Literatura

Voces De La Ii Guerra Mundial: 7 Microcuentos.

Voces De La Ii Guerra Mundial: 7 Microcuentos. - Literatura

BERLÍN 1945

Por aquel entonces solo tenía quince años, y mi convicción y creencias eran firmes e inquebrantables, aunque claramente erróneas. Recuerdo los últimos días vividos en mi querido Berlín junto a Rolf, Friedhelm y Reinhard. Era finales de abril, y el ejército rojo arrasaba las calles de nuestra ciudad con sus cañones y morteros. Nosotros, resistíamos convencidos de la victoria final que nos había inculcado el Führer y la cúpula del partido, aunque estaba claro que la victoria final no sería nuestra, sino que caería del bando aliado. Nuestra posición estaba enclavada en el cruce entre Friedrich strasse y Leipziger strasse, y únicamente disponíamos de un cañón de mortero con media docena de proyectiles, un fusil de francotirador con escasas balas, y un par de walthers PPK. Defendíamos la posición con uñas y dientes, a pesar de la gran cantidad de rusos que corrían arriba y abajo. De repente, un proyectil impactó delante nuestro derribando la rudimentaria trinchera hecha con sacos de arena. Toda la cabeza me zumbaba a una gran velocidad, y mi única preocupación era recuperar la poca munición que nos quedaba para seguir atacando. Miré a los lados, y allí contemplé los cuerpos sin vida de mis amigos, todos cubiertos por el polvo y la sangre. Segundos después, tenía un fusil soviético apuntándome en la sesera. Cerré los ojos esperando la muerte y el reencuentro con mis camaradas, pero no ocurrió nada. Escuché unas palabras en ruso que no entendí. Estaban dirigidas al soldado que me apuntaba, y venían de un comisario político. Acto seguido, el mismo comisario me preguntó en un alemán simple si tenía familia. Yo le contesté que no, que todos habían muerto en esta guerra. El comisario me levantó del suelo, y con un gesto brusco me dijo que me marchara. Luego me deseó que sobreviviera a esta guerra, y él y sus hombres se marcharon para continuar luchando.

 

ÚLTIMA PARADA: ESTACIÓN Z

Por debajo de sus temerosos pies, resonaban los maderos del viejo vagón al pasar continuado por las heladas vías del tren. Allí, hacinados como animales, cabían ciento cincuenta personas por vagón, según las autoridades militares del lugar. Llevaban dos días de camino, y las pobres almas que convivían en ese viejo vagón, lo hacían con los olores del miedo, el hambre, y la incertidumbre de no saber hacia dónde se dirigían. Habían salido desde su Francia natal, desde un pequeño pueblo situado a pocos kilómetros de Burdeos, obligados a subir apresuradamente al tren prácticamente con lo puesto, abandonando todos sus recuerdos a merced de la guerra. Todos los que allí se encontraban se hacían preguntas, todos, a excepción de un viejo pastor que callaba y miraba al vacío desde la pequeña y única rendija que había en el vagón. Le habían llegado noticias sobre los campos de concentración y exterminio. Allí la gente era obligada a trabajar hasta la extenuación, azotada y maltratada, consumida por la miseria, tratada como una bestia, sin identidad, sin pasado, sin futuro, solo registrada como un simple número, tatuado en la piel para no olvidar el horror de sentirte inútilmente reemplazable. También había sentido el terrible rumor, por desgracia para la mayoría cierto, que la única escapatoria para los que entraban en ese lugar era hacerlo a través de las chimeneas, humeantes las veinticuatro horas del día. A pesar de todo esto, el viejo pastor no quiso decir nada que pudiera sumarse a la angustia y a las pocas esperanzas que le pudieran quedar a esa gente.
Al tercer día de camino, las puertas del vagón se abrieron, cubriendo de luz los delicados ojos de los viajeros que ya se habían acostumbrado a la oscuridad de su reclusión. A pesar del frio del exterior, los cuerpos extenuados de los prisioneros notaron el cálido abrazo del Sol. Los soldados los sacaron uno por uno, agrupándolos por diferencia de edad y sexo: Las mujeres y los niños menores de catorce años a un lado, los varones al otro. Un gran cartel marcaba que esa era la última parada: “Station Z”. Justo delante de esos hombres y mujeres aparecía algo similar a un complejo industrial, rodeado de altos muros y alambradas, torres de vigilancia, y multitud de soldados con el uniforme de las “Schultzstaffel”. Cruzaron una enorme puerta donde les saludaba un gran distintivo con el símbolo del diablo, debajo de él pudieron leer claramente: “Arbeit macht frei” (el trabajo os hará libres). Detrás de ellos quedaba el nombre de ese terrible lugar, el cual nunca sería olvidado por los afortunados supervivientes: Auschwitz.

 

BAJO LA ROJA NIEVE 

Tras la consigna 227, decretada por el camarada Stalin, nos aferramos a la esperanza de nuestros firmes ideales. “Ni un paso atrás”, establecía esa orden. Pocos meses más tarde, los alemanes nos cercaron en Stalingrado. Los ejércitos victoriosos del belicoso Reich de los mil años estaban listos para tomar la ciudad en una o dos semanas, pero se toparon con una inesperada resistencia. Los convencidos hijos de la Unión Soviética se atrincheraban casa por casa, defendiendo cada palmo de terreno de su ciudad con uñas y dientes, desesperando a los alemanes, ya que a pesar de su terrorífico potencial militar, no estaban preparados para establecer una guerra de guerrillas en un terreno que sus enemigos conocían metro a metro. Tras varias semanas de combates, la bonita ciudad se convirtió en un lugar dantesco.
La nieve, blanca y pura se teñía con la sangre de unos hombres cegados por sus creencias; alemanes, soviéticos, húngaros, italianos, croatas,…, hombres de duras convicciones, hombres de sueños imposibles y esperanzas truncadas por una guerra que parecía no acabar nunca.
Era septiembre. Lo recuerdo bien, y la batalla terrible que estalló en ese lugar no había hecho más que comenzar. Los alemanes llevaban la iniciativa y nuestras tropas comenzaron a flojear. Esa mañana, creo que fue un día doce, apareció el inflexible general del 64º ejército Vasili Chuikov, ahora encargado del 62º ejército en sustitución de Anton Lopatin, comandante que había demostrado síntomas de debilidad ante el avance teutón. Nada más llegar al apocalíptico lugar, los generales Yeriómenko y Kruschev preguntaron al general Chuikov:

-¿Cual es el objetivo de su misión, camarada?

A Lo que este respondió con tono sereno pero firme:

Defender la ciudad o morir en el intento.

Inmediatamente después de su lacónica respuesta, se dirigió personalmente a reorganizar las tropas y a asegurar la defensa de la ciudad.

 

CORAZONES DE BARRO

Erik Hans, un joven muniqués que se había alistado en el ejército alemán, ansiaba poder entrar en combate. Llevaba preparándose dos años, y en 1940 llegó su oportunidad. A principios de mayo, comenzó el avance hacia Francia. Bélgica, y Holanda cayeron rápido, y en poco más de tres semanas Francia se encontraba controlada por el poder de la maquinaria de guerra alemana. El soldado Erik Hans se sentía orgulloso de pertenecer a tan glorioso ejército, así como de ser miembro del partido nazi. A pesar de todo, pronto cambiaría su forma de pensar.
Habían pasado tres meses, y a su unidad le habían ordenado controlar la cabeza de puente que daba acceso a la ciudad de Amiens por la zona norte. Extorsionar a los judíos y demás prisioneros de guerra se había convertido en el entretenimiento de la mayoría de soldados, pero Erik Hans no lo veía igual. Día tras día, la duda le resonaba en su cabeza. Una mañana, mientras hacía su turno de guardia vio pasar a una joven en bicicleta. Era tan hermosa y tenía unos ojos tan brillantes, que Erik no vio la gran estrella amarilla que lucía en su pecho. El joven soldado sonrió de manera involuntaria, pero la chica no le contestó devolviéndole el gesto. De repente, una voz a sus espaldas gritó:

¡Juden!¡Juden!¡Es ist undicht!

Segundos más tarde, un disparo resonó en el aire. El joven soldado mudó su rostro al instante. La bella chica, que le había sacado una sonrisa, caía desplomada en el suelo, a su lado, un reguero de sangre le brotaba de la cabeza. El vigía alemán había realizado un certero disparo. Erik corrió hacia la chica con la esperanza de encontrarla con vida, pero ya era tarde. Allí, en la cesta de su bicicleta la joven llevaba escondidas unas flores que había recogido en el campo. En su chaqueta, una foto de su marido, al cual el joven reconoció como miembro de la resistencia francesa. Unos días antes había sido fusilado, y él, había sido su ejecutor.

 

ÁNGELES EN EL AVERNO 

A mis 84 años, todavía recuerdo a aquel soldado alemán que salvó la vida a mi madre y a mis hermanas. Yo era tan solo un crio de doce años, pero en mi memoria parece que ocurriera ayer. Vivíamos de lo que nos daba la tierra en una pequeña granja al norte de Odesa, en una comunidad rural, y a pesar de nuestras raíces judías, antes de la invasión alemana nadie parecía percatarse de ello. Un día vimos acercarse a los soldados alemanes hacia nuestra granja, pero en ese instante no sentí miedo. Mi padre nos escondió en una especie de cripta secreta excavada en el granero, la cual a través de un túnel conducía a los bosques adyacentes a la granja. Esa fue la última vez que vi a mi padre con vida. Junto a mi madre y mis dos hermanas menores, nos acurrucamos intentando no hacer ningún ruido. Escuchamos algunos tiros, uno de ellos sería el que mataría a mi padre. Unos gritos y unos pasos inundaron el granero. Eran soldados alemanes que vociferaban en su gutural idioma. De repente, los pasos se detuvieron y alguien abrió la trampilla que conducía a la cripta. Nunca olvidaré esa mirada azul y esa cara tiznada.

– Al anochecer coged todo lo que podáis y esconderos en el bosque. Siento lo de su marido. – Se dirigió el soldado alemán a mi madre en un ruso muy simple.

Luego, lanzó una tableta de chocolate al suelo, hizo un gesto para que no hiciéramos ruido, cerró la trampilla y desapareció. Algo gritó a sus compañeros. Minutos más tarde, un ruido de motores desapareció en la lejanía. Tal y como había dicho ese joven soldado, esperamos a que anocheciera. Al salir al exterior vimos el cuerpo sin vida de mi padre, pero mi madre, haciendo honor a la fuerza de las mujeres ucranianas, nos alentó rápidamente a que cogiéramos toda la ropa de abrigo y la comida que encontráramos entre los escombros de lo que había sido nuestro hogar. No había tiempo para llorar a nuestro padre. Después de recuperar lo que pudimos, nos adentramos en el bosque con los demás supervivientes. Allí, vivimos como pudimos hasta el final de la guerra. Gracias a ese joven soldado alemán nunca perdí la esperanza, ya que, hasta en la más absoluta oscuridad puede brillar la luz más pura. 

 

EL SOLDADO DE LARGOS BIGOTES

En un gran hoyo cavado en la tierra baldía de ese siniestro lugar me encontraba agazapado junto a mis dos compañeros. Mis grandes y verdes ojos no podían dejar de mirar a mis dos amigos, asustados como yo por el estruendo infernal de los obuses que caían como granizo a nuestro alrededor. Ellos hacían todo lo posible por protegerme, y yo, no podía hacer otra cosa que acurrucarme junto a ellos. Yo no entendía el porqué de esa guerra, pero mi deber como amigo de esos dos chicos era estar a su lado, a pesar de que yo era el más pequeño de los tres. La niebla cubría todo el frente, y la acometida de unos hombres que vestían prácticamente igual que mis compañeros nos sobrevino de repente. Jurgen y Thomas, mis dos amigos, dispararon sus armas mientras me situaban detrás de ellos. Minutos después ya no respiraban. Habían caído por las balas de esos hombres que a mi inmejorable vista eran como ellos. Acaricié sus mejillas intentando notar su calidez, y los besé por última vez. Allí estaba yo, mirando cara a cara a esos hombres que habían matado a mis amigos, aunque yo seguía sin entender nada. Todos pasaron delante de mí sin hacerme caso, todos, a excepción de un joven de aspecto rudo pero afable. No tuve miedo. El joven se agachó y con una mano acarició mi pequeño cuerpo, olvidando por un momento que las balas pasaban como rayos por encima de nuestras cabezas. Luego, me cogió suavemente y me colocó dentro de su zurrón. Seguidamente el joven continuó corriendo detrás de sus compañeros. Yo era solo un pequeño gato que no entendía de bandos ni de las ideologías que estaban llevando a esos hombres a matarse entre sí. Jurgen y Thomas fueron mis amigos durante mi primer año de vida, luego, lo sería ese joven canadiense que me rescató del campo de batalla. Ahora, en mi vejez convivo con Aarón, al cual le debo una más que cómoda vida, aunque todavía guardo un rinconcito en mi gatuno corazón para esos dos jóvenes alemanes que me cuidaron y protegieron en un tiempo tan convulso.

 

ARBEIT MACHT FREI

El traquetear de las maderas inundaba todo el vagón. Decenas de personas atrapadas en esa diminuta cárcel de madera respiraban un insoportable aire fétido, aunque a pocos parecía importarles. Tan solo se escuchaban las quejas y el llanto de algunos niños que no entendían lo que estaba sucediendo. Solo el lúgubre silencio de los inocentes, condenados como reses que viajan al matadero, daba más pavor que el destino incierto que les esperaba en ese temible campo de la muerte llamado Mauthausen.

 

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miquelangelo

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