Literatura

Vivencias Judiciales

Vivencias Judiciales - Literatura

Eran casi las diez de la mañana y me disponía a coger los expedientes y bajar a sala. Hoy; final de julio, último día del año judicial, avecinaba ser, como todos los años, una jornada de agárrate y no te menees. Sin ir más lejos, a mí después de los últimos juicios me esperaba una visita al centro penitenciario y realizar varias notificaciones que de buen seguro no iban a alegrar la vida a sus destinatarios.

Después de tanto tiempo, una pensaba que tanto los profesionales: abogados y procuradores; como los funcionarios al servicio de la administración de justicia habríamos aprendido algo y la cosa iría más calmada. Pero no, el inicio en septiembre y el final en julio seguía siendo un “¡socorro, que no llego!”

Aún sentada, pude ver en el pasillo, a través de la puerta acristalada que da acceso a la oficina civil, a Guillermo, uno de los abogados más jóvenes de la ciudad, con quién me unía una gran amistad. Estaba hablando con una pareja, de buen seguro sus clientes, y pensé, puesto que no entró en la oficina, que su presencia allí se debía a trámites con mis compañeras de la oficina penal. No quise pensar más en ello, cogí los procedimientos y salí de allí. Pero en cuanto me vio en el pasillo se dirigió a mí.

—Hola, Estela, a ti te buscaba. —Su voz me recordaba mucho a la de su padre, que falleció del maldito cáncer a principios del año pasado y no pude por menos que emocionarme momentáneamente: era un gran hombre, una persona que te hacía ver que el mundo de la justicia, pese a los grandes escollos que en ella existen, tenía algún sentido. Ahora, después su triste muerte, dejaba ese legado a sus hijos que, estoy segura, sabrían llevar muy bien esa herencia. Bajo mi punto de vista, en ese sentido, Alfonso marchó tranquilo—. ¿Podrías hacerme un poder para pleitos?

—Imagino que es para contestar a una demanda que nos ha entrado aquí, ¿verdad? Pregunta entonces a quién lleve el procedimiento, ella te lo hará. Como bien sabes, yo solo me encargo de las demandas nuevas.

—Es que es eso a lo que vengo —dijo mirándome con ojos de súplica—. Si no tendré que esperar a septiembre. —Teniendo en cuenta que agosto es inhábil, no me pareció tanto drama.

—Guillermo, yo no puedo hacértelo, y no porque no quiera. Me conoces muy bien y sabes que no me van los escaqueos, pero esta semana le toca turno al juzgado número tres. Así que, sintiéndolo mucho, tendrás que ir al edificio de enfrente y pedírselo a Ana.

—¿No me podrías hacer el favor? El horario que tiene tu compañera ha acabado hace diez minutos. Sí, lo sé, es culpa mía—A la mirada de súplica, se unió la voz de ruego, el matrimonio no sabía dónde meterse—. Te juro que te recompensaré.

—Sí, claro. No me tientes, que no te conviene… Y, ahora, si me disculpas, debo bajar. Tenemos juicios.

—Venga, —insistió, recordándome esa película de Paco Martínez Soria, “Don erre que erre”—. Es la primera vez que te pido un favor —En eso tenía razón, Guillermo no formaba parte de la lista negra.

—Está bien, te lo haré. —dije volviendo de nuevo a la oficina, mientras les pedía la identificación a sus clientes y les pedía que esperaran unos minutos a que yo rellenara el documento en cuestión.

—No sé cómo darte las gracias, de verdad —Se sentó en la silla que se encontraba frente a mí mesa para facilitarme los datos del poder.

—Tú tranquilo, que ya encontraré yo la forma. Y no te asustes…que no será obligarte a sacarte el carné de mi equipo de fútbol…

—Ostras, Estela —terció, Elena, metiéndose en la conversación—, eso sería tener mucha mala leche. Pobre Guillermo.

—Eso, más bien, sería hacer que demostrara algo más de inteligencia. —respondí—. Bien, no perdamos más tiempo que, si llego tarde al primer juicio, puede liarse la marabunta. Menos mal que ya lo tengo todo preparado. Cuatro vistas el último día de año judicial, ¡toma castaña!

Terminé de crear el documento, imprimí dos copias y Guillermo hizo pasar al matrimonio para que dejaran plasmada su rúbrica y, acto seguido, y dada la urgencia para presentar la demanda, me rogó a ir a pedirle a la letrada si podía firmarlo y no esperar a septiembre. Teniendo en cuenta lo quisquillosa que era mi superiora, era como si Guillermo me hubiera pedido entrar en la boca del lobo.

—Te recompensaré, te lo juro —Viéndome la cara, igual no podía decir otra cosa.

—Déjalo, anda, espera un momento. Ah, y conociéndola, —Le dije por lo bajinis—reza todo lo que sepas.

Volví al cabo de unos minutos; sorprendentemente, la letrada no había puesto pega alguna, y le di el documento a Guillermo.

