Literatura

Vivencias Judiciales – Una difícil decisión. Capítulo 1

Vivencias Judiciales –  Una difícil decisión. Capítulo 1 - Literatura

—Eso no es buena idea, letrado —“El Balas” miró a Guillermo en tono amenazante, al ver que éste hacía además de descolgar el teléfono—. Además, ¿qué problema hay?

El caso, es que —pensó Guillermo—, no había un problema, sino cientos de ellos. Es más, “El Balas”, cuyo verdadero nombre era: Ramón Arias Pinto, era un problema por sí mismo. Ya le había advertido a su socio y hermano, Alfonso, que no podían coger más casos de ese hombre, era un caso perdido. Pero, no lo podía evitar, Alfonso era el “hermanito de la caridad” del bufete. A él eso no le importaba, si no fuera porque, una vez aceptado el cliente también por parte de Ana, todos los casos relacionados con ese hombre, se le asignaban a él. “Desde luego, eso es amor fraternal, y lo demás gilipolleces” —Se dijo, Guillermo, mientras contemplaba a “El Balas”—. Para ser sinceros, si de otra persona se tratara, sería un orgullo esa confianza, por no decir que el hecho de que un cliente te diga: “no quiero a otro abogado, le quiero a usted”, era para estar satisfecho. No era el caso; gracias a “El Balas” se recibían minutas desorbitadas, además, pagaba religiosamente,  y eso hacía que se creyera con derecho a llevar la voz cantante. El problema era que, por lo que se veía, lo estaba consiguiendo.

—A estas alturas —continuó—, tendrías que saber ya que no acepto una negativa, ¿o no te lo ha dicho tu hermano? Debería hacer más caso a la familia —prosiguió con tono… ¿amenazante? Además, es tu hermano mayor, ¿no? Hay que ser obediente… —Una risa entre tenebrosa y sarcástica hizo temblar las paredes.

Guillermo no entendía la terquedad de ese hombre. ¿Sería verdad lo que le comentaron de él? “El Balas”, según le refirió en su día, Nacho, del colegio de abogados, sufría un batiburrillo de enfermedades mentales fruto de su estrecha relación amorosa con las drogas, el alcohol, y todos los sucedáneos de éstos. Una de ellas era la manía persecutoria y enfermiza que podía desarrollar por algo o alguien, y que le hacían un individuo muy, pero que muy peligroso. Viendo sus gestos y escuchando sus palabras, no pudo por menos que observar que tenía todo el vello erizado: le había cogido manía a él.

—Muy bien, veo que poco a poco nos vamos a entender —siguió, “El Balas”, viendo que Guillermo dejaba el auricular en el lugar que correspondía—. Si al fin y al cabo hablamos el mismo idioma tú y yo. No te veo lo suficientemente calmado, pero creo que puedo que comenzar a contarte el motivo por el cual estoy aquí.

La verdad es que, a diferencia de las anteriores entrevistas, ese hombre mostraba una pose enigmática que no le había visto nunca. En el expediente que constaba en el bufete había casos de prácticamente toda índole: robos, estafas, amenazas, peleas…”El Balas” era como un grifo que gotea y que no hay forma de que pare. Pensándolo bien, ¿de verdad quería deshacerse de él?  Era un grifo que goteaba problemas, pero, por otra parte, una fuente rebosante de ingresos: “El Balas” era una especie de “Midas”. “Para, Guillermo, para…a ver si se te va a ir a ti también la cabeza” —Se dijo.

—¿Te importaría pedir a tu secretaria que me traiga un vaso de agua? —Lo miró fijamente a los ojos—. Ah, y para ti pide algo más fuerte, lo va a necesitar. Espera, no, a ver si se te va a ocurrir hacer alguna tontería. —Abrió una carpeta que había llevado consigo, sacó unos papeles y los puso sobre la mesa—. Te veo muy callado, y eso que se dice de ti que eres bastante locuaz. Conmigo esa característica tuya no se ha dado nunca, una lástima. Sí, se oye que Alfonso es el serio y tú el dicharachero. No sé, me da que con un chiste de tu hermano me reiría más. Disculpa, era por romper un poco el hielo, aunque te veo más helado si cabe. Bueno, a lo que vamos, y tranquilo que ya no te molestaré más. Ni a ti, ni a este despacho, éste será el último caso que me lleves. Además, es muy fácil, solo se trata de saldar cuentas. —Y mientras pronunciaba las últimas palabras, le entregó las hojas que anteriormente había sacado de la carpeta.

