Literatura

Vivencias Judiciales-“una Difícil Decisión”. Capítulo Dos.

Vivencias Judiciales-“una Difícil Decisión”. Capítulo Dos. - Literatura

CAPÍTULO DOS

Abrió el cajón que se encontraba a la izquierda de la mesa, sacó la cartera, se levantó y se dirigió a la puerta, con las últimas palabras de “El Balas” martilleando en su cabeza. Al salir, se encontró con Ana, la cual al verle no pudo evitar pararle y preguntar.

—¿Estás bien, Guillermo? Te veo desencajado. ¿Es por el juicio de hoy? —Miró a su socia con aire interrogativo, no recordaba tener ninguna vista—. Sí, hombre, la vista que tienes en media hora en el 2, lo del italiano. Creí que era una cosa sencilla. ¿O es otra cosa que te preocupa? ¿Puedo ayudarte?

A tenor del desarrollo de la anterior entrevista lo había olvidado por completo y, la verdad, no estaba en las mejores condiciones para personarse en una sala de vistas por muy simple que fuera el caso.

—Sí, tranquila; no me pasa nada, pero, ¿te importaría ir en mi lugar? No tengo el cuerpo hoy para juicios. Ya te digo, no es nada, solo necesito salir a que me dé el aire. He quedado con Dani. Un café y volveré como nuevo, ya verás.

—¿Y qué tal un café y el resto de día libre? No, mejor aún, una tila, que el café en las condiciones que te veo puede ser una bomba, y el resto del día libre. ¿Dónde tienes el expediente? No me gustaría llegar tarde, ya sabes cómo es el juez del 2.

—Sí, lo sé, más puntual que un cambio de guardia inglés. —Guillermo, pese a la tensión, esbozó un amago de sonrisa—. Gracias, Ana, de verdad, ya te sustituiré yo otro día. Un momento, que voy a por él. —Y, a los cinco minutos, su socia tenía el expediente en sus manos—. Siento que también te toque el marrón de disculparte ante mi cliente.

—Creo que preferirá tener a alguien con los cinco sentidos en la sala de vistas, por eso no te preocupes. Aunque, siendo sincera, me dejas un poco… ¿Seguro que no te pasa nada?

—Seguro, Ana, de verdad. Será algo que me sentó mal en la cena que tuve ayer.  Los restaurantes, a veces, es lo que tienen.

—Pues nada, si es así, me alegro. Oye, que me voy, a ver si encima llego tarde. —Se colgó el bolso en el hombro y se dirigió a la puerta—. Ah, y procura que no te encuentre aquí a la vuelta, ¿estamos? Ya revisaré tu agenda y nos encargaremos tu hermano y yo. ¿Tenías algo más hoy, aparte de este juicio?

—Creo que no, Ana. Pero, sinceramente, ni me acordaba del italiano, así que, vete a saber. De acuerdo, te haré caso. Me gustaría pedirte un último favor, a mi hermano no le comentes nada de todo esto. Quiero decir, que me has visto así.

—Y el motivo por el cual debo callar se debe a… —Dijo Ana, animándole a continuar—. ¿Por qué no quieres que lo sepa, Alfonso? Total, si solo es algo que te sentó mal. —Las últimas palabras fueron en tono, “sé que algo anda mal y no me lo estás contando”—. Está bien, tranquilo, no le digo nada a tu hermano. Pero tú y yo ya hablaremos, eso tenlo por seguro.

Vio como Ana salía a la calle y se quedó unos minutos meditando antes de él abrir también la puerta y encaminarse al bar donde ya, imaginó, estaría Dani esperándole. Sí, sabía que a su socia no podía tomarle el pelo. Ella intuía que le pasaba algo, como así era, y no habría forma humana de hacerle ver lo contrario. Pero debía mantener la boca cerrada, si, según palabras de ese capullo, Alfonso estaba nominado, lo más probable es que Ana fuera candidata también. Y, si indagaba más en su cerebro, imagina nombres como el de Dani, como otros compañeros de la abogacía: Fernando, Carlos, Alberto…procuradoras, imaginaba en la lista a: Julia, Begoña, Montse…así como, quizás,  funcionarias del juzgado, policías…Bueno, a lo mejor esos últimos nombres estaban en la nómina que tenía él en su poder, más que en la lista que le dijo “El Balas” que tenía. Recordó que no la había mirado con detenimiento, y se dijo que al volver, sería lo primero que haría.

