según Pitágoras, a que es limitado y a que obedece a un orden en las relaciones de sus diversas partes. La vida plena y eficaz depende de la organización. Así lo vemos en las criaturas vivas individuales, a las que llamamos organismos para indicar que tienen todas sus partes dispuestas y subordinadas a fin de mantener vivo el todo (…) Lo mismo ocurre con el mundo. El único sentido en que puede llamársele un todo único así como bueno y viviente, estriba en que tiene límites fijos, y por lo tanto, es capaz de organización. Se pensó que la regularidad de los fenómenos naturales apoyaba esta teoría» (Guthrie, 1994: 42).

Límite, organización, forma. La palabra Kosmos significa orden pero también belleza. “Se dice que fue Pitágoras el primero que lo llamó de esa manera” (Guthrie, 1994: 42). Del límite al orden; del orden a la forma; de la forma a la belleza. ¿Cuánto no debe el arte pictórico y escultórico a la noción pitagórica de límite-forma? Pero también podemos preguntar, ¿cuánto no debe la ciencia a la noción pitagórica de límite y forma? El tratamiento científico de la música se funda precisamente en dos características claves de toda ciencia, la generalización (universalización) y la predictividad de sus conjeturas (teorías). Las teorías de la armonía, de la relación sonidos – emociones – conducta, están suficientemente contrastadas, lo que ubica este ámbito del saber en la línea de las ciencias duras. Sin embargo, los resultados acústicos y las variadas respuestas subjetivas en la población, no deja de revestir a la música de valores vinculados con las artes y las humanidades. Todos sabemos que La Polonesa fue un himno de guerra, un canto de la vida cotidiana, pero hoy en día, se escucha para la relajación o la elevación de las emociones.

La noción de límite-forma es de los primeros conceptos sobre los que se funda el discurso de las ciencias duras (exactas). Apoyado en conceptos como éste, la ciencia hace posible la comprensión del funcionamiento del mundo. El cuerpo humano tiene una forma debido a los límites que le definen; igualmente las estructuras arquitectónicas, tienen forma porque estas están definidas por sus límites. Cuando el científico se enfrenta a nuevos misterios, el primer ejercicio intelectual que hace es eliminar el amorfismo del fenómeno, estableciendo sus límites. En ese proceso de establecer límites al fenómeno estudiado se va elaborando progresivamente la comprensión del mismo.

Ahora bien, es curioso que el concepto de forma y límite hayan surgido en ámbitos cuyos fenómenos de estudios son intangibles, por lo menos para el sentido de la visión; nos referimos a la música y a las matemáticas. Digo que es curioso, porque resulta mucho más fácil hablar de forma desde lo percibido visualmente. Esto nos plantea la idea de que el pensamiento abstracto ha estado presente desde siempre, pues ¿qué concepto más abstracto que el de DIOS, el cual ha estado entre nosotros desde el mismísimo origen? Sobre esta interesante relación entre Dios, Ciencia y nuestros miedos más antiguos hablaré en la próxima entrega correspondiente a la categoría «ciencia».

 

Referencias

Barthes, Roland (1993) El placer del texto seguido de Lección Inaugural. México: Siglo XXI Editores.

Erlich, Víctor (1954) El formalismo ruso. Historia y doctrina. Barcelona: Seix Barral Editores.

Guthrie (1994) Historia de la filosofía griega. Madrid: Editorial Gredos.

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Acerca del autor

J. D. Medina Fuenmayor

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