Sociedad

Una mirada al pasado



Una mirada al pasado - Sociedad

Si los años veinte fueron los años locos, los noventa debieron ser los años super-locos. Empezando con que la corriente «New Age» enterró a la iglesia católica inculcando otra clase de fé materializada en «amuletos» como gemas o cualquier otra piedra preciosa que servían para atraer cualquier cosa que desearás en la vida, imánes de amores perdidos, salud, aprobar los exámenes, un coche nuevo… y encargados de ahuyentar las energías malignas sustituyendo así a rosarios o a la famosa Cruz de Caravaca. Puestos, en la estación  extendían su múltiple y precios mercancía prometedora de sueños y fantasías : tragasueños, inciensos, ropajes de cuento mejores que los tacones altos y el pinta-labios rojo pasión de la mujer fatal de los ochenta. Se trataba entonces de la mujer-hada, la mujer-niña. De este tema también trataban muchos de los libros esotéricos del momento que se vendían en aquellos rastrillos y tiendas especializadas en «Nueva Era» .Cosecha de ilusos y curiosos. Estoy hablando del complejo de Peter Pan o de Wendy. Tarot para resolver cualquier duda sustituyendo la voz de la pitonisa a otra que nunca responde cuando le ruegas o le pides, en resumen, la gente prefirió las cartas del Tarot a ir a la iglesia a rezar un Padre Nuestro. Las nuevas artes curativas resultaron ser mucho más eficaces y beneficiosas que ir a misa o al médico de cabecera. La «Nueva Era» encontraba sus argumentos en disciplinas medicinales, esotéricas y psicológicas que curarían cualquier mal basándose principalmente en la premisa de que nuestra madre no es la virgen María ni Eva sino la Naturaleza a la que hay que venerar y cuidar: Aromaterapia, Acupuntura, Flores de Bach, Biodanza… y terminando con desfiles callejeros de esqueletos femeninos luciendo su tez pálida y sus maravillosas melenas rubias y rizadas como fregonas escurridas y puestas del revés. Las tiendas sólo eran para unas pocas porque sólo vendían la talla 38 (que como no todo el mundo sabe) una grafitero anónimo se quejó de ello con la siguiente frase en spray «la talla 38 me aprieta el chocho»  Vendían la 38 que, en realidad, era una 36 y la 36 que, en realidad, era una 34. Así empezamos a hacer dietas, a no comer, a sentirnos culpables si comíamos un poco de más y vomitar y así se inventó una enfermedad mental muy grave (que yo llamaría autóctona de los países capitalistas) llamada Anorexia de la mano de su hermana la Bulimia. Todo ello provocado por los medios de comunicación y los diseñadores y modistas que se negaban a comercializar con tallas más grandes. El desfile de zombies por las calles de la capital y en grandes ciudades estaba asegurado aunque no estuviéramos en Halloween  Las feministas sacaron sus garras y se formó una de las muchas asociaciones de madres indignadas al ver que sus hijas iban desapareciendo y rechazando alimentos gradualmente. Esta asociación se llamó «Adaner» y llegó muy lejos. Ya en los ochenta, se hizo notar la voz de la mujer reivindicando sus derechos. Un renacer izquierdista en el que ya no se veían supeditadas al marido, a los hombres. El Socialismo, tras la dictadura, instauró la democracia y con ella su correspondiente reclamo y destape. Comenzó a comercializarse la píldora, se aprobó la ley del aborto al clamor del lema de tantas mujeres en manifestación «Nosotras parimos, nosotras decidimos» Empezaron las primeras asociaciones de mujeres feministas y su lucha por abrirse camino en el mercado laboral y no permanecer en dependencia del hombre en lo económico y lo emocional. Dejar obsoleto el tradicional y conservador papel de la excelente madre y mejor esposa para llevar ellas también unos bonitos pantalones y contribuir en aspectos como la política, la investigación o el periodismo o cualquier profesión hasta ese tiempo solo ejercidas por hombres. De peluqueras y enfermeras a policías y bomberas. La movida madrileña puso de moda las drogas y una manera pasota y al mismo tiempo rebelde de vivir. Nuevos estilos transgresores y sus consecuentes tribus urbanas. Los noventa, sin embargo, atacaron a la mujer sometiéndola a la exclavitud de un cuerpo extremadamante delgado llegando a unos cánones que rozaban lo imposible sin enfermar (en el 2000 sería la violencia de género) y puede decirse que fue una decadencia en comparación con el florecimiento y entusiasmo de los ochenta. Así los divanes de los psiquiatras comenzaron a llenarse y a ponerse de moda eso de ir al psicoanálista. Las secretarias de éstos no daban abasto ante tanta llamada y tanta cita y en las reuniones de rigor (de trabajo, familia, amigos) no podían faltar las alusiones a los ya mencionados y queridos «médicos de la mente». Por eso las enfermedades mentales no eran ya cosa rara, ya nadie se avergonzada o sentía que iba a ser discriminado o juzgado si confesaba que visitaba a un psicólogo o psicoanalista, muy al contrario, era bienvenido y formaba parte del grupo. Quién no cojeaba de un pie cojeaba de otro y las etiquetas ya no importaban porque al igual que con los números todos estábamos etiquetados. Hubo quien se opuso al Psicoanálisis, quien lo criticó duramente argumentando que sólo se trataba de un timo, de un engaña-bobos que se limitaba a remover el pasado para encontrar el origen de traumas presentes pero dando como única solución una dosis de pastillas de cierta y dudosa reputación  Fue la Filosofía la primera en oponerse, después los propios pacientes que llegaron a tachar la medicina de veneno que les hacía ir por las calles como zombis perdiendo incluso el sentido de la orientación, como clones, o en máquinas o en robots… Quizá Orson Wells tenía razón. La filosofía argumentaba su oposición a la psiquiatría con esta fórmula que, según ellos, era el único camino a la sanación. Tan sólo cinco palabras lo decían todo:
PEACE donde:
P significa el problema.
E entendimiento del problema.
A análisis del problema.
C quedar en un estado de contemplación.
E llegar así al equilibrio.

Y… en fin, del presente no voy a hablar sino que utilizaré mi lema para estos revueltos tiempos «mejor súbete a una nube si tienes que vivir en el infierno»

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Acerca del autor

Lorena Caballero Ortega

3 comentarios

  • Nota curiosa: el cristianismo es una moda New Age que se consolidó en el tiempo. La mezcla de ideas y creencias propiciada por las conquistas de Alejandro Magno, el imperio Persa y el Romano, derivaron en la penetración de creencias absurdas y extranjeras (desde el punto de vista de los judíos de la Torá) como la creencia en la Resurrección, el día del Juicio, la Vida Eterna o el Diablo. No sólo fueron cambios teológicos, sino también sociales; porque la política y la religión no estaban separadas hace siglos. Todo movimiento político era a la vez, religioso.
    Jesús pertenecía a una secta que aceptaba las ideas religiosas persas y griegas, pero haciendo hincapié en el mesianismo judío, el Fin del Viejo Orden, y el comunitarismo así como el asistencialismo.
    Jesús fue sólo una gota en el océano de nuevas corrientes de Nueva Era (la de Piscis), pero sirvió de semilla para una nueva religión fanática e intolerante que poco a poco fue parasitando el Imperio.

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