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Literatura

Weiß

Weiß - Literatura

Blanco. A un lado, a otro. El cuello cruje y se desgañita, siguiendo líneas invisibles de ilusión. Los ojos buscan un matiz de color con pies temblorosos. Nada, la nada.

Blanco. Blanco absoluto, clara y esperanzadora ceguera, dulce y angustiada visión. Retinas rebosantes de un vacío deslumbrante sin huellas que seguir. Sin confianza.

Blanco. Cabeza arriba, cabeza abajo; afirmación de la propia y aplastante debilidad. Cuerpos.

Dos pasos hacia delante. Caras inertes, ojos en blanco, pieles azules, miradas sin ver. Un cuerpo al lado de otro, perfectamente colocados con distancia milimetrada. Ni un cabello rozando, conectándose a otro; ni un halo de vida corriendo entre cadáveres. Ni una palabra, sólo una hilera infinita de muertos.

Más pasos sin ningún eco atronador. De repente, cruzando el Silencio, un relámpago estallando en forma de grito susurrado y de mano agarrándose a la oquedad. Sonido primario, inesperado, ilógico y con todo el sentido, definición de inocencia; dedos desencajados y con ansia, emergiendo de agua oscura y ahogo.

Como presa dejándose guiar por su olfato de sensaciones, ajena a la fila de inconscientes en busca de un ápice de verdad. La extremidad en alto, inmóvil, frágil y quebradiza, al igual que la persona unida a ella; paralizada ante mareas incesantes que arrastran a la profundidad. Cara a color, ojos con fondo, piel viva, mirada… ¿sin ver?

Blanco. Mira al blanco, como si sólo existiera su hipnotizante realidad. Pupilas capaces de atravesar todo excepto el blanco, lo único opaco a su mirar, lo único por perforar, incorruptible e inalcanzable.

En ellas, la curiosidad es sustituida por repentino pánico. Ojos cegados por sombra inmediata y condensada, un alarido de terror. Brazos tintados de rojo, abiertos con violencia y repugnancia, con dolor. Aullidos llenando la totalidad mientras las gotas escupen sangre en toda dirección, salpicando a los muertos con pinceladas de color. La criatura arañándose los muslos, arrasando con piel y vida; tornándose semejante al resto de cadáveres mediante zarpazos amoratados.

Su mano se precipita contra el último hálito suicida al borde del abismo. Al entrar los dedos en su aura parecen atravesar agua espesa, lentos, como el tiempo estancado alrededor. Las convulsiones cesan sin más, los ojos pasan del blanco a conectar con su mirar.

Las yemas alcanzan el objetivo y rozan su mejilla.

Los segundos caen y se rompen en pedazos contra el suelo; vuelven a su ritmo normal con estrépito, dejando llover trozos afilados de cristal. Los espasmos regresan y el temblor sólo acepta como causa al miedo; las agujas chirrían y escinden el suelo. La grieta abre su boca, preparada para matar.

El averno tragando a dos almas vivas; el rugido más desgarrador rebotando en las paredes de su vientre.

Blanco. Todo vuelve a ser blanco.

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Acerca del autor

Iris Ruiz

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