Literatura

Vivencias Judiciales-“Una Difícil Decisión”. Capítulo Seis.

Vivencias Judiciales-“Una Difícil Decisión”. Capítulo Seis. - Literatura

Dos meses después, seguían las investigaciones en el mismo punto que habían comenzado, sin conocer quién era el asesino, o asesinos. Lo que tenía más en jaque, tanto a la policía, como a la justicia, como al personal médico, era saber cómo murió Dani, puesto que el caso de Fernando era más común. Dos navajazos muy cerca del corazón que acabaron con él a la primera. “Al menos, no sufrió mucho” —Se dijo, Gemma, en su día, al practicar la autopsia. Pero, lo de Dani, era otro cantar. No compartía la decisión tomada en su día por Fernando, quién, a tenor de la declaración prestada por Laura y del informe forense realizado por ella misma, dictaminó que la muerte se había producido de manera natural. No, allí había algo más, en eso estaba totalmente de acuerdo con la informática. Pero, ¿qué? Además, ya no tenía remedio: Dani estaba muerto y bajo tierra. ¿Pedir que lo desenterraran? Sí, era una opción, pensó Gemma. Por enésima vez, recordó lo que le contara Reyes, la fiscal, de la declaración prestada por Laura, e intentó concentrar la mente para encontrar algún fleco que sirviera para terminar de construir ese rompecabezas.

—¡Les estoy diciendo la verdad! ¿Por qué no me creen? —Laura miraba a un incrédulo juez y a una alucinada fiscal.

—Mujer, ponte en mi lugar. —El juez, en sus palabras, manifestó que estaba perdiendo la paciencia—. Me estás diciendo que Dani ha entrado en vuestra oficina, por llamarla de alguna forma, ha encendido el ordenador y se le ha dicho que cambiara la contraseña, ¿es así? —Fernando hizo gestos con las manos, dándole a entender a Laura que no dijera palabra, que la pregunta era retórica—. Y, luego, coges y me saltas con que al ponerla a empezado a sudar, a encontrarse mal, a dar señales inequívocas de que se ahogaba…y que, en cuestión de minutos, ha caído fulminado al suelo. Como tú comprenderás, Laura, decirme que tu compañero a fallecido por culpa de una nueva contraseña…No sé, ahora, si quieres, me cuentas una de indios y vaqueros. ¿Tú qué dices, Reyes?

—Yo creo que lo que nos está dando a entender Laura, simple y llanamente, es que se trata de una muerte natural. —La fiscal la miró detenidamente—. Desde luego, otra cosa no cabe. Sí, Dani no tenía edad para morir. Pero, peores cosas se han visto.

—Como no me des argumentos que me hagan cambiar de opinión, —Esta vez era el magistrado quién le hablaba—, tendré que hacer caso a mi colega y dictaminar en consecuencia.

—Vamos a ver, puede que no me haya explicado bien. —Laura cruzó sus piernas—. No digo que la contraseña haya matado a Dani. Digo que se ha producido su muerte en ese instante. Creo que no es lo mismo.

—Y, aparte de los síntomas que has mencionado, ¿nada más? —Reyes animó a Laura a seguir hablando, en busca de algo que les llevara a otra conclusión. Pero, a veces, la primera impresión es la que es, aunque duela. Porque, dada su juventud, siempre era mejor que a Dani lo hubieran asesinado. Lo contrario, como parecía que era, nadie de los allí presentes quería contemplarlo.

—Que yo recuerde, no. Dani ha llegado esta mañana como de costumbre.

—Está bien, Laura, puedes irte.. —Fernando dio por concluida la declaración—. En unos días te llamaré de nuevo, por si recordaras algo que ahora se te haya pasado por alto.

Nada, pensó Gemma, no había ninguna frase, ni palabra, nada a lo que agarrarse. Bueno, seguro que lo había, aunque ella por el momento no conseguía visualizarlo. Lo único que necesitaba era no pensar en ello, tener la mente abierta y, seguro, la solución llegaría a ella como lo suelen hacer el paso del tiempo y las estaciones: solo.

Laura salió del despacho del juez y se encontró con Elena, la funcionaria de fiscalía, quién le preguntó cómo se encontraba.

—¿Cómo quieres que me encuentre? Pues echa una mierda. —Menuda pregunta, le dieron ganas de decir—. La verdad es que se me hace muy cuesta arriba llegar y ver esa silla vacía. Han pasado dos meses, pero para mí es cómo vivir cada día atrapada en el tiempo.

—Imagino. O eso creo, vamos. Aunque me parece a mí, que lo que tú pasaste no se lo puede imaginar nadie.

—Te aseguro a ti que no. Y encima van y deciden que ha sido muerte natural, no te digo…

—Y tú no compartes esa opinión, claro.

—¡Por supuesto que no! Mira, yo no entiendo de leyes, ni de medicina, pero lo de Dani no fue nada natural,  te lo aseguro. Sé muy bien lo que he visto, Elena. ¡Ostras, que se murió a mi lado!

—Vamos, Laura, no te alteres. Lo que tienes que hacer es contárselo todo a Fernando, sin dejar ningún detalle.

—Elena, pero si ya lo hice en su día, y ni él ni Reyes creyeron ninguna de mis palabras. Pero, no te preocupes, que ya haré algo por mi cuenta. Te aseguro que esto no quedará así. Dani no se lo merece.

—¿Qué estás queriendo decir? —Elena miró a la informática, preocupada—. No vayas a meterte en un lío, Laura.

—No te preocupes por mí, se cuidarme sola.

—Solo te digo que no te metas en problemas y no quieras jugar a las películas de detectives tú sola. Si necesitas ayuda, ya sabes dónde encontrarme.

—Gracias, Elena, lo tendré en cuenta.

—No tienes por qué darlas. Bueno, voy a llevarle a Andrés el expediente del caso de Fernando, el abogado. Por cierto, ¿cuándo podrás venir a arreglarnos el sistema?

—Creí que los funcionarios de auxilio os traían los expedientes. Si puedo, me pasaré antes de acabar el día.

—Es que he ido un momento al otro edificio y me venía de paso. Otro caso que no hay por dónde cogerlo, aunque al menos es seguro que lo mataron.

—Pues sí. Y, ¿cómo está, Alejandra? La vi muy afectada el día del funeral. Lógico, por otro lado, era su marido.

—Sí. La verdad es que ha sido un duro golpe para ella, la pobre. Siempre tan alegre y jovial, y ahora no es ni la sombra de lo que fue. Bien, voy a llevarle esto a Andrés, nos vemos luego.

Laura se despidió y se dirigió a la oficina de decanato. Celeste y Tonia atendían a dos mujeres, así que esperó en la entrada. Cuando vio que salían, entró.

—Hola, chicas, ¿qué tal? —Les preguntó, mientras se sentaba en un silla—. ¿Podéis hacerme un favor? No tendréis el número de teléfono de Estela, por casualidad.

—Sí, claro, espera un momento. —Tonia sacó su móvil del bolso—. A ver que lo busque…

—Gracias. —Y, sin más, se puso en pié, salió de la oficina, y llamó al móvil que le acababan de facilitar.

Alfonso terminó de hablar con unos clientes, salió de su despacho y se dirigió al de su hermano. Guillermo seguía insistiendo en que no le pasaba nada, pero sabía que mentía. Llevaba meses con una actitud muy extraña, siempre a la defensiva, y respondiendo de malos modos a todo lo que se le preguntaba. Además, a su ahora arisco carácter, se añadía que prácticamente no salía de su oficina, delegaba con alguna excusa sus juicios a Ana o a él, y tampoco salía con sus amigos. En cuestión de meses, la alegría de su hermano, se había convertido de la noche a la mañana en la mayor de las tristezas y a él le daba rabia no poder ayudarle.

Después de dos meses sin tener noticias, Guillermo pensó que “El Balas” se había olvidado de él. Quién sabe, a lo mejor con un poco de suerte ya puedo volver a hacer vida normal, pensó. Naturalmente, era una forma de hablar. Nada volvería a ser normal, y menos desde aquel fatídico día.  Recordó cómo su amigo le recibió en su bufete con los brazos abiertos, tan jovial y atento como acostumbraba Fernando, y él solo había respondido con dos puñaladas. Seguro, se dijo, que ese cerdo ya tiene suficiente. Pero, como pasa siempre, Murphy aparece cuando menos te lo esperas. Esta vez, en forma de llamada.

—¿Sí? Dígame, ¿con quién hablo? —El número era desconocido para Guillermo, pero, aún así, respondió. No se sabía nunca cuando podía llegar un nuevo cliente para el bufete—. Se sentó y esperó.

—Hola, abogado. ¿Has pensado mucho en mí durante todo este tiempo? Porque yo en ti, sí, te lo aseguro. —La voz de “El Balas” se oía desde el otro lado de la línea—. Supongo que creías que el juego se había terminado, ¿verdad? No te hagas ilusiones, solo he estado un tiempo fuera por cuestiones médicas. Pero, he vuelto, así que ya sabes qué tienes que hacer. Date prisa, porque, como te dije en su día, no me queda mucho tiempo.

Y, sin más, colgó. Guillermo se levantó y se dirigió raudo a la calle. Necesitaba tomar aire, aunque en esos instantes se ahogaba en cualquier lugar. Eso hizo que recordara la muerte de su amigo, y se hundió aún más. Pensó que ya podía ver luz al final del túnel, pero esa llamada le hizo ver que no era así. Seguía en un callejón sin salida, y siendo la marioneta de un desalmado.

CONTINUARÁ.

 

 

 

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