—Hala, mi parte de la misión, cumplida. Ya puedes ir a decanato a hacer el resto.

En cuanto terminé de decir esas palabras, se oyeron unos gritos: un hombre de unos cuarenta años, de complexión normal, vestido de manera descuidada con pantalón corto y camiseta de tirantes subía por las escaleras escoltado por tres Policías Nacionales (estas cosas no las entenderé nunca: tanto uniforme para un solo hombre) y gritando a todo pulmón: “¡os vais a enterar, cabrones!, ¡sois unos inútiles!, ¡tengo mis contactos!”. Bien, y varias cosas más que ahora no recuerdo. Me despedí de Guillermo y sus clientes y me encaminé al ascensor sintiéndome afortunada de tener juicios.

Pero no duraron mucho; es lo que pasa cuando los demandados está en rebeldía, así que cuando subí de nuevo a la oficina el hombre estaba ahí. Eso sí, ya se había callado y permanecía sentado en el pasillo escoltado a ambos lados por un policía y uno que se encontraba frente a él.

—Madre mía, menudo ambientazo, ¿eh? —dije a las compañeras en cuanto entré—. ¿Quién será ese hombre? ¿Alguien lo sabe?

—¡Estela! ¿No lo conoces? Qué fuerte —me dijo Pepi.

—¿Debería? —pregunté, porque la verdad es que no me sonaba de nada.

—Estela —Esta vez era nada más y nada menos que su señoría, que había hecho acto de presencia hacía escasos minutos, quién se dirigía a mí—. Es tu ex, Miguel.

Si me hubieran pinchado, no sangro, de verdad. ¿Cómo que Miguel? No, no podía ser. Por la cara que puse, me da que todos adivinaron mis pensamientos, sobre todo, Carlos, el juez, porque me dijo.

—Se le ve muy cambiado, ¿verdad? Es lo que tiene ir por el camino recto y torcerse. Bien hiciste alejándote de él, no te hubiera traído nada bueno.

—Pero, ¿qué ha hecho? —La verdad es que desde que dejamos la relación, haría más o menos año y medio, no habíamos vuelto a vernos. En ese lapsus de tiempo, por lo visto, había cambiado mucho. De repente, me di cuenta de que no me saludó al llegar, ¿o no quiso saludarme? Tampoco acabamos tan mal, pensé, fue una decisión de mutuo acuerdo.

—Meterse en negocios que no le convenían. Tranquila —siguió refiriéndome el juez—, que no hay sangre de por medio; pero sí bastantes miles de euros robados, y se supone que él sabe mucho al respecto. Algunos chanchullos se remontan a cuando tenías relación con él; así que, como te he dicho antes, de buena te has librado.

—¡No creo que se atreva a dar mi nombre! —exclamé toda asustada—. Juro que no sabía para nada…me estoy enterando ahora mismo.

—Lo sé, tranquila. Bueno, voy a preguntar a Reyes si lo tiene todo listo y me voy a interrogarle. A ver que milongas me cuenta.

Me entraron ganas de preguntar si podía asistir al interrogatorio, pero se fueron de inmediato al ver el rostro de Pepi, el cual me decía: “déjalo”, así que continué con mi trabajo.

Alrededor de las once de la mañana, entró mi compañera, Reyes, para hacer unas fotocopias y no pude por menos que preguntar. Al fin y al cabo, pese a que en estos momentos no me importaba, Miguel fue alguien que en el pasado sí me importó.

—¿Y bien? ¿Qué ha pasado? —Seguía fotocopiando sin volver la vista—. ¡Vamos, habla! —Le dije.

—Tranquila… Ahora firmará la libertad con cargos y tendrá que venir una vez al mes hasta la fecha de juicio. No puedo contarte más, lo siento. Por cierto, ha pedido hablar contigo antes de irse. —Ahora sí que lo flipé en colores—. El juez le ha dicho que solo si tú querías y siempre con un policía delante. No ha puesto objeción.

—Está bien, hablaré con él, pero sin escolta. Agradezco la preocupación de su señoría, pero no es peligroso. Al menos, conmigo.

Pasados diez minutos, me encontraba sentada frente a Miguel en la biblioteca que teníamos al fondo del pasillo con un policía agazapado a la puerta.

—¿Qué quieres, Miguel? —La verdad es que me dio lástima.

—Nada, necesitaba decirte que soy inocente, hay más gente detrás de todo esto.

—Claro, y tú eres un santo. Mira, no sé que es “todo esto” y tampoco necesito que te justifiques ante mí. Es a la justicia a quién tendrás que rendir cuentas. Y ahora, si me disculpas, tengo muchísimo trabajo, más del que quisiera. —Me levanté, haciéndole entender a Miguel que la conversación había terminado, y le dije adiós con un tono de voz elevado, para que el policía agazapado en la puerta se percatara y se lo llevara de allí, se lo llevara definitivamente de mi vida.

FIN

 

 

 

 

 

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