Sociedad

Vivir Los Veinte A Los Treinta

Vivir Los Veinte A Los Treinta - Sociedad

  Él sabe que está perdiendo el tiempo tanto como yo. No me va a contratar. Presto más atención a la gota de sudor que le resbala hasta el cuello de su espléndida camisa que a lo que dice. Habla en tono monótono pero con unas sonrisa de las de percha encajada en la mandíbula. Condiciones laborales aceptables para los tiempos que corren, posibilidades de promoción y un ambiente laboral maravilloso de la muerte, parece que el buen rollo que se respira te va a pagar el alquiler a juzgar por el forzado entusiasmo del entrevistador.
  Deduzco que es una de esas empresas dedicadas a lo que llamo “estafas chupi-chulis”. De buena mañana formas corrillo con tus compañeros, uniendo las manos a lo hooligan. Suelen vociferar algún grito de guerra absurdo, seguramente copiado de algún cursillo de motivación empresarial al que asistió el de la camisa espléndida. Una de esas empresas que te vomitan al exterior tras digerirte lo justo; una calle céntrica, la entrada de un centro comercial o, lo peor y más agresivo, una urbanización en la que pasarás el día puerta por puerta. Una de esas empresas en las que, si consigues entrar, lo primero que cuestionas es la legalidad de sus métodos de venta.
  Pero con treinta y tantos… ya no eres una veinteañera. ¿Qué implica eso? Primero: que un considerable porcentaje de los potenciales consumidores ni siquiera se pararan a fingir escucharte. Segundo y más importante: que ya te los ves venir porque por desgracia ya conociste unas cuantas de estas en tus primeros pinitos laborales y que, por norma general, la madurez conlleva la construcción de los principios morales que las malas experiencias nos han inspirado.
  Estrecho su mano y salgo sabiendo que, en el fondo, solo puedo sentirme culpable por desear que no me llamen porque, de hacerlo y con los tiempos que corren (y que muy cruelmente me han recordado) en pocos días estaré en un corrillo a lo hooligan esperando que al menos las comisiones me den para unos meses de supervivencia.
  En el autobús de vuelta a casa una disfruta mirando por la ventana, inmersa en la música de los auriculares… me sale la vena adolescente, oye. ¡Qué videoclip más apañado me estoy montando en la cabeza! Tengo que acordarme de poner el movil en modo silencio cuando escucho música; notificación… Esa web donde buscas hombres como palpas melones en el hipermercado parpadea en la pantalla. Tengo que borrar el dichoso perfil, ya me he cruzado con un vecino que acabó poniéndose pesado, con otro que ahora ni me mira y con dos amigos de mi hermano con el consiguiente cachondeo del niñato añadido, claro.
  Como no ya dispongo de una encantadora colección de fotos de miembros…digamos ‘viriles’. De tantos tamaños, formas y tonalidades que empiezo a plantearme que muchos de ellos no deben haber visto otra en su vida. Parecen tener hasta carácter; a veces observando la foto (si consigues aguantar la risa, claro) intuyes si son tímidas, creídas, coquetas o perezosas. Ninguna de esas características han hecho que cruce en mi mente el pensamiento esperado del dueño de la susodicha herramienta: “¡Oh! Necesito ser poseída por esa minga, aunque no haya visto ni el cogote de su propietario!” No me dejaban poner una foto del gato en el perfil; me parece un fantástico método para ahuyentar linces, bomberos retirados y demás partidazos. La borraré cuando llegue a casa.
  Dejé la lavadora sin tender… Abro y olisqueo… huele a humedad. Oigo el sonido de las monedas caer en mi cabeza mientras giro la destartalada rueda hasta el programa rápido. Después me tocará girarla hasta descarga y por último al centrifugado. No, no gira sola, dejadla, angelita mía…el amarillo hueso que ha adoptado (hueso de muerto, diría yo) es una súplica a gritos que la lavadora y yo sabemos que ignoraré hasta que ella misma decida poner fin a su dura existencia de uniformes grasientos de cocina y mantas embutidas a la fuerza en el tambor.
  Abro la agenda. Muy cuqui ella por cierto, con sus frases motivacionales, su lista de eventos a los que asistir y sus pegatinas… en concreto una muy simpática de un reloj sonriente me mira junto a la anotación “Enviar crítica estreno ‘Miracle season’”. Otra flecha pegada, azul ella, con sus ojitos y su sonrisa, señala una fecha… la de hoy. Que patada en la boca les daba al reloj y a la flecha sonrientes…
  Cierro la agenda, bailo con el gato, el perro ladra, el vecino golpea la pared…río y canturreo “¡perdón, buenas noches!”. El vecino golpea, suelto al gato, acaricio al perro y a la lavadora, que me pide paciencia. Enciendo el pequeño termo eléctrico esperando no olvidarme para no tener que volver a esperar a que se caliente mientras las monedas caen tintineando en mi cabeza. Si no se queda templada el agua cuando me aclare el pelo debería darme un par de pasadas de cuchilla aunque sea de rodillas a tobillos. Carajo, casi tengo que calcular los segundos que puedo alzar el mentón, cerrar los ojos y dejarme acariciar por el agua casi hirviendo.
  Ducha, afeitado rápido, muestra de champú reparador, tónico facial del supermercado y crema de pepino de dos euros. Lavadora y sabrosa cena al microondas. El día acabó. A mi día le quedan un par de horas de trabajo de corrección. Es solo una colaboración, una línea más en ese currículum que parte de cero desde hace apenas un año. No más empresas de “estafa chupi-chulis”, no más cocinas por fregar, no más portazos o maldiciones al teléfono…algún día. Porque una se come el mundo hasta que el mundo se la come a ella y la escupe, y una vez escupida una tiene que reciclarse para que lo escupido sea útil y se convierta en un material nuevo, más resistente. ¿Porque ahora? No importa, puede que algunos crean que ya es tarde. Yo creo que hay que solo hay que atreverse a tener más de treinta. Porque, como dice mi madre, hoy en día vivimos los veinte a los treinta.
 ¿Te atreves?

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Acerca del autor

Elia Rios

1 comentario

  • Se hace difícil creer en algo hoy día, tener esperanza de futuro. A veces se hace difícil hasta determinar si avanzamos o retrocedemos en la búsqueda de una sociedad ideal. Debatimos con nosotros mismos y con cierta seriedad algunos asuntos filosóficos, pero casi nunca los valores que los sustentan, porque ya no los reconocemos. Cuando se trata de principios, tenemos que contentarnos con la difusa invocación de esos conceptos que agradan a nuestra conciencia. Pero, ¿quién está al mando de la comunidad? ¿Quién regula la igualdad, la democracia, la justicia social o la libertad? Tal vez los más capaces para la abstracción sean los que avanzan en la dirección correcta. Si es que podemos decir que es correcto abstraerse para no pararse a pensar en los valores que nos perdemos.
    Excelente reflexión sobre una realidad social sometida a una crisis nacida de profundos errores cometidos por unos pocos y que todos pagamos.

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