Literatura

Vlanysk



Vlanysk - Literatura

Sigo con mis relatos, el que os traigo tiene 22 años de antigüedad. Espero que lo disfrutéis tanto como los anteriores.

Estaba destrozada.

Siempre había estado buscando a alguien como él, y cuando creía que lo había encontrado, el sueño le duró demasiado poco tiempo.

Lo peor de todo era que no comprendía demasiado bien las causas de su muerte: si hubiera fallecido por alguna causa, por algún ideal… pero no. Únicamente, pasaba frente al local de aquella sucursal bancaria cuando explotó el coche-bomba.

Había salido con multitud de chicos, pero sólo con él se sentía lo suficientemente correspondida como para poder afrontar el compromiso de formar una familia, porque le transmitía la suficiente seguridad que le permitía saber que jamás la defraudaría. Siempre estaba atento a sus necesidades, a sus pequeñas cosas cotidianas, y supo desde hacía ya unos meses que él era el hombre con el que quería envejecer.

– ¿Por qué no podía ser así? – se lamentaba. – ¿Es que sólo los demás tienen derecho a ser felices, y yo no?

Todas sus ilusiones por seguir viviendo se desvanecieron cuando se enteró de la tragedia. No le había dado tiempo a reaccionar, ni siquiera darse cuenta de lo que le deparaba el destino; ni un movimiento extraño, ni un paso en falso… murió al instante.

Días antes habían estado hablando sobre la posibilidad de contraer matrimonio, y durante aquellos días estuvo saboreando la deliciosa felicidad que le llenaba todo su ser, hasta el punto que apenas le importaba que la hubieran despedido jornadas antes del trabajo. Así tendría todo el tiempo para poder dedicárselo a él.

Hubiera dado su vida por estar a su lado en aquel momento, pero el destino quiso que fuera él quien condujera aquel día, y no ella, como solía ser la costumbre. Su coche se encontraba estacionado junto al de los terroristas, y quedó reducido a un amasijo de hierros y plástico, mientras que su cuerpo se encontraba diseminado a lo largo y ancho de la calle.

¿Qué pasaría con su amor? Se estaba quedando vacía de tanto sufrimiento. Lo quería con toda su alma, y estaba completamente segura que él también, pero sin su presencia no encontraba las fuerzas suficientes para seguir viviendo.

 

Varios días más tarde, viviendo sin vivir porque no sabía cómo dejar de hacerlo, se enteró que las Fuerzas de Seguridad del Estado habían capturado al individuo que había colocado el artefacto explosivo que arrancó de su lado a Enrique. Fue juzgado rápidamente, y condenado a ciento cuatro años de cárcel que, por buena conducta y demás rebajes penitenciarios, estaría en la calle a los quince o veinte años.

¿Eso era justicia? Esther estaba convencida que en prisión se lo pasaría mucho mejor que en la calle, ya que en ésta tendría una razón para estar huyendo como un cobarde, mientras que encerrado no tendría que preocuparse por lo que comer o dónde dormir. Y, para colmo, después le pagarían un sustento, como si hubiera trabajado todos esos años.

– Así, – pensaba – con razón los terroristas siguen matando a gente inocente.

Durante una de las noches siguientes, después de hacer pública su condena, fue consciente de algo que jamás había sentido en su interior, y aunque había oído hablar de ella en círculos herméticos, jamás creyó nada de lo que dijeron.

Se trataba de la Vlanysk, una capacidad de la mente humana para poder experimentar sentimientos ajenos. Ese término había sido acuñado por una vieja señora del norte de Europa que hizo padecer durante años a los asesinos de su hijo de las mismas perversiones que le hicieron a éste antes de asesinarlo. Con el paso de los años, se fue especializando, de manera que sólo algunos iniciados tendrían acceso a ella; por causas que nunca llegaría a comprender, su madre perteneció a un grupo que se disolvió, y antes de morir quiso transmitirle a su hija aquel conocimiento.

Muchas veces le dijo que, cuando adquiriera la preparación mental adecuada, ese poder germinaría en su interior, ya que los primeros miembros habían descubierto que se podía transmitir genéticamente a las futuras descendencias y, con el debido entrenamiento en la niñez, no se perdería en el olvido.

Aquella noche, sintió en su propio ser cómo una parte de su mente se desplazaba hacia otro lugar. Su cuerpo permanecía allí, y parte de sus pensamientos también, pero era empujada cada vez con más fuerza hasta una habitación en concreto de su mismo bloque de vecinos.

¿Qué estaba ocurriendo allí? Un hombre estaba golpeando duramente a un chico, de unos quince años, mientras que su madre estaba tendida en el suelo, inmóvil.

¿Qué podía hacer? Sentía cómo el odio de ese hombre se descargaba una y otra vez sobre el chico, y éste intentaba acercarse a su madre. Fue entonces cuando se sintió conducida hasta la mente del hombre: allí descubrió el vacío mental de ese ser que sentía celos de su hijo al ser querido por su propia madre, mientras que a su marido lo dejaba de lado. Su madre le dijo que, en ese momento, pensara en el sentimiento de amor más puro que pudiera tener, y recordó a Enrique.

El hombre se detuvo, con los ojos muy abiertos. Dejó penetrar en todo su ser aquella sensación, tan nueva, tan distinta, y recordó que hubo un tiempo en el que él amó así. Sólo se había vuelto más viejo, junto con las preocupaciones de la vida, que habían conseguido hacerle olvidar aquel sentimiento tan hermoso que sintió cuando era joven, por la que sería su mujer.

Se volvió y la vio tirada en el suelo. ¿Qué estaba haciendo? La recogió y, sin dudarlo más de un instante,  la trasladó al hospital.

 

A la mañana siguiente, Esther fue consciente de lo que había hecho. Había conseguido hacer sentir a aquel hombre los recuerdos dormidos de su amor pasado, y conseguir así que toda su ira, su odio y sus celos desaparecieran de su cuerpo.

Aguardó ansiosamente la llegada de la noche, pensando durante todo el día lo que iba a llevar a cabo.

Cuanto más tiempo lo pensaba, más convencida estaba que en la cárcel, el que odia, odiará más cuando salga; eso de una reconversión para reintegrarse en la sociedad era algo que sólo los políticos estaban dispuestos a creerse. ¿Cómo se podría hacer llegar a alguien el sufrimiento que ha causado? Ella tenía una meta, y sabía a quien la podía aplicar.

Llegaron las doce de la noche, y cuando se acostó en su cama, estuvo pensando en el terrorista que ajustició al mejor hombre que había dado sentido a su existencia. Sabía que jamás encontraría a otro así, de manera que todo lo que hiciera, sería poco para volver a recobrar el camino.

La Vlanysk surgió de su mente con mucha más fuerza que la primera vez: ahora se había completado la experiencia, ya que había sido llamada desde el plano consciente. Sintió desplazarse hasta donde se encontraba su objetivo, y una vez que lo observó con los ojos de su mente, comenzó a explorarlo en busca de los sentimientos que habitaban en ese cuerpo.

Para su sorpresa, encontró que había disfrutado del sexo, pero sin amor. Su vida había sido un continuo trasiego de placeres, en el que el amor no había tenido cabida. Tuvo hijos, pero como el que participa en un sorteo de un bingo o de una máquina tragaperras: jamás en su vida había sentido el más mínimo amor por nadie.

Eso era todo un problema. Con razón era capaz de sesgar las vidas de los propios miembros de su especie, sin importarle sus sentimientos, sólo por el estúpido fin de conseguir algo por la fuerza, cuando en realidad lo que se consigue es su pronta desaparición, como la historia ha demostrado con el paso de los siglos.

 

Durante muchos días, estuvo dándole vueltas a la cabeza, porque debía encontrar la manera de conseguir que aquel ser aprendiera lo que es el amor, como único castigo posible. Su madre, tan sabia como siempre, le había dicho en multitud de ocasiones que lo mejor que podía hacer por este mundo era dar amor, por muchas tristezas que tuviera que afrontar, ya que algún día se vería recompensada.

Cuando ya lo creía todo perdido, encontró la solución, de manera que aquella noche se desplazó a la celda de su querido terrorista. Ya que él había sido incapaz de reconocer el amor humano en su existencia terrestre, descubrió que hay un momento en la vida de cada persona en el que se experimenta en toda su plenitud.

Para ello, la Vlanysk le sería de gran ayuda:  lo despertó de su sueño y viajaron mentalmente hacia uno de los muchos lugares de la tierra en los que en ese momento se podría estar produciendo ese gran acontecimiento.

Erik, que así se llamaba el desamado, en un principio se resistió, pero creyó que se trataba de un mal sueño, por lo que se dejó llevar, esperando a que pronto se despertaría.

 

Todo permanecía oscuro, sin luz; se encontraban en algún tiempo y espacio desconocido, pero que no les resultaba extraño, a ninguno de los dos. Habían estado allí con anterioridad, aunque no sabían precisar cuándo había ocurrido.

De una forma completamente imprevista, todo su alrededor se iluminó, penetrando una cálida luz que los envolvió a su alrededor, y sintieron algo que los marcaría para siempre.

Erik reconoció que eso mismo había ocurrido con él mucho tiempo atrás, pero al afrontar la vida que había llevado se le olvidó; mientras que Esther experimentó la sensación más maravillosa que jamás había sentido.

¿Qué había ocurrido en aquel lugar? La impresión fue tal que Erik comprendió en los posteriores días a aquella revelación todo el sufrimiento que había causado, y que éste no se podía arreglar ni con el cumplimiento íntegro de su condena, ni con su propia vida. No sabía cómo hacerlo, pero al final se decantó por dar su vida a los demás, aun arriesgándose a que los propios miembros de su banda lo aniquilasen por desertor. Allí, en la prisión, hizo votos de pobreza y pidió su ingreso en el Seminario. Unos meses más tarde, apareció ahorcado en su habitación, atado de pies y manos.

Esther, por el contrario, sabía que eso era algo que ella había deseado con toda su alma, pero que se le había negado repetidamente. Sólo un año después, conoció a otro joven, con el que, sin olvidar a Enrique, pudo contribuir a establecer un poco más en este mundo ese sentimiento que muchos tratan de erradicar.

 

¿Qué ocurrió en aquel lugar? Hay un momento, en la vida de cualquiera de nosotros, creamos o no en la existencia de Dios, en el que una Fuerza Superior nos infunde la vida. En qué momento se produce, es un misterio, pero lo que sí es cierto es que a veces no ocurre así y otras sí. Muchos olvidan la verdadera razón por la que venimos a este mundo, que no es la de enriquecer nuestros bolsillos con cosas tan inútiles como las que nos da la tierra, sino que son aquellas que percibimos con nuestro espíritu, de manera que sólo cuánto más amemos, más estaremos en condiciones de comprender por qué hemos recibido ese hermoso don que es la Vida.

Por desgracia, seguirán habiendo personas que matan sin necesidad, por propaganda de sus ideales o por protagonismo en la sociedad y, mientras eso sea así, seguirán existiendo personas poseedores de esa cualidad tan extraordinaria como es la Vlanysk, que harán experimentar a esos desafortunados cual es el camino correcto. La única pega es que son muy pocos, y son muchos los que deberían experimentar conscientemente el amor de Dios.

 

 
(R) 1997 Alejandro Cortés López

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