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Una Mujer capaz de amar al mundo entero!



Una Mujer capaz de amar al mundo entero! - Sociedad

Ramona era limpia de cuerpo y alma.

Pero no iba a misa. Tampoco era de comunión diaria, sin embargo donde vivía, los rezos, santiguarse y comulgar los viernes primero eran símbolo de bondad y santidad.

Aún así, ella se había ganado no solo la simpatía, sino un lugar especial en esa comunidad donde el pecado, el adulterio y la lujuria estaban presentes en casi todos los hogares.  Era una mujer capaz de abrazar a la humanidad completa y curar sus mas profundas penas. Una mujer con un don especial en este mundo donde nadie se interesa por nadie. 

Ramona, una mujer con rostro sin gracia, pero con una hermosura interior capaz de llenar la vida de todos los que existían a su alrededor. 

Tenia el don de amar sin prejuicios, sin intenciones de lucrar, sin dificultad de obstáculos, con total desinterés. Difícil encontrar en esta sociedad alguien así. Y  ahí estaba ella, en medio de esta humanidad deshumanizada. Mujer simple, con tan solo unos cuantos grados de primaria; con un departamento de alquiler y una numerosa familia; mujer que hablaba al chingadazo, sin tapujos ni convencionalismos sociales. Igual se preocupaba por el rico que por el mas lastimado. Por su comadre que por el “cabrón que le hacia ver su suerte”. Al igual que todos y como es costumbre en nuestra gente, siempre estaba apropiándose problemas ajenos, solo que ella no buscaba el bochinche, ni el cotilleo, sino que su afán de meterse por doquier era para poder dar alivio al sufrimiento de los demás;  Llegaba de inmediato al lugar del suceso para buscar ayuda o salvar la situación con sus propias manos y medios. Para ella solo eran necesarios su interés y su conciencia. Así salvó a varias jovencitas que fueron lanzadas de sus hogares por estar embarazadas. A cada una le brindó techo, alimento  y en varias ocasiones sirvió de conciliadora ante los padres de las muchachas. 

Dar de comer  a una familia era ya difícil, pero para Ramona no había imposibles si se trataba de salvar a alguien de la calle o hasta de la propia familia. Su casa cual si fuera comuna hippie, todos se aceptaban y se brindaban apoyo, el ejemplo de esta sinigual mujer se impregnaba en cada miembro del clan. Ocho hijos, sus hermanos, su madre, sobrinos y los recién convidados, llegando a ser hasta ventidos personas, en una minúscula pero cálida vivienda.   Cada mañana las mentadas da madre lanzadas con gritos vigorosos, llamaba a todos a compartir la mesa; era la muestra vívida del amor que sin pavoneo profesaba esta mujer a todo aquel que se lo permitiera. 

Nunca dijo un te quiero, ni siquiera a sus propios hijos, jamas fue melosa; incluso quien a simple vista la juzgara podría decir que era una persona grosera, pero a Ramona había que mirarle a los ojos, y estar unos minutos con ella para descubrir su inmenso corazón.  Sus hechos eran suficientes para demostrar un inquebrantable apego por el mundo.

Un 19 de marzo la llama de la alegría y el entusiasmo fue sofocada por uno de los mayores dolores que una mujer puede padecer. Uno de sus hijos había sido atropellado por un camión de pasajeros mientras trabajaba conduciendo una motocicleta. Cuentas las personas que presenciaron tan cruel suceso, que Felipe, el hijo de Ramona, fue embestido por el camión, pasando las llantas traseras de este por encima del cuerpo del joven. Al percatarse el chofer que había cometido un gravísimo error que le costaría el trabajo y que ni el resto de su vida pagaría una indemnización de tal naturaleza, decidió “rematarlo” retrocediendo la enorme mole de metal y arrebatarle el ultimo aliento; con ello impedir pagar las costosas mensualidades a la empresa transportista y conservar su trabajo. 

Aquella tarde, una nube negra se apoderó del barrio donde vivía Ramona. Todos conocían al joven, quien tenia el mismo espíritu afable que su madre. Todos sufrieron la partida, pero mas dolía ver a Ramona con el rostro desencajado y su mirada perdida. Hundida en la agonía de un dolor del que parecía que jamas iba a recuperarse.

 Los sedantes solo “me apendejaban” dijo ella, al poderse levantar de la cama y salir del abismo.

Mucho tiempo pasó para que la comunidad recobrara su viveza. 

La muerte del hijo quedó grabada en el pensamiento de Ramona para siempre, pero supo aprender a vivir y llorar para él. Ella volvió a sonreír, a estrechar en su pecho a las almas más miserables y lastimeras de aquellos lares. Continuó ofreciendo su morada a los abandonados, a los afligidos, a los menesterosos, a todo aquel que física o emocionalmente tuviera alguna necesidad. Se le volvió a ver en las calles por la madrugada llevando al vecino grave a los centros de salud. O dando cobijo a los indigentes bajo la escalera que estaba a un lado de su casa. No era falta de caridad, sino que en su casa ya no había espacio para nadie mas. 

La comunidad tenia alma, era ella.

Quien le enseñó a amar a todos? Por qué esta mujer con tantas necesidades económicas y afectivas era capaz de entregarse incondicionalmente a la humanidad entera?

Solo sé que hay seres como Ramona; colmados de amor y energía. Capaces de entregarse totalmente a la vida, sin limites, sin miedos. Esos seres  permanecen en nosotros incluso mas allá de la muerte.

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Acerca del autor

Silvia Silvana

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