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¡y Se Llama Perú!

¡y Se Llama Perú! - Sociedad

¡Y se llama Perú!

Por: Guillermo Távara.

Sin duda, un mundo que cambia por su constante avance tecnológico y cultural, es un mundo que se presta para la reflexión y la contundente critica, y en el Perú, no es la excepción.

El capitalismo es sin duda el mejor sistema económico que el hombre pudo haber razonado, no obstante detrás de esta libertad se esconden ciertos intereses oscuros por parte de algunas minorías que buscan avasallar a como dé lugar a su pobre sequito de empleados, quienes llegan al punto de perder total autonomía en su identidad y sus pensamientos por verse sometidos ante las ordenes de quienes tienen el dinero. La crítica y la autorreflexión pierde protagonismo, la sensibilidad por lo bello y justo pierde fuerza ante el morbo y la brutalidad que las corrientes egoístas pretenden arrebatar.

“Cultura combi”

Se dice que el tiempo pasa volando. No obstante, en el Perú, lo único que vuela es el cóndor,  las palomas,  los mosquitos y las cucarachas, pues al parecer, el tiempo se ha detenido desde el momento en el que el tan recordado presidente, Alberto Fujimori, promulgara el decreto legislativo 651 donde desataba oficialmente la liberación de transporte público en Lima, y con ello, el inicio de una era congelada en materia de cultura transportista hasta nuestros días.

Fujimori, sin duda fue más que un presidente, y sin duda, más que un simple dictador. Fue un revolucionario cultural, quien no vio mejor forma que consolidar su gobierno metiéndose en el imaginario de una población desmoralizada por el terrorismo y demolida por la frustración económica, para cambiar los patrones mentales que antes se tenían y, de esa forma, direccionar una nueva mirada hacia una perspectiva orientada al desorden, ignorancia y violencia como pilares centrales de una nueva filosofía progresista nacional.

Sin duda, la tan denominada “cultura combi”, fue una de las tantas manifestaciones socioculturales y socioeconómicas que promovió la filosofía progresista de Alberto Fujimori en aquellos años 90.

Una cultura que refleja, más allá de los  bienes y servicios precarios que la representa, un vacío moral enorme en la falta de valores éticos por parte del ciudadano peruano promedio. Valores que aparentemente se han esfumado con la hiperinflación de los 80, porque al vernos hoy en día en una economía en crecimiento, creemos que ya somos un país desarrollado o, en todo caso, en vías de, cuando aún tenemos que someternos entre 2 a 3 horas atrapados en la contaminación tanto química como sonora del tráfico para movernos de nuestros hogares a nuestros centros laborales y viceversa. Además, el sadismo de pasar por alto innumerables muertes y accidentes a consecuencia de la falta de humanidad de algunos asesinos que se disfrazan de supuestos “conductores de transporte público” (combis).

Perder el tiempo, respirar basura y apreciar accidentes y muertes día a día, es la cultura combi de hoy en día. Así mismo, la conformidad y el facilismo de echar la culpa a aquellos encargados del orden, que nosotros mismos pusimos en el cargo, se han convertido, de la misma forma, en otras variables más en lo que compete a  nuestra filosofía progresista  bárbara heredada hace casi ya 30 años.

 

Sendero.

El 17 de mayo de 1980 aconteció un hecho muy extraño en un colegio de Chuchi en el departamento de Ayacucho, las cedulas electorales municipales y regionales habían sido incineradas un día previo a las votaciones, ello sería la primera manifestación subversiva de uno de los grupos terroristas más sanguinarios nunca antes registrados en la historia del Perú, Sendero luminoso.

Manuel Rubén Abimael Guzmán Reinoso, bajo el seudónimo del presidente Gonzalo, sería el encargado de promover, dirigir y liderar lo que el llamaría “la guerra popular”. Bajo una ideología de corte marxista y de filo maoísta.  Él y su pandilla de asesinos conformaron una sólida cúpula partidaria que administraba las cientos de masacres que iban saliendo a la luz cada semana cual pan caliente por los medios de comunicación, en donde la región sureña peruana, especialmente ayacuchana, fue una de las más golpeadas por las ordenes de quien se autodenominaba “la cuarta espada”.

– “Soy uno de los que se enfrentó a Sendero. En las revistas que fundé, en los periódicos donde colaboré, en los programas de TV que pude hacer, no perdí oportunidad en sostener que Abimael Guzmán era el Pol Pot andino, que su marxismo mutante quería una dictadura apocalíptica, que los crímenes de su organización no tenían como atenuantes ni siquiera la injusticia y desigualdad. Guzmán fue siempre desde mi perspectiva, un canalla que encontró el pretexto de la revolución para calmar sus iras y resentimientos. Y fue, además, un mediocre profesor que no entendió nada de Kant ni de Hegel y ni siquiera de Mao Tse Tung”.  Sostuvo el reconocido periodista Cesar Hildebrandt en una de las columnas de su semanario                       “Hildebrandt en sus trece”, al referiste a la lucha que encabezo en contra de SL en los 80s.

Tuvieron que pasar 12 años desde aquella manifestación subversiva en Ayacucho, para que esta organización genocida cayera – según fuente el comercio – con más de 11 mil muertes y mil 543 desapariciones, y  con el 54% de victimas durante el enfrentamiento interno, la cúpula senderista, seria por fin detenida el 12 de septiembre de 1992 tras la capturo de Guzmán, poniendo fin a los años de terror. Sin embargo, después de casi 30 años de su detención, alguno de ellos están volviendo a sus casas, tal es el caso de Maritza Garrido Leca, quien tras haber danzado por 25 años entre sombras y rejas, por fin lo hará nuevamente en libertad, situación similar la de Osmán Morote, quien ahora sopesa el arresto en la comodidad del sofá de su casa – “Así es el Perú, inagotablemente paradojal y claramente no kantiano. La historia de los años trágicos de la insurrección senderista y del momento decisivo de la victoria debe componerse, literalmente encarcelada, entre las rejas”, sostuvo el periodista Gustavo Gorriti en una de sus columnas de su portal periodístico IDL- Reporteros, al reflexionar sobre SL tras casi 30 años de la caída de la  genocida cúpula, a quien investigo minuciosamente en aquellos años y del cual tiene libros publicados.

El Perú bajo los lentes de Ribeyro.

Para Julio Ramón Ribeyro, la sensibilidad intrínseca en el hombre, por encontrarse con lo más profundo de su ser, pierde valor al vivir en un mundo en el que se nace corriendo sin antes haber gateado, se exhala sin antes haber inalado, en el que se pretende escribir sin antes haber aprendido a leer o, en un mundo en el que se quiere estudiar sin saber porque se hace. La inconciencia del hombre de a pie insulta a su virtud.

El Perú de hoy, es uno de los países más corruptos y desgraciados en materia de valores, principalmente, porque en frente de las narices de los mismos peruanos suceden los actos más inmorales, criminales y espantosos que en cualquier otra parte del mundo se hayan visto. El pacifismo nacional, es alimentado por la ignorancia y el masoquismo que engendra el peruano de a pie, de ver a su país hundiéndose cada vez más en las entrañas de buitres y hienas mal habidas que buscan devorárselo a como dé lugar. Carroñeros disfrazados con exuberantes vestidos, sacos y corbatas de marca, que cada cinco años nos hacen creer sínicamente, que los siguientes años van a ser los mejores para el país. Sin duda es una flema infecciosa que hasta el sector intelectual peruano le gusta pasar, la ignorancia no solo radica en la falta de conocimientos según Ribeyro, sino en la insensibilidad  y la torpeza de no usarlos para algo, de hecho, para Ribeyro más culto es quien relaciona lo poco que sabe y le encuentra un valor inquietante de cambio o transformación, pues en el Perú, el feudalismo aún existe, ahora bajo otro formato, los que se las pegan de “culturosos  intelectuales”, pero que nunca se han inquietado por mover una neurona para un cambio social en este basural de sueños, que hoy por hoy, es el Perú.

Gentes miserables en materia de oportunidades y crecimiento profesional, por ellos nadie vela, a nadie le importa, pues mientras la aún viva aristocracia peruana, ahora conformado por los sectores A  y B, tenga todas sus necesidades cubiertas por la decencia y el lujo,  será suficiente para que el tema de la pobreza sea discutido solo en magistrales foros académicos, sociales y políticos, alejándose de toda responsabilidad social en materia de acción, jactándose de “cultos”, cuando en realidad no son más que ignorantes sociales y maniquís de trapo, a los cuales se les puede pisotear y hacerlos bailar cual monos de circo

 

 

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Guillermo Távara

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