Salió a la calle y se encaminó al bar, donde divisó a Dani en la terraza, tomándose ya su café. Al igual que el juicio, pensó, igual tenía que haberle llamado para decirle que no le apetecía ir a tomar nada, no tenía cuerpo, pero ya era tarde.

—Hombre, ya era hora. —Dani dio un sorbo a su café, y prosiguió—. No tengo ya mucho tiempo, ¿no habíamos quedado a las once?

—Si te soy sincero, no me acuerdo. —Fue la respuesta dada por Guillermo—. Siento que hayas tenido que esperar. —En ese momento hizo acto de presencia el camarero a quién, a consejos de Ana, le pidió una tila, dejando a Dani con los ojos abiertos y, también, al propio camarero—. ¿Qué pasa?

—Nada, es que no es normal que me pidas eso. —Sentenció el camarero—. Es más, si hago ejercicio de memoria, creo que no lo has pedido nunca, al menos en mi establecimiento.

—Yo tampoco te he visto beber tila nunca. —Comentó, Dani—. ¿Ha sucedido algo?

—No, nada destacable, ¿es que hay algún problema por pedir té? —Preguntó, mirando al camarero.

—Está bien, —dijo éste a modo de respuesta—, y tú, Dani, ¿te traigo algo más?

—No, gracias, estoy bien así.

—¿Sigues en fiscalía? —Guillermo decidió, antes de que su amigo le sometiera a un tercer grado, hacer él el interrogatorio-

—Sí, pero hoy ya termino, mañana ya toca ir a hacer una formación al Penal que, por cierto, aún tengo que acabar de prepararla. ¿Sabes? La gente se piensa, o al menos una parte, que mi trabajo consiste en ir de oficina en oficina explicando cómo funcionan las cosas y ya está. Si supieran…

—Ya, es lo que me pasa a mí; se piensan que es ir a los juicios y ya está. Bueno, ni tú ni yo arreglaremos el mundo, Dani, así que.

—Tienes razón, hay personas que no tienen remedio. —El camarero llegó con la consumición de Guillermo—. Qué se le va ha hacer—. En ese momento llegaba, Estela, quién trabajaba en el juzgado 2.

—¿Ya ha terminado el juicio? —No pudo por menos que preguntar, Guillermo, recordando que su compañera estaba allí—. ¿Cómo ha ido?

—Bueno, ya sabes cómo son estas cosas, —Estela se acercó a la mesa—, Ana ha expuesto sus motivos, Carmen los suyos, y, luego, visto para sentencia. ¿Y tú, qué tal? Me ha comentado, Ana, que no has venido tú porque no te encontrabas bien. —Miró la taza y prosiguió—. ¿Bebiendo té? Madre…desde luego aquí pasa algo. A ver, ¿qué le has hecho? —Preguntó a Dani con una sonrisa, intentando poner un toque de humor, dada la seriedad de alguien que, por norma general, era la definición de la alegría.

—¿Yo? Te aseguro que nada. Aunque llevas razón, —prosiguió mirando a su amigo—, algo le pasa.

—¡Pero qué manía todos, joder! —Tanto Estela como Dani se quedaron boquiabiertos, Guillermo no actuaba como de costumbre—. ¡Que no me pasa nada, ostias! —Y, con esas, se levantó y se marchó sin más explicaciones, dejando la tila prácticamente sin consumir.

—Yo también tengo que marcharme, me esperan en fiscalía. —Dani se levantó para dirigirse al interior del bar—. Aprovecha la mesa, Estela, si quieres.

—No sé qué decirte, igual está abducida por Satán. Bah, qué más da, correré el riesgo. Aunque, por si acaso, si no te importa, me sentaré un tu silla.

—¿Qué? ¿Supersticiosa, acaso? —Dani entregó el importe del café al camarero, dado que salía a servir otra mesa en ese instante.

—No, Dani, para nada, solo previsora.

—Eso está bien. Hasta luego.

—Hasta luego.

Guillermo llegó a su casa media hora después, se quitó la ropa de batalla, se puso cómodo, y se sentó frente al televisor. Comenzó a jugar con el mando a distancia, yendo de canal en canal, sin ningún resultado que fuera de su agrado. “Vaya mierda de programación”, se dijo. Se preguntó porqué le haría caso a Ana y decidió que lo mejor era regresar al bufete. Vale, no tenía su mejor día, y motivos había para ello. Pero, estar ahí, entre esas cuatro paredes, pese a solo llevar diez minutos, se le estaba haciendo insoportable. Se acordó también de los malos modos que había usado con Dani y con Estela, ninguno de los dos lo merecían, y se sintió culpable. Envió un washap a su amigo, disculpándose de la mejor manera que pudo, y se dijo que ya haría lo propio con Estela en cuanto tuviera ocasión, no podía actuar de la misma manera que con su amigo, no tenía su teléfono. Además, también quería regresar a su oficina porque necesitaba ver con exactitud los nombres que “El Balas” le había entregado en esa lista. Vio unos nombres de pasada, pero no todos, y era bastante extensa. ¿Pero qué pretendía ese hijo de la gran puta?

Al llegar, se encontró a su hermano en recepción hablando con Juana, otra compañera del despacho. Alfonso, al verle entrar, le preguntó.

—¿Qué haces aquí? Ana me dijo que no te encontrabas bien y que te tomabas el resto del día libre. Incluso me comentó que había ido ella al tema del italiano.

—En efecto, pero ya estoy mucho mejor. Ahora, si no te importa, tengo mucho trabajo atrasado.

Alfonso miró a su hermano mientras éste se dirigía a su despacho y pensó: “a mí no me engañas”. Pero, de momento, lo dejó como estaba, ya tendría tiempo de ejercer de hermano mayor.

Guillermo se dirigió a su mesa y abrió el cajón, el cual se encontraba religiosamente cerrado, sacó la lista y volvió a leerla. Pudo comprobar que todos los jueces que habían llevado casos de ese mal nacido estaban allí: Victoria, Carlos, Fernando, Tomeu.  Incluso los que en algún momento ejercieron de sustitutos, o que habían estado anteriormente en el puesto de llevar toga con puñetas estaban ahí, como Clara, Loreto, o Dani. Lo mismo pasaba con los fiscales, vio nombres de fiscales que hacía años que se habían marchado a otros destinos, pero, al parecer, también debía aniquilarlos. A ver, quién más, se preguntó, volviendo a fijar la vista en el papel: algunos funcionarios y funcionarias. No entendía esos últimos nombres, al fin y al cabo solo eran unos meros tramitadores sin capacidad de decisión, pero ahí estaban: Nuri, José Antonio, Mercé, Estela, Isa, Reyes, Ana, Elena…” ¿De verdad, Guillermo, te lo estás planteando? —Se preguntó a sí mismo—. ¿De verdad vas a caer en las fauces de ese monstruo?

Oyó pasos que se acercaban y volvió a esconder rápidamente la lista en el cajón. Alfonso entró y se dirigió a la estantería, repleta de códigos y leyes de todo tipo.

—Disculpa, necesito unos libros, enseguida me marchó. —Su hermano cogió unos volúmenes y se marchó.

En ese preciso instante, Guillermo halló la respuesta. Ninguna de las vidas que constaban en esa lista tenía el inmenso valor que para él tenía la vida de su hermano. Así que, por mucho que le doliera, tomó la determinación,  con lágrimas en los ojos,  de volverse un asesino.

CONTINUARÁ.

 

 

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