Guillermo echó un vistazo a los papeles,  “¿qué demonios? —Se dijo para sí—. En ellos constaba una serie de nombres que él conocía muy bien: personas que, en su día, habían presentado sendas denuncias o demandas contra el hombre que tenía frente a él, pero, también, un listado donde constaban jueces, fiscales y abogados. Fue inevitable el mirar esa nómina y comprobar si su nombre estaba en ella, así como el de su hermano. No, ni ellos, ni su otra socia, Ana, estaban en la lista.

   

—Veo que hoy no estás con humor para hablar —Encendió un cigarro y le dio una profunda calada—. Sí, lo sé, está prohibido. Pero, qué quieres, para lo que me queda me da igual.

—¿Para lo que te queda? ¿Qué quieres decir?

—¡Hombre, por fin, mi abogado tiene voz? Muy fácil, Guillermo, estoy enfermo. Ya sabes, el ritmo de vida que he llevado me ha pasado factura. Según los médicos, como mucho me quedan un par de meses de vida. No lo parece, ¿verdad? Te aseguro que no es ninguna treta, cuando quieras puedes comprobarlo.

—¿Y qué tiene que ver esta lista con tu enfermedad? —Guillermo no pudo por menos que sentirse más aliviado. Ni que decir tiene que no era tan cabrón como para desear la muerte a nadie, pero, qué demonios, con “El Balas” fuera de combate, se sentiría más tranquilo.

—Como te decía, me estoy muriendo, y, por si no te has dado cuenta, ahí están los nombres de toda esa gente que me la ha jugado o lo han intentado. Simplemente, quiero que te encargues, dado que yo debo saldar cuentas por otro lado antes de irme de este mundo, de esa lista por mí.  Dadas las circunstancias, Guillermo, no hay tiempo que perder.

Por mucho que se estrujara el cerebro, no podía imaginar que pretendía con todo esto. Su cliente comentaba que eran una serie de personas que le habían jugado una mala pasada, pero no podía alcanzar a comprender qué tenía que ver él en todo esto. Lo más sensato, se dijo, sería preguntar aunque, y no sabía por qué, le asustara la respuesta.

—¿Y qué se supone que debo hacer?

—Vaya, a buenas horas comenzamos a llevarnos bien tú y yo. Una lástima, la verdad, seguro que seríamos grandes amigos. —Guillermo no compartía esa opinión, pero se guardó muy bien de expresarla en voz alta—. Es muy fácil, —Se levantó, acercó su mirada a los ojos de Guillermo, y puso voz de misterio—, quiero que los mates…

Sin lugar a dudas, aparte de enfermo, estaba totalmente mal de la azotea. Vamos, orate perdido. Miró a, “El Balas”, que después de soltar ese cañonazo, se había vuelto a sentar, mostrando una pose de lo más tranquila y relajada.

—Creí que tu reacción sería otra. No sé, que pegarías un grito, que llamarías a tu hermano para entre los dos echarme a patadas…Menuda decepción. Pero bueno, mucho mejor así, ya sabes que jamás acepto una negativa y no iba a hacer una excepción.

—No puedo hacer lo que me pides —Guillermo era lo bastante cabal como para saber que era una frase peligrosa a oídos de ese sujeto—. Tendrías que saberlo.

—Sí, lo sé, pero como que me da igual. —“El Balas” volvió a fijar sus ojos en él—. El modo que utilices para quitártelos de en medio. Perdón, hablemos con propiedad, quitármelos de en medio me da igual, hazlo. —Se levantó, cerró la carpeta que había llevado consigo, y extendió la mano hacia Guillermo a modo de despedida, pero éste le rechazó.

—Está bien, te perdono los malos modos. —Se dirigió hacia la puerta, la abrió y, antes de salir, se volvió para decir sus últimas palabras—. Volveré en unas semanas para ver cómo va mi caso, que debe ser totalmente confidencial entre tú yo, ni se te ocurra jugármela. Espero que, por ese entonces, ya estés trabajando en él. No olvides que, del mismo modo que tú tienes una lista, yo tengo otra,  y nombres como el de tu hermano están en ella.

Y, sin más, Guillermo se quedó solo, sin más compañía que esa lista y el pensamiento de que, si no atendía a la locura de ese hombre, Alfonso corría peligro. ¿Qué hacer? ¿No hacer nada? ¿Volverse un sicario para que a su hermano no le pasara nada? A sabiendas de que se ponía él en peligro, y ponía en peligro a sus allegados, ¿contarlo a alguien? De momento, se dijo, la única opción era salir de allí dentro y tomar el aire. Así que se fue al cuarto de baño, se tiró agua en la cara, para que se notara lo menos posible su estado de ánimo, y se dirigió al bar donde había quedado con su amigo, Dani.  Ya pensaría, en otro momento, qué tenía que hacer.

CONTINUARÁ

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