Literatura

Vivencias Judiciales-“Una Difícil Decisión”. Capítulo Siete.

Vivencias Judiciales-“Una Difícil Decisión”. Capítulo Siete. - Literatura

CAPÍTULO SIETE

Volvió a preguntarse si debía correr el riesgo y contárselo a alguien. Difícil decisión: ahora, no solo era el peligro de que Ricardo Arias, “El Balas”, tomara cartas en el asunto, sino que también lo hiciera la ley. No podía olvidar que se había convertido en un asesino, y la única persona que le venía a la mente era, Alfonso. Al fin y al cabo era su hermano, sangre de su sangre, sabía que no le delataría. Pero, al mismo tiempo le hacía dudar, ¿hacia qué lado de la balanza se inclinaría, Alfonso? ¿Le ayudaría y callaría, o, por el contrario, haría que cayera sobre él todo el peso de la ley? “Creo que ese canalla no te ha dado muchas opciones. —Se dijo a sí mismo—. O matas por segunda vez, o hablas con Alfonso”. Miró el cenicero y los papeles que aún estaban allí, y, como si alguien hubiera accionado un botón y guiado sus pasos, cogió uno de los papeles: “Eduardo”.

Laura, una vez conseguido el teléfono, llamó a Estela sin pérdida de tiempo, y le contó a grandes rasgos lo que se le había ocurrido.

—¿Puedo contar contigo, verdad? —Tomó un sorbo de café, mientras esperaba respuesta.

—Sabes que sí. Pero, ¿estás segura que quieres correr ese peligro? —Estela era consciente del riesgo al que, Laura, se enfrentaba. Aunque, también, era consciente de que tal vez era la única forma de poder dar con quién había matado a Dani.

—No, claro que no estoy segura. Es más, estoy cagada de miedo. Pero, de momento, la única posibilidad es que me meta dentro del ordenador de Dani a ver si encuentro algo que nos ayude. Mejor dicho, que le ayude.

—Está bien. ¿Qué te parece si quedamos mañana y lo estudiamos con calma? Ahora no puedo seguir hablando, ya me entiendes. De todas formas, no comprendo qué quieres de mí, la entendida en informática eres tú. Por cierto, ¿sabes si van a mandar al sustituto pronto?

—Ni idea. Mira, por un lado tengo ganas que llegue, pero, por otro, quiero que esa silla continúe vacía. Es más, yo accederé a su ordenador desde el mío. Conozco muy bien cuál era su usuario y contraseña. Bueno, eso si no me dice a mí también que la cambie.

—Sigues con las mismas, por lo que veo. Oye, mira, Laura, en serio, no puedo seguir hablando, tengo gente en la puerta. Te llamo mañana.

Estela colgó el teléfono y se guardó el móvil en su bolso. Después, abrió el documento correspondiente e hizo pasar a la primera persona que aguardaba.

Guillermo contempló durante unos segundos el papel. Así que le había llegado el turno al fiscal. “Sí señor” —Se dijo—. “Eso es apuntar alto y lo demás tontería”. “No, ya basta, correré el riesgo, y ya está”. —Decidido, se levantó y salió de la oficina—. “Total, ¿cómo puedo decir que le tengo miedo a la ley, cuando ya estoy condenado?

La puerta de la oficina de su hermano estaba medio abierta, así que lo aprovechó para introducirse en su interior sin pérdida de tiempo.

—¿Se puede? Tengo que hablar contigo de una cosa muy importante. —Se sentó, esperando a que Alfonso se pronunciara. Pero éste, estaba totalmente absorto,  fijando la vista al ordenador y a unos papeles que había sobre la mesa—. ¿Me estás escuchando? —Preguntó, elevando algo el tono de voz.

—Perfectamente, no soy sordo. —Alfonso, con cara seria, miró fijamente a su hermano—. ¿Vienes a contarme que demonios te está pasando, y el motivo por el que llevas meses así de raro? Mira, si es así, adelante. Si no, como puedes ver, tengo mucho trabajo. Tú mismo.

—No es fácil, Alfonso. Pero, ahora que he tomado esta decisión, no puedo echarme atrás, pese a que me odiarás con todas tus fuerzas.

—Yo no podría odiarte nunca, Guillermo, eres mi hermano. A ver, ¿qué pasa? —Cerró el portátil y apartó los documentos, fijando toda su atención en la persona que tenía frente a él.

—¿Te acuerdas hace unos meses, que vino “El Balas” a verme? —Cruzó las piernas, y siguió hablando—. Ese día, comenzó mi condena.

Guillermo se lo contó todo, con todo lujo de detalle. De vez en cuando, miraba a su hermano, y callaba, a la espera de alguna reacción. Pero, al ver que ésta no llegaba, seguía contándole a Alfonso lo que, para él, estaba siendo una pesadilla.

—Eso es todo. —Se hizo el silencio—. ¡Vamos, dime algo, no me tengas así!

—Márchate. —Señaló la puerta con un gesto de cabeza—. Necesito asimilar todo esto.

—Alfonso, por favor, no me dejes así. —Se acercó más, fijando la mirada en los ojos de su hermano—. ¡Necesito tu ayuda!

—Y yo necesito digerir que mi hermano es un asesino. ¡Fuera! —Lo dijo con tanta fuerza, que no sería nada extraño que se hubiera oído en la otra punta de la ciudad.

Cuando salió, Alfonso se puso en pié y comenzó a dar vueltas por el despacho. Su sentido del deber, su afán siempre de justicia, le empujaban a entregarle. Pero, por otra parte, Guillermo era su hermano, y su amor por la familia se lo impedía. Ahora, él también estaba sentenciado.

CONTINUARÁ.

 

 

 

 

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