Literatura

Vivencias Judiciales-“Una Difícil Decisión”. Capítulo Ocho.

Vivencias Judiciales-“Una Difícil Decisión”. Capítulo Ocho. - Literatura

De repente, se le ocurrió una idea. Descabellada, sí, pero era la única salida que encontraba, por el momento. Se dirigió al despacho de su hermano, a quién encontró sentado, de espaldas a la puerta, y cara a la pared como si fuera un niño al que han castigado por haber hecho una travesura.

—Guillermo, ¿dónde esa lista de la que me hablas? He tenido una idea. —Alfonso, se sentó frente a él—. ¿Me estás escuchando? Y mírame a la cara cuando te hablo. Aunque sea por el respeto que me debes por ser tu hermano mayor. ¿Qué dónde está esa lista?

—No tengo nada que decir, te lo he dicho todo. —Se giró, su rostro reflejaba indicios del llanto. Abrió el cajón, y le mostró el papel—. Aquí la tienes. ¿Qué piensas hacer, convertirte en un asesino tú también?

—Ni por asomo, ¿por quién me has tomado? —Respondió, mientras iba leyendo—. Aunque, bueno, tampoco imaginaba que tú fueras capaz de serlo, así que puedo comprenderte. Bien, y, ahora, pon todos tus sentidos que voy a explicarte cuál es el plan. Según me comentaste, el siguiente que tenías que quitar del mapa era Eduardo, ¿no es así?

—Así es. ¿Se puede saber qué te traes entre manos?

—Óyeme, en lugar de cuestionarlo todo.  —No tenía muy claro si debía contarle el plan, estaba muy alterado, pero no quedaba más remedio si quería que fuera un éxito. Al fin y al cabo, Guillermo era la pieza fundamental. —Vamos a hablar con todas estas personas —dijo, mientras señalaba la lista—, y vamos a decirles que finjan su muerte. Con el primero que hay que contactar es con el fiscal, mañana iré a hablar con él.

—Esto no es una serie americana, Alfonso, es la realidad. Además, ¿qué excusa vas a ponerle?

—Pues mira, ninguna. Habrá que contar la verdad, Guillermo. No se me ocurre otra forma de que nos puedan ayudar. Perdón, te puedan.

—¡Pero no te das cuenta de que si le largas todo esto al fiscal voy directo a la cárcel! Además, ¿qué pruebas voy a presentar? ¿Una lista? ¿Una lista que no está ni firmada, ni nada de nada? ¿Eres consciente de que, “El Balas”, podría negarlo todo? ¿Decir que esa no es su letra? —Se levantó, y comenzó a andar de arriba abajo por la oficina—. De todos modos, todo es por tu culpa, tú trajiste a ese hijo de puta a este despacho, y, encima, me lo endosaste a mí. Te dije que nos traería problemas, Alfonso, ¡te lo dije!

—Guillermo, escucha. —Se levantó, se acercó a su hermano y le puso una mano en el hombro, que fue rechazada.

—No, escúchame tú a mí. Por culpa de ese mal nacido, ¡Dani, está muerto! Y, encima, van y dicen muerte natural. ¡Y una mierda! Mira, ¿sabes qué?, me da igual. Habla con Eduardo, si quieres.

A la mañana siguiente, Laura llegó más pronto de lo habitual. Varias incidencias que tenía que solucionar la estaban esperando, pero, antes, la estaba esperando la más importante. Se sentó en la silla que había pertenecido a su compañero, encendió su ordenador y esperó a que le mostrara la pantalla de inicio. Cuando se lo pidió, puso el usuario y la contraseña que el propio Dani había modificado antes de morir y cruzó dedos para que le permitiera el acceso sin ponerle ningún tipo de problemas. Bien, en realidad, la había modificado ese fatídico día de nuevo, pero esperaba poder entrar con la anterior. Por suerte, la fortuna le sonrió, así que una vez metida en el sistema, se dedicó a indagar. Miró el móvil, y vio que eran las nueve. En diez minutos tenía que realizar el soporte de una videoconferencia, aún no había averiguado nada y se sentía fatal. “Bueno, no pretendas dar con la solución el primer día, Laura, —Se dijo—, Zamora no se ganó en una hora”.

Alfonso entró en la oficina de fiscalía, saludó a las funcionarias, y preguntó por Chema, quién se encontraba de baja laboral por problemas de salud desde hacía ya más de un año. Después del interés, solicitó tener una cita con Eduardo, verdadero motivo por el cual había ido hasta allí. Gracia le comentó que en ese preciso instante se encontraba en Ciudadela, pero que a esa hora ya tenía que haber llegado. Y, lo que son las casualidades, el fiscal hizo acto de presencia.

—Dejo los expedientes en mi despacho y me voy a tomar un café, lo necesito. —Dijo al entrar—. Buenos días, Alfonso, ¿ocurre algo?

—Venía a hablar contigo. Es un problema muy grave, que no admite demora.

—Por tu semblante, entiendo que sea así, pero, el tiempo de tomar un café sí podrá esperar.

—Me temo que no. ¿Qué te parece si te invito y te cuento?

—Como quieras, dame dos minutos. —Los que tardó, Eduardo, en dejar los autos sobre la mesa y la toga en el armario—.  No tardaré en volver, por si preguntan por mí.

—¿Me lo puedes volver a repetir? —El fiscal no daba crédito—. Perdóname, es que me ha parecido oír que fue tu hermano quién asesinó a ese abogado.

—Es que es lo que he dicho, me has entendido perfectamente. Pero se trata de una especie de legítima defensa.

—No, no, Alfonso, eso no existe. Sé que eso duele, pero voy a tener que procesar a Guillermo.

—Comprendo, y no te estoy pidiendo que no lo hagas. Solo te pido, si has escuchado el resto de lo que te contado, que me des un plazo de tiempo, y que me ayudes. Mucha gente está en peligro, como ves.

—Sí, claro, que me haga el muerto para que así “El Balas” se confíe y… ¿me has tomado por imbécil o qué? Por cierto, ¿se puede saber qué le ha hecho, o, mejor dicho, qué le hizo Fernando a tu hermano? De todos modos, porque me lo has contado tú, que si me viene otra persona lo mando a freír monas. No tenía a Guillermo por un asesino.

—Te aseguro que yo tampoco. Está bien, haz lo que consideres oportuno. Procésalo, enciérralo, y actúa como legalmente debes hacerlo. Solo espero que no te arrepientas, Eduardo, recuerda que estando encerrado mi hermano no podrá hacer nada, pero, quizás, ese cabrón tiene otras personas para quitarte de en medio. Tú ya me entiendes.

—A ver, ¿cómo tenía pensado matarme a mí? Si es que no se puede ser bueno, me cago en todo.

—Gracias, Eduardo, de verdad, no te arrepentirás. Pues, creo que en realidad aún no lo había pensado. ¿Cómo te gustaría morir?

—¡Y yo que sé! Deja que me lo piense y te llamo a lo largo de la mañana. Ahora me voy que estoy de guardia y, además, tengo que hacer un informe. Y no hagáis nada sin antes contármelo a mí, ¿estamos? —Alfonso hizo un gesto de afirmación, se dieron la mano, y se fueron cada uno por su lado a continuar con sus quehaceres.

A Laura lo único que le faltaba ya era desmontar el ordenador de Dani a trozos. Indagó dentro del IP, del servidor, de la configuración, dentro del panel de control…Nada, allí no había ni rastro de ninguna presencia extraña. Quién sabe, tal vez se estaba obsesionando y, pese a que doliera, a su compañero sí le había dado un ataque. Decidió dejarlo estar y continuó con su trabajo, no sin antes apagar el ordenador. Una vez sentada en su silla, le dio al botón de arranque del suyo, y, lo primero que vio, fue una pantalla de color sangre en la cual rezaba: “¿Qué, morena, quieres morir tú también? Cuidado con las contraseñas…”

CONTINUARÁ

 

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Acerca del autor

unaesteladerelatos

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  • Guillermo viendo que nadie le hacía caso pensó que los muertos hablan mejor que los vivos y si él estuviese muerto no le podrían acusar de nada. Estuvo pensando mucho en la manera de hacer las cosas para que “El Bolas” también tuviese su ración. Miró su despacho y recordó un escondite secreto que tenía donde podía poner una pared sin que el que viniera se diera cuenta de que era falso y nadie se percataría de lo sucedido.
    ¿Cómo hacerlo para no levantar sospechas? Entonces, fue a hablar con el portero del edificio para poder prepararlo todo esa noche pero como desconfiaba de que algún espía estuviera husmeando por los juzgados. Recordaba lo que le pasó al ex de Estela y que nadie encontró al asesino pero en este caso era diferente y podría hacer algo para conseguirlo. Mientras estaba maquinando todas las piezas de la tela de araña, hizo unas llamadas con un teléfono desechable y consiguió las llaves a través de otra persona. En el camino hacia casa dio un gran rodeo y en las afueras había un amigo suyo quien le debía un favor.
    Cuando se enteró de la propuesta, le dijo:
    -Guillermo, esto es una locura pero te entiendo. Hace mucho que dejé el rifle pero entiendo que si es tu última voluntad pueda hacer una excepción, luego cambiaré y desapareceré de la ciudad.
    -Gracias amigo, aquí tienes las llaves. Hazte pasar por el nuevo cliente, todo lo tienes en este sobre.
    La noche era oscura y el infiltrado había montado su letal arma con láser. Al igual que una lagartija entró en el edificio sin ser visto por nadie y se escondió en ese rincón